Osos mendigos (responsabilidades y dimisiones), de Alberto Carlos Polledo Arias en La Nueva España
Aseveran que quien siembra vientos recoge tempestades y, en el caso de los osos alimentados en la zona central asturiana durante más de un año, comienzan a registrarse los primeros resultados de un tratamiento que jamás tendría que haberse efectuado porque con él se trituró la primera regla de oro para la conservación de cualquier especie animal salvaje. Mucho peor, porque en este caso se estuvo jugando con la supervivencia de dichos plantígrados, que, como bien saben ustedes, se encuentran en peligro de extinción. Todo ello, quiero creer que no hay otros motivos, para hacerles unas fotografías y presumir del buen funcionamiento de la ONG que protege la vida y el hábitat de los animales salvajes y el aumento, según ellos, de la población osera en el espacio central asturiano en donde llegaron a reunir, por supuesto de forma artificiosa, entre siete y nueve ejemplares. Aunque, para que ustedes se hagan idea de la barbaridad cometida, lo mejor es exponer a grandes rasgos el pasado y el presente de esta historia.
En terrenos de Quirós, Teverga y Proaza, pues se halla entre esos tres concejos y al sur del cordal de La Sobia; cercado, entre otros, por los pueblos de Las Ventas, Caranga, Villaorille y Fresneo, topamos un territorio agreste en el que cohabitan bosques mixtos de castaños, avellanos, robles, hayas, acebos, madroños y pinos, con ásperos peñascales de alturas que en pocos casos sobrepasan los 1.200 metros, pero que guardan en sus entrañas lo más sobresaliente de la fauna salvaje asturiana. Es un lugar bastante deteriorado por las pistas construidas sobre él los últimos tiempos, sembrado de cabañas, pero que alberga numerosos rincones para el buen desarrollo de la vida animal. Por él transitaban uno o dos osos todos los otoños atraídos por el exquisito fruto del madroño, salvo algún ejemplar que, ocasionalmente, pudiera vagar por estas tierras.
Por el valle de Mengoyo y El Colladín, entre otros lugares, les proporcionaron durante más de doce meses carroña de todo tipo: potros, burros y conejos, principalmente; a la vez que, alrededor de una cabaña en La Rasa, prepararon un laberinto de espinos por el que, entre cámaras fotográficas, pasaban los osos a recibir el premio de pienso para perros que se instalaba en el interior de una colmena de madera. Poco tiempo faltó para que relacionasen estas vituallas, que tan escaso esfuerzo les costaba conseguir, con el olor humano. Cuando, creo que por imperativo legal, dejaron de proporcionarles dicho sustento, los plantígrados, al no estar habituados a ganárselo como otros congéneres en libertad, empezaron a frecuentar basureros y, lo que es más grave, poblados y caseríos.
Siempre relacionando el olor humano con la comida, principiaron mendigando a la puerta de las casas en Caranga y en Las Cuestas de Trubia, llegando a las cercanías de Oviedo. Actualmente merodean, sobre todo, los pueblos de Santa María, en Proaza, y Fresneo y El Vallín, en Quirós. En el primero de ellos, según cuentan los vecinos, llega el oso hacia las diez de la noche y se dedica a desvalijar garajes, cuadras y gallineros en los que robó sacos de pan y pienso para los animales de granja y caseros. En el segundo me contó mi buen amigo Roberto F. Osorio que, además de intentar penetrar a robar en cualquier cobertizo, también quiere apropiarse de los colmenares. En el tercero podemos aunar las circunstancias de los dos anteriores.
Se preguntarán ustedes qué consecuencias pueden derivarse de este problema: económicamente ninguno si la Administración abona con celeridad los daños a los vecinos afectados; aunque los osos que merodean por los pueblos y sus cercanías corren un riesgo gravísimo de perder la vida a mano de los furtivos. Ya sé que los rumores son terreno abonado para alojar mentiras, pero hay uno que afirma la muerte de un ejemplar en tierras quirosanas. La desaparición de este grupo de fieras sería el golpe definitivo para su conservación.
Claro que todavía puede generarse un conflicto mucho más grave si en una de las visitas que realiza a alguna de las aldeas entra en una casa habitada en busca de comida, se encuentra de pronto con cualquiera de sus moradores y se siente acorralado: no hay ninguna duda de que su reacción inmediata será soltar un zarpazo. Todos sabemos que su caricia cercena de cuajo la vida humana. No nos equivoquemos, esto puede suceder en cualquier momento porque perdieron la destreza para alimentarse en su medio.
Toda esta historia y sus posibles alcances requieren la necesidad imperiosa de exigir responsabilidades por el tratamiento impropio a una especie en riesgo de extinción. Y, a la vez, deberían dimitir los cargos de Medio Ambiente que, estando enterados de este insólito tema, no fueron capaces de frenarlo con prontitud.
