EN LA CALLE LAFORJA, LAS MISAS SIGUEN CELEBRANDOSE EN LATIN Y LAS MUJERES SE CUBREN LA CABEZA CON MANTILLAS. PROBABLEMENTE, TODOS FORMAN PARTE DE UNA CÉLULA DURMIENTE DE LA EXTREMA DERECHA.

Ni siquiera los neo-con van allí. Salí en la parada de los Ferrocarriles Catalanes en Gràcia, caminé unos metros y en la calle Laforja 21 encontré la pequeña iglesia con flores de plástico y luz de fluorescentes. Todavía no sé porqué voy a estos sitios. A las 19.00 horas se iniciaba la misa.
Es la última misa trentina que se celebra en Barcelona. Probablemente una de las últimas que se celebren en Europa. Sólo los párrocos más viejos están autorizados a seguir celebrando la misa según fijó la Iglesia en el Concilio de Trento en 1564. En el Concilio Vaticano II, en un gesto quizá progresista, la Iglesia ordenó hacer la misa en los idiomas de los diferentes países y abandonar el latín. En esta misma reforma, los creyentes fueron invitados a participar como actores en el rito, y el párroco pasó de ser representante de los creyentes a ser un intérprete de la palabra de Dios. El párroco dejaba de hacer la misa de cara a Cristo para hacerla de cara a la audiencia. La voluntad de la Iglesia era acercar el rito a la sociedad, pero perdía así el Misterio de la liturgia que se había conservado intacta desde hacía casi 500 años.

En la calle Laforja, sin embargo, sigue practicándose el rito más antiguo. La iglesia parecía estar cubierta por una capa de cloro. El cura hablaba lentamente con el aplomo de haber practicado el mismo rito durante todos los días de los últimos 50 años, y el monaguillo octogenario lo ayudaba siguiendo su coreografía.Las mujeres en los bancos se cubrían la cabeza con una mantilla que venden por 600 euros en El Corte Inglés, y los hombres llevaban maletines de cantos rozados, de los que sacaban misales de color púrpura.

Tuve la sensación de estar en una reunión clandestina. Probablemente, todos formaban parte de una célula durmiente de la extrema derecha.Bajo los faldones de la Virgen asomaba un banderín rojo y gualda.Y, no obstante, pensé que en esa habitación se estaba realizando un acto de resistencia ante el hedonismo bobalicón del «Just do it» y del «Impossible is nothing». Pensé en volver todos los días de la semana y abrazar con los años una fe que, aunque me sería ajena, me alejaría de las liturgias invisibles de la vida moderna. Adoptar las costumbres de mis bisabuelos para ser consciente de mis costumbres.

No creo que lo consiga. No importa, reconozco este mismo gesto en algunos autores que, obviando las normas de la modernidad, se replantean la realidad siguiendo los preceptos antiguos del conservadurismo pre-capitalista. El filósofo Peter Sloterdijk y su defensa de lo sectario, el cineasta Lars von Trier en la película Manderlay y su alegato contra el progreso impuesto desde arriba, o el teatrero Rodrigo García arremitiendo contra la cultura para encontrar bajo las ruinas los indicios de un discurso útil.Son sólo algunos ejemplos.

Hay quien pone el grito en el cielo y, siguiendo la ortodoxia bienpensante impuesta por la socialdemocracia, tacha de fascistas a los disidentes. No lo son. Sólo combaten el reblandecimiento del discurso progresista. Pero como hace tiempo que los intelectuales de izquierdas se pasaron al pensamiento liberal, cualquiera que razone fuera de ese sistema es sospechoso de neo-conservador.Y, por tanto, relegado a las catacumbas reservadas a los practicantes de la misa en latín.

Pero prepárense caballeros, la cultura va a dejar de ser ese entretenimiento políticamente correcto reservado a los abanderados de las causas justas. A partir de ahora no vamos a creernos otra cultura que la que, como dice von Trier, incomode igual al Ku-Klux-Klan y a los Black Panthers. Eso es lo estimulante.