Hay días que la bancada del PP es un cementerio de elefantes.Cada miércoles se dejan un colmillo. ¿Cómo un partido del siglo XXI ignora que la metamorfosis electoral es la suma de minorías? A veces ese gran partido, que gobernó con acierto España en los años 90, parece un partido afgano. Se están alejando de los movimientos alternativos, se están quedando sin mosquitos, sin verdes, sin carrozas, sin puretas, sin viradas, sin locas, sin catalanes, sin andaluces, sin currantes, y todo esto ocurre en plena crisis de representación, en plena crisis del sistema constitucional.
Ayer, Mariano Rajoy acusaba a José Luis Rodríguez Zapatero de que está liquidando la igualdad de los españoles después de 500 años; y Zapatero, que con estas torpezas de la oposición camina ya hacia la mayoría, le contestaba que el preámbulo y el artículo 1 son impecablemente constitucionales.
Acabado el primer tercio, se volvieron al callejón azul los diestros y fueron los toreros de plata los que armaron el taco. Eduardo Zaplana, con empaque de gigoló de Cartagena, tal vez sin querer rebajar la dignidad de la vicepresidenta, dijo: «Cuanto ganaría la Cámara si usted, que es tan aficionada a disfrazarse de vez en cuando, un día apareciera, aunque fuera un solo día, se vistiera de vicepresidenta y cumpliera con sus obligaciones».
Fernández de la Vega le acusó de ignorante, maledicente y machista, mientras las diputadas de IU y del PSOE abandonaban ya el Hemiciclo.La crítica a la vicepresidenta, que consideraron sexista, provocó ruedas de prensa de los dos grupos mayoritarios.
El cachondeo no es ajeno a los usos y códigos parlamentarios.Se cuenta que Alcalá Zamora y Prieto se llevaban a matar. («Adiós, don Niceto», «Adiós, don Indalecio»; Prieto se detuvo: «Los dos tenemos nombre de sainete»). Pero no es el humor, sino resentimiento y desprecio lo que configura la legislatura. En este Hemiciclo, Woody Allen no pasaría de cunero de llave.
Los cronistas parlamentarios narran escenas de machismo, misoginia o sexismo como aquélla del diputado anarquista Capdevila, que llegó con el programa de guerra a Dios, a la tisis y a los reyes; comentó en una sesión que María no podía ser virgen porque tuvo varios hijos; y entonces el general Bonito, el que cameló a la reina Castiza, llamó a la calma diciendo: «Tenga un poco de respeto a la vida privada de María Santísima». A Gil Robles, un gachó le acusó de llevar calzoncillos de seda y el de la CEDA contestó: «No sabía que su señora fuera tan indiscreta». Hoy no presenciamos aquellos rehiletes de ingenio, sino estocadas, y descubrimos que el PP está perdiendo la brújula, el cuaderno de bitácora.
Eduardo Zaplana, impertérrito, me pregunta en la M-30: «¿Es que el ingenio parlamentario no cuenta? Era una simple broma». Los dirigentes del PP tendrían que saber que vivimos en plena feminización de la política y que herir la causa o la sensibilidad de las mujeres es un atropello político. Las mujeres del PP salieron a los focos enumerando el memorial de agravios: Bono dijo que Esperanza Aguirre besa y muerde; acusaron a Zaplana y a Acebes de ir mal vestidos; a Loyola de Palacio la llamaron monja alférez; a Soledad Becerril, Carlos II disfrazada de Mariquita Pérez; y a Isabel Tocino, pastorcilla y motera.
Con tristeza me comentó José Luis Rodríguez Zapatero: «Zaplana ha perdido los papeles, su actitud no es de recibo». Y Gaspar Llamazares interpretaba así el suceso: «Van rodando por una pendiente y chocan con todas las piedras».

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