Querido J.:
La ciudad anda transida de amor, y no más que de amor se habla en sus salones. La circunstancia ha aliviado algo la monótona jaqueca, el garbí permanente en el que vivimos, y ha dado un aire nuevo al pleito con España. Porque, como imaginarás, no se trata sólo de amores. Nada se ata aquí al palo seco de la denotación. Se trata de amores fieramente políticos, sea en el rescoldo o en las brasas. Más que totalitaria, Cataluña es totalizante: y nada escapa aquí al orden establecido. Es peligroso, porque andando tras las mujeres puede acabarse en la cama con la patria y su aliento (y aún peor: su derecho) histórico.

Los hechos son que el poeta Pere Gimferrer acaba de publicar Interludio azul y Amor en vilo. El primero lleva esta dedicatoria: «Para Cuca, el amor de mi vida». El segundo ésta: «Para Cuca, la mujer de mi vida». Creo que es la misma Cuca. Interludio es la historia de un amor, escrita en estilo veraz (vongole veraci) y Amor en vilo, su decantación en 151 poemas de varia lección métrica. No los he leído, pero lo haré: al final resultará que en el tortell almogàver (nuestro ruedo ibérico) Gimferrer va a ser el único que explore la raja de la vida. Su atrevimiento me conmueve. Catando, me topé, por ejemplo, con estos versos:

«Cuca, la de mejillas de jazmín

Me electrocuta de principio a fin».

Electrocuca. A ver quién se atreve en España a escribir así.

Hacía más de 25 años que el poeta no escribía en castellano.Es más: la época de los versos castellanos aparecía liquidada y remota como un anacrónico bibelot modernista. Ahora el castellano ha vuelto en volandas de un amor. Siempre cuidadoso y prudente en su aplicada extravagancia, bien que lo conoces, Gimferrer ha advertido contra la utilización política de este cambio de lengua. Hace santamente. Yo seguiré sus instrucciones; sólo me permitiré mandarte un recuerdo, en esta hora encendida, sobre los que se han dedicado a contar las lenguas que se hablan en Barcelona. También los conoces bien. Más de 301 lenguas, dice la taxonomía subvencionada. Espero que la experiencia de Gimferrer les haga ver que de las 301 sólo dos -las que caben en el agujero de la boca- sirven para lamer a conciencia. Los versos, me refiero.

La otra historia candente es la de un amor contrariado. Se narra en La segunda mujer, la novela de Luisa Castro que ha ganado el premio Biblioteca Breve. El argumento de la novela es la relación fracasada entre el viejo Gaspar Ferré y la jovencita Julia Varela.Mucha gente que conoces ha leído esta novela. Es gran tema en las noches cámbricas del Giardinetto. Se te acercan y te dicen, un poco pastosos:

- Es exacto. Es Xavier. Todo es exacto. Qué huevos ha tenido.

Xavier es Xavier Rubert de Ventós, ya lo sabes. Ella fue su mujer durante algún tiempo, pero fue mal. En la novela hay un amontonamiento infinito de detalles prácticos que permiten reconocer instantáneamente a los protagonistas. Pero no quiero hablarte de la novela. En general, está secamente escrita y hay un uso perverso e interesante de la omnisciencia narrativa: todos los personajes parecen hablar y conducirse por su boca y sus piernas, pero sólo hablan y se conducen por la boca y las piernas de la autora. Otro día lo tratamos. Ahora me interesa la venganza, es decir, la recepción que tenga este texto por parte de los que identifiquen a los personajes con personas. Entre ellos, los lectores que pueda tener esta carta que te escribo sobre papel de periódico.

Cada uno se venga con lo que dispone. Hay el que, en noche de reyes (tango), dispone de regalo para el niño las trenzas de mi china (mamá) y el corazón de él (un amante que tuvo). No se ve por qué la novela no podría ser una legítima forma de venganza para los que no saben manejar el hierro.

Desde luego. Pero hay una convención crucial, un respeto obligado al prisionero. Si escribes una novela para vengarte, todo lo que cuentes ha de ser verdadero. Recordarás la crítica que hacía Carmen Baroja a las novelas de su hermano: cogía trozos de hombres y mujeres que conocía y los embutía en un personaje que en nada acababa pareciéndose a un ser humano. Pero me desvío otra vez a la novela. Vuelvo a la venganza: todo ha de ser verdadero.Puede admitirse, y por razones hasta jurídicas, bien lejanas de la angélica inocencia literaria, que uno narre la verdad en una novela y no en un libro de memorias. Pero, en el uso del recurso, la verdad ha de ser completa. Me incomodan esas novelas, como pinturas renacentistas, donde las vírgenes están incrustadas en paisajes realistas. Admíteme este teatro: me parece bien que el hombre Xavier Rubert de Ventós pague literariamente por lo que hizo. Pero el culito lleno de cardenales (un pasaje) ha de ser verídico. De lo contrario uno acaba escribiendo como un asesino a sueldo. Decía Alvaro Pombo que la ficción contamina todo lo que toca: y que de la mezcla entre lo real y lo ficticio sólo emerge lo ficticio. No siempre. Esta misma novela, por ejemplo, leída en su abrumadora clave de venganza: en contacto lo real y lo ficticio, todo acaba contaminándose de realidad.

Debo decirte que la novela de Luisa Castro ha sido muy mal recibida por el establishment. Rubert es ahora un hombre clave en el paisaje.«Cataluña ha modelado un paisaje», estipula aquella frase inolvidable del Estatuto del 30 de septiembre, el bueno, el nostre. Ya he visto más de una cursi salir despavorida blandiendo el bolso en persecución de la gallega. Se atribuye la novela a la conspiración permanente contra Cataluña. Es verdad que Luisa Castro da hermosos motivos para ello. En primer lugar, su descripción de un conflicto de clase entre los protagonistas adopta en estos tiempos catalanes la hechura de un conflicto territorial. En todas partes los pobres son de fuera. Pero el hecho diferencial es que en Cataluña los pobres son también españoles. Así se acusa a Luisa Castro de atizar el conflicto. ¡Irresponsable!, le gritan ¡A quién se le ocurre cruzar un esturión catalán con una ternera gallega!

El otro motivo es la descripción del socialismo de Sant Gervasi (también llamado del Ampurdán) a que se dedica la autora. Creo que es el único socialismo de barrio que ha resistido. Las mareas no deben de llegar al barrio alto. La descripción no es pormenorizada.Seguramente a la autora le falta información. Pero los trazos son vivos. Y llegan incluso a plantear el contraste -visible en la propia familia que describe: un hijo de Rubert está casado con una hija del empresario Juan Echevarría- entre esa burguesía grecolatina y el bárbaro empuje (ay, más claro, más limpio, menos aromático) del capitalismo de origen franquista. Te copio para acabar:

«Él es un hombre de acción, tiene muchas virtudes, es campechano -explicó Gaspar, como si todas aquellas virtudes fueran más bien defectos- Mamá es más bien cortada, un poco -no encontró la palabra. Era una virtud difícil de explicar.

- ¿Decadente?

- No, mujer -se rió Gaspar-. Es una cosa de cultura, de contención».

En fin, querido, ya ves que seguimos cotilleando con sentido y sensibilidad.

Sigue con salud.

A.