Parecía imposible superar aquel tremendo calentón dialéctico , que acababa de experimentar el señor Regente de la heroica e invicta ciudad de Oviedo, cuando a dos de sus disciplinados concejales se les ocurrió nada menos que irrumpir en el escenario de esa tan absurda como desatinada polémica, acerca del emplazamiento de un hipotético Museo de los Premios Príncipe de Asturias, provistos de lanzallamas y dispuestos a fundir, como si fueran de mantequilla, a las dos instituciones más representativas de esta (infortunada) regionalidad autonómica: una, la Fundación Príncipe de Asturias; otra, el Consejo de Gobierno del Principado. Ambos audaces pirómanos convocaron a los medios, que son la galería donde se asoma la opinión pública para contemplar el paisaje y el paisanaje de la política asturiana, para decirles que desde esas dos instituciones sagradas se estaba maquinando nada más y nada menos que el enmascaramiento de una oscura operación urbanística en los terrenos de la ría de Avilés con el pretexto del citado y ya famoso aunque inexistente todavía, Museo de los Premios.
ANTE LA DURAreacción del Gobierno del Principado, frente a tan gratuita acusación, los sagaces concejales del señor Regente apagaron sus lanzallamas y arrojaron un vaso de agua fría sobre el incendio provocado... Gesto inútil, puesto que la pintoresca polémica ya había superado su primera fase como factor para desencadenar una ambigua crisis política, que acabaría siendo una irreversible crisis de Estado... Mejor dicho una degeneración de la buena voluntad democrática que, al menos en teoría, se les debe suponer a quienes ostentan la representación de las instituciones de gobierno con la responsabilidad de mantenerlas alejadas de intereses espurios y de maniobras que desnaturalizan la esencia de su función pública.
Salpicar a la Fundación Príncipe de Asturias con las acusaciones que se le hacen al Gobierno del Principado, acusándolo de favorecer al municipio de Avilés con un pelotazo urbanístico disfrazado de museo es muy grave. Tan grave como es también acusar a la Presidencia y la Dirección de la Fundación de ser cómplices de esa imaginaria y truculenta operación especulativa. Aunque, después, los pirómanos hayan disfrazado el pelotazo de operación la sospecha queda flotando en el ambiente. Lo tremendo es que se divida a la opinión pública hasta enfrentarse consigo misma; unos, pirómanos ; otros, bomberos ... Y lo terrible es que haya ciertas instituciones con personas al frente de las mismas capaces de hacer diagnósticos sobre las relaciones de poder entre el Gobierno autonómico y la Fundación sin estar plenamente seguras de cuál es la verdadera naturaleza de tales relaciones.
EL MONTONde yesca encendida por la pasión dialéctica del señor Regente de la cité se ha convertido en un pavoroso incendio institucional. Pocas cosas hay tan combustibles como el honor de las personas y la decencia política de las instituciones de Gobierno. Precisamente, ambas son, en este momento, pasto de las llamas en Asturias.
Cuando se iniciaba este espectacular incendio, al calor de un ardiente ovetensismo declarado de interés oficial , nadie sospechaba que ese primer cuarto de siglo de la gloria alcanzada por la Fundación sería tan efímero, y menos que a su presidente y a su director los convertirían en un par de ninots condenados a arder en unas vulgares fallas organizadas por los duros flamígeros del PP ovetensista. Esta circunstancia tan ingrata, sobre todo para quienes se ven gratuitamente convertidos en víctimas propiciatorias, para alcanzar otros un evidente oportunismo político, es la primera consecuencia de esa tremenda contradicción que caracteriza al vigente sistema partidista: la confusión entre los auténticos intereses democráticos de la sociedad y los intereses partitocráticos que defienden, cada uno por su lado, las actuales oligarquías políticas. Con el incendio de la Fundación --acompañado del oprobioso acoso y el pretendido derribo de quienes personalizan su representación orgánica-- se escenifica perfectamente la enorme contradicción que, después de tres décadas de democracia liberal y parlamentaria, no ha sido corregida por el propio sistema que lo padece, ni hay indicios que permitan confiar en que al régimen le interese corregirla. Quizás esto sirva para explicar, en parte, cómo es posible que los más decididos defensores de la honestidad pública de los rectores de la Fundación Príncipe de Asturias sean precisamente los republicanos; mientras que los monárquicos castizos y los neomonárquicos (juancarlistas ) se afanen en evitar que ese voraz incendio se apague antes de haber convertido en cenizas la buena fama de la Fundación y la honra del Gobierno democrático del Principado. Sin embargo, lo más preocupante es que el porvenir de esa vapuleada sociedad democrática regional es el mismo que el de sus dos únicos partidos constituyentes: un régimen partitocrático a perpetuidad.

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