Gijón pudo crecer y multiplicarse por cien mil, antes de que la Unión Europea regara las infecundas cuencas astures con miles de millones de las viejas pesetas, gracias a tres fuerzas de que nos dotó la madre naturaleza: Jovellanos, el puerto y el ferrocarril.

Sin el Jovellanos prudente, seguramente no habría habido puerto «comercial y de refugio» en nuestra orilla; de haber sido construido en las costas astures, hubieran ido a parar las cuantiosas inversiones, bien al Avilés de don Oscar Niemeyer, al Luanco de los Polas, al Lastres del matemático Pedrayes, o la Ribadesella de la bisabuela, como alternativamente pretendieron hacerlo, en perjuicio de nuestras dársenas, las fuerzas vivas de la capital de la provincia, que era, como ahora «le» sigue siendo, la muy noble, muy leal, benemérita, invita, heroica y buena ciudad de Oviedo.

Sin Jovellanos, el prudente, tampoco hubiera sido nuestra pequeña villa, desde finales del siglo XVIII hasta bien entrado el XIX, cuna y vivero de esforzados pilotos y sabios y arrojados capitanes de la Marina Mercante. El Instituto Asturiano, que de su constante empeño naciera, hermoso y robusto, el 6 de enero de 1794, y del que la capital de la provincia quiso apropiarse antes de que naciera, logró el milagro de sembrar cultura matemática, física, geográfica, y los saberes de la navegación, en las floridas mentes de los jóvenes gijoneses, aunque al generoso convite intelectual no faltaron desde su instalación mozos de Candás, Luanco, Ceares, Oviedo, Roces, Somió, Siero, Carreño, Peón, Prendes, Tremañes, Lastres, Tazones, Ribadeo, Borines, Luarca, Cudillero, Llanes, Grado, Argüero, Abando, Pravia, Santoña, Santa Cruz de Jove, Verdicio, Avilés, Muros, Barcelona, Ferrol, Mieres, Cangas de Tineo, Villaviciosa, Vega de Ribadeo, Corao, Cangas de Onís, Madrid, Mundaca... como ve, del mundo entero...

Sin Jovellanos, no hubiera habido tampoco camino real, «carretera carbonera» por la cual poder poner los carbones de Langreo en las bodegas de los barcos amarrados en nuestras dársenas, y, a no ser por las «prudentes» denuncias del prócer, todavía estaría la Junta General del Principado volcando «carraes» de reales en el imposible propósito de convertir, o hacer del Nalón, autopista fluvial, para poner los carbones en gabarras sobre el muelle de Pravia.

Gracias a los cilúrnigos, acqueos y romanos; gracias a los infinitos reyes visigodos, cuyos nombres repetían en piadosa letanía nuestras abuelas; gracias al moro Muza y al desarrollo que vino con los tiempos, sin olvidar los trabajos mineros de Pedro Carreño, Policarpo Fernández, y los modestos, aunque inteligentes, del indiano don Vicente Duyos, que en Caravia Alta casó a siete sobrinos, tuvimos merced al estudio y consejo de Jovellanos, minas, puerto y ferrocarril, que él supo existía en Escocia, donde «con poco ganado, y sin fatigas conducen en carros con ruedas sobre raíles, cargas enormes (de carbón) hasta el mar», mucho antes de que, casi a los cincuenta años de su muerte, los grandes intereses internacionales abrieran para los Muñoz-Borbón la «caja» del ferrocarril «a vapor» de Langreo-Gijón; gracias a todos, y a todo ello, estamos hoy aquí, justo al pie del monte de Santa Catalina, a la vera misma del océano Cantábrico, esperando que se cierren definitivamente las minas, y se trasladen a El Musel los astilleros que nacieron en pasados siglos de penoso trabajo al pie del monte Coroña, y por la playa de la Gloria, para recuperar, para viviendas, paseo, comercio y distracción, los parajes que antaño hicieron hermosos y deseables, Natahoyo, Tremañes y Jove.

Con prudencia y templanza todo es posible, hasta recuperar, para ocio y solaz, museo, negocio de edificación, y progreso de la general cultura, la perdida ría de Avilés...

«Para ser prudente no basta con no ser entrometido; hay que procurar que no te entrometan». Cuando comenzaba la «disputa» de lo que entonces sólo era Museo de los Premios Príncipe, allá por el lejano enero, una política imprudente, local y entrometida, según la catalogación graciana, os «acusó» en público, como alcaldesa de Xixón, de no mover un solo dedo para lograr que la «instalación» se hiciese en Gijón. ¡Ay, señor! Van como van... «La necedad siempre entra de rondón, pues todos los necios son audaces... su misma estupidez les quita el sentimiento de fracaso». ¡Qué cosas decía el gran Graciano!

¡Cuánto darían hoy más de tres por no haber movido ni un solo dedo en la cosa de la «instalación» encargada al prestigioso arquitecto!... Más de uno, al despertar, no vería sus mañanas pardas; otros no tendrían que dejarse pisar los juanetes sobre las alfombras persas de sus dormitorios; aquéllos no saludarían su adversidad con sonrisas tontas... y proclamas vagas.

Gracián nos lo recuerda: «Peor es ocuparse de lo inútil que no hacer nada». No hacer nada, el «dolce farniente» de todos los dolces, como quien dice, del «mil hojas» de la Fe, las «princesitas» (¡pobres!) de la Playa, del orejón superior de Helguera...

El político, cuando corre tras el voto, preso de ansiedades, es como una fuerza desatada de la naturaleza: pierde norte y pierde sur, pierde padre y pierde madre, porque pierde la prudencia... que le ladre. Bien estuvo usted, como alcaldesa de Xixón, quieta, sin mover un dedo... por la instalación ésa, que ayer era museo y hogaño, Centro de Cultura.... de lo que ya tenemos...

Gracián lo recuerda: «Todas las obras de la naturaleza llegan al colmo de su perfección: hasta allí fueron ganando, desde allí irán perdiendo». ¿Cuándo, en qué obra, en qué momento, llegó nuestro político asediado al colmo de su perfección? No sabría contestarlo, pero, quizá, hace ya mucho tiempo, cuando sembraba, sembrador al viento, mieses y lamentos... y desde entonces va perdiendo... «La fortuna se cansa de llevar a uno a cuestas durante mucho tiempo»... y cuando lo dicen las en-cuestas... ¡Ah, las malditas encuestas! Cuántas torpezas se comenten en vuestro nombre, por rectificar unos datos...

El mal político, sea A, B o C, dice y desdice; construye y destruye; promete y no cumple; sin amagar, da... y para remate, «se casa con todo aquello que los sabios repudian»...

Lo dijo Alberti, lo cantó Serrat, «Se equivocó la paloma. Se equivocaba». Creyó que el mar era el cielo; que la noche la mañana... Creyó que la «instalación» era su cielo, que su corazón era la Casa. Se equivocaba...

Quedó claro, la instalación no es la instalación, sino el centro cultural, como quien dice la Universidad Laboral, José Antonio Girón, o el Guggenheim de la otra orilla. «Ella se durmió en la orilla. Tú, en la cumbre de una rama».

Las encuestas. Los acuerdos. Las firmas. Los juramentos. Los despropósitos. Los mil hojas, las princesitas de ojos azules, los orejones... y en Cabueñes, los grandes follones... ¡Las encuestas! Y dentro de un año, las elecciones.... Construye y vencerás... o no.

«En la duda lo mejor es acercarse a los sabios y prudentes, pues tarde o temprano dan con la buena suerte».