Hace unos días, las farolas del centro de Madrid amanecieron con unas inquietantes banderolas publicitarias que parecían esquelas mortuorias. En un sobrio blanco y negro, el anuncio decía: «Matadero Madrid». Yo enseguida me acordé del famoso y castizo eslogan «De Madrid al cielo», pero no me imaginaba que, bajo el mandato del señor Ruiz-Gallardón, llegaríamos a cumplir dicho tránsito de una manera tan drástica.
Durante unos segundos, mientras cruzaba por ese paso de peatones que abrieron en Colón para sustituir el antiguo y siniestro pasillo subterráneo, y que hay que recorrer en dos veces porque, de lo contrario, casi seguro que vas al cielo, pero caudalosamente atropellado, tuve una alucinación: los madrileños de nacimiento y de adopción, y los transeúntes fascinados por Madrid en menos de 48 horas, como Sarah- Jessica Parker, hacíamos cola cual corderitos frente a un gigantesco matadero municipal, y allí iban dándonos el pasaporte al cielo con las últimas y más sofisticadas técnicas carniceras y abiertos en canal. El espectáculo resultaba entre exuberante y estremecedor, como cualquier típico día de matanza.

Luego he leído que el antiguo Matadero de Arganzuela ya está listo para convertirse en el mayor laboratorio cultural de España.O sea, que a eso se refería la campaña publicitaria de diseño tan funerario. El viejo matadero, con sus casi 150.000 metros cuadrados de superficie total -de ellos, 85.000 construidos- dejó de ser centro de trabajo de matarifes en 1996 y ha sido rehabilitado para que lo más moderno en teatro, artes plásticas, música, danza, cine y literatura encuentre allí acomodo y ocasión de lucimiento. El proyecto me parece espléndido, siempre y cuando no termine convirtiéndose en un centro elitista, a espaldas por completo de los vecinos de esa zona Sur madrileña que se pretende ennoblecer. La inauguración del teatro Valle Inclán (antiguo teatro Olimpia) en Lavapiés ya cosechó las protestas de los habitantes del barrio, que se sentían ofendidos por un proyecto cultural que les ignoraba. Ahora, Gerardo Vera, director del Centro Dramático Nacional, asegura que hará todo lo posible para que esa integración de la sala Valle Inclán en Lavapiés se produzca. En el Matadero Madrid debería ocurrir lo mismo.

De todas formas, las banderolas publicitarias se las traen.A los responsables de la campaña no les habría costado ningún trabajo, digo yo, ponerle color al Matadero, un poco a la manera de esas funerarias americanas que lo llenan todo, incluido el difunto, de alegría cromática y detalles estimulantes. Una vez fui a un velorio en California y el muerto, un tipo joven y apuesto y pintado como una puerta, estaba (dentro de la caja, desde luego) vestido de mariachi, con su gigantesco sombrero bordado con hilos de oro y sus pantalones ajustados hasta la obscenidad. Por todas partes había botellas de tequila y bandejas con tacos y otras delicias de la cocina mexicana, y el hilo musical no paraba de vocear rancheras muy fanfarronas y vigorosas. El blanco y el negro y la música depresiva estaban allí totalmente prohibidos.Vamos, que hasta daban ganas de morirse.

Si a mí me hubieran encargado la publicidad del Matadero Madrid, habría intentado que el efecto de los anuncios fuera también divertido y vitalista. Conservar ese nombrecito -Matadero - para un laboratorio cultural es, desde luego, audaz y sofisticado, pero si van a regalarnos una cultura atrevida y despampanante, una cultura «para matar», al menos que no nos enseñen la esquela por adelantado.