Déjame vivir como acero mohoso / Sin puño tirado en las nubes; / No quiero saber de la gloria envidiosa / Con rabo y cuernos de ceniza» (Luis Cernuda. «Los placeres prohibidos»).

A Miguel Solís Santos.

Me cuesta entender que se siga pasando por alto que entre el occidente de Asturias y Avilés hay una fatalidad de afanes incumplidos. Se trata de un mismo destino, siempre anhelado, nunca satisfactoriamente cumplido. La villa de El Adelantado siempre estuvo llamada a ser la capital del occidente asturiano. Para decirlo desde el rasero uniprovincial, nuestra metrópoli. En la medida en que las comunicaciones del occidente asturiano hubieran sido mejores, el crecimiento de Avilés se habría incrementado. Pero esto que digo nunca llegó a suceder. Son pocas las gentes que saben que en su momento el jamón de Tineo, según testimonió Palacio Valdés, se llamó jamón de Avilés, porque en esta villa se comercializaba. Son pocos los que quieren recordar que antes de que se emplazasen institutos de Enseñanza Media en Asturias, el examen de ingreso de Bachillerato por parte de los estudiantes del Occidente solía hacerse en Avilés. Y casi nadie tiene presente lo que aquel puerto de mar supuso en muchos aspectos para el occidente astur. Lo que allí arrumbaba terminaba por llegarnos, como los salmones, río arriba. Y nos visitaba el progreso que tenía que venir río arriba. Simbología perfecta, a decir verdad.

El destino del que vengo hablando, la voluntad de confluencia, la vinieron determinando siempre dos grandes ríos, el Narcea y el Nalón. Pero se trata de una voluntad espectral, diría también que un sueño telúrico, los oníricos designios frustrados de una geografía.

Y ahora es tiempo para el recuerdo. Miramos, con distancia y con irónica ternura, aquella definición de la Atenas del Norte. Contemplamos con los ojos de lo que pudo haber sido y no fue no sólo la fatalidad de la que venimos hablando, sino también el inicio de la era industrial que supuso Ensidesa. A este respecto, si yo fuera alcalde de Avilés, tendría en mi despacho el cuadro «Señardá», de Miguel Solís Santos, visión estremecedora y lograda de herrumbrosos sueños.

Y ahora, de repente, la atención mediática se centra en Avilés. El motivo principal de ello es el emplazamiento del proyecto cultural de Oscar Niemeyer. Lo guinda del pastel es la acusación de pelotazo urbanístico.

Un alcalde sumiso a los dictados arecistas en pie de guerra. Un Areces volcado en este proyecto que hasta ahora mismo tenía como principal objetivo la propaganda a favor de una fundación privada que tiene como principal objetivo el fortalecimiento de la imagen de la Monarquía. Y mucho ruido y mucha furia.

¿Qué es lo que les pasa a nuestros políticos, que tan aquejados están por un síndrome de más y más cemento? ¿Qué se pretende para Avilés, acaso un «Polo de desarrollo dos» en versión arecista? ¿De cuántos manierismos estamos hablando? Manierismo de la posmodernidad, cosa que ya se las trae. Manierismo industrial en la era posindustrial. Manierismo de la era del hormigón en que estuvimos inmersos en la dictadura de Primo de Rivera.

Manierismo arquitectónico, industrial y acaso también político, manierismo de las postrimerías de la restauración canovista en estos días nuestros de una supuesta segunda transición. Y todo ello va a confluir de repente en Avilés.

Manierismo de sueños rotos, antes de hacerse compactos. Manierismo de lo que se hizo en otros sitios. Manierismo del Museo Guggenheim bilbaíno en lo que respecta a las expectativas que algunos dicen tener depositadas para la villa avilesina.

Aquí la tenemos, señores, la era en que los políticos apuestan por la gestión. La era en que el laboratorio de poder político se convierte en hormigonera. Y todo ello listo para ser emplazado en la ría avilesina. Y de esto que venimos diciendo se hace asunto primordial para la política asturiana.

Teoría de Avilés, de la que fue villa industrial en los años setenta, y que ahora, inevitablemente, está en declive. Teoría de Avilés en la que la izquierda delira con un supuesto glamour que debería colisionar con su ideología. Teoría de Avilés en la que terminan por confluir todos los manierismos imaginables y hasta inimaginables. Riqueza y desarrollo a partir del proyecto cultural de Oscar Niemeyer. Así se las prometen y nos las prometen.

¿La izquierda era esto? ¿Los sueños de la industrialización tenían esta desembocadura? ¿En qué se queda el movimiento obrero nacido al calor de la industria avilesina? ¿Acaso en que nos figuremos a doña Laura y a otras damas de la izquierda descendiendo por alguna escalinata del museo que va construirse como si fueran Scarlata O'Hara ? ¿Éste fue el juramento de la izquierda sobre un montículo?

Teoría de Avilés...