La guerra no había terminado, de Luis Ignacio Parada en ABC
DESDE que Estados Unidos comenzó la invasión de Irak, el 19 de marzo de 2003, los ciudadanos norteamericanos han adoptado una postura de esperar y ver. Han esperado las pruebas de que existía una relación entre Irak y los atentados del 11-S. Han esperado que se encontraran las armas de destrucción masiva. Han esperado que se descubriesen los laboratorios móviles de armas cuyas imágenes virtuales vieron por televisión. Siguieron esperando el juicio contra el dictador iraquí, la entrega de la soberanía, la celebración de las elecciones democráticas. Continúan a la espera de que aparezcan las armas ocultas en Siria y a que termine el entrenamiento de soldados y policías iraquíes para comenzar una retirada. Pero nada de lo que esperaban lo han visto. No se ha encontrado ninguna relación entre Husein y el terrorismo islámico ni entre Irak y el 11-S; no hay armas de destrucción masiva; no hay calendario de retirada. Lo que hay es una frustración del orgullo ciudadano estadounidense que se reflejó el pasado 28 de febrero, mientras el presidente viajaba a India, en un dato concluyente: la popularidad de Bush había descendido al 34 por ciento, el nivel más bajo de toda su gestión.
Desde que el 25 de octubre pasado el Pentágono confirmó que George Alexander hacía el número 2.000 de los militares estadounidenses muertos en Irak, tras el anuncio por Bush del fin de la guerra el 2 de mayo de 2003, no ha habido ningún otro dato oficial. Salvo que el presidente dijo, en un discurso ante la Asociación de Esposas de Militares, que «esta guerra requerirá más sacrificio, más tiempo y más determinación para la victoria completa». Ayer, el Ejército de Estados Unidos lanzó la mayor ofensiva aérea desde la invasión, de la que pasado mañana se cumplirán tres años. El objetivo son los insurgentes de Samarra, al norte de Bagdad. Nunca es tarde para una victoria que devuelva el orgullo. Pero sí lo es ya para la popularidad, y el lugar en la Historia, de George W. Bush.
