Acaba de nacer un nuevo partido político en la más nororiental de las comunidades autónomas españolas: Ciudadanos de Cataluña. Lo apadrinan relevantes personalidades de la sociedad civil catalana, tales como el hombre de teatro Albert Boadella, el periodista Arcadi Espada o el catedrático Francesc de Carreras. Pretende erigirse en una alternativa, laica y progresista, frente al «pensamiento único» nacionalista que, a su juicio, dimana del tripartito (y por descontado también de la principal fuerza política de Cataluña, CiU, aunque ésta no forme aún parte del Gobern). Puede llegar a revolucionar la viciada vida política de aquella comunidad, o quedarse en una encomiable tentativa resistencialista, que eso el electorado soberano tendrá que decidirlo, pero lo seguro es que el establishment catalán le hará el vacío todo lo que pueda, pues le ha sentado como un tiro su irrupción, tan satisfechos como estaban con el PPC de Piqué como única oposición, ya que a estos neonatos va a resultar un poco más difícil despacharlos con esa simplona y ultramanida etiqueta de «fachas», con la que algunos ignaros, a falta de mejores argumentos, tratan de anatemizar al adversario.

Y es que en esta España de nuestros pecados, tan pródiga en valerosos alanceadores de moros muertos, donde muchos ardientes antifranquistas de 25 años de edad sólo han visto a los grises en los capítulos de «Cuéntame cómo pasó», y se creen que Conesa era un futbolista del Mallorca -que también lo era, por cierto- y Billy el Niño únicamente un forajido del Far West, Boadella se merece el mayor de los respetos, porque se la jugó en tiempos muy duros por la Libertad de Expresión, lo cual le trajo aparejado Consejo de Guerra y cárcel -y entonces, la sola mención de una corte marcial acongojaba al más templado-. El histórico líder de Els Joglars es, con todo derecho, un referente moral tanto para la sociedad catalana como para la del resto de España, un «héroe cultural», como decía en sus clases magistrales Gustavo Bueno padre, aunque no sé si ése era precisamente el sentido que le daba a tan feliz expresión el filósofo riojano naturalizado ovetense.

Y tampoco es nada casual el nombre que Boadella y los suyos han buscado para bautizar su muy necesaria plataforma. «Ciutadans de Cataluña: ja soc aquí» fue la histórica frase que pronunció Tarradellas al volver a su tierra tras un larguísimo exilio. El Honorable podía haber dicho «catalans», pero dijo «ciutadans», y el matiz es importante, pues prioriza el concepto de ciudadanía, de colectivo que participa activamente en la vida de la polis, que ejerce conscientemente sus derechos y libertades, por encima de la mera adscripción tribal a un determinado espacio geográfico que se supone portador de valores eternos, o sea, todo lo contrario de lo que postula el nacionalismo, cualquier nacionalismo, todos los nacionalismos...

Los recién llegados enriquecerán, sin duda, la democracia española, porque vienen a recoger sensibilidades que estaban en el ambiente, pero se mantenían en silencio, en una orfandad representativa. A algunos les desagrada su laicismo, fruto de la escuela inequívocamente progresista de la que provienen los promotores de ciutadans, ¿pero acaso la confesionalidad no debe ser únicamente un asunto privado? Sin renunciar a las raíces judeocristianas -y también grecolatinas- de nuestra cultura, un partido político moderno ha de estar al servicio de los ciudadanos, al margen del sitio donde éstos se arrodillen o se dejen de arrodillar. Porque de sectas y sectarios ya vamos más que servidos, ¿no les parece?