La Coctelera

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16 Marzo 2006

Elogio del oficio de abogado al hilo del 11-M, de Javier Gómez de Liaño en El Mundo

Hace un par de semanas -véase EL MUNDO del 3 de marzo de 2006-, el presidente del Consejo General de la Abogacía (CGA) calificó de héroes a los abogados del turno de oficio que defienden a los imputados por los sangrientos atentados cometidos en Madrid el 11 de marzo de 2004. Don Carlos Carnicer -así se llama el ilustre rector del CGA- señaló que estos abogados «no van a cobrar más de 500.000 pesetas, como mucho». Y remató: «No les va a dar ni para las fotocopias del sumario». Siete días después, en este mismo periódico, los letrados aludidos -al menos 21 de ellos- respondieron al señor Carnicer con un atento y elocuente recado: ¡No, gracias! ¡No queremos ser mártires!
¿Por qué esa consideración de héroes? Heroico quizá sea adjetivo demasiado solemne, aunque no descarto que tal vez sea el que mejor pudiera cuadrar a este grupo de compañeros. Y si esto es así, ¿de qué viven estos abogados dedicados en exclusiva a tan arduo proceso? ¿Es en ellos la de abogado una profesión o poco más que una esclavitud? Y, de otra parte, ¿por qué el señor presidente del CGA no se ha preocupado de que se cuide al abogado de oficio, según él, un arquetipo de épicas e improductivas responsabilidades?

Este fin de semana trataba de explicar a un joven colega francés cómo en España, hoy, la abogacía es una profesión muy considerada y que, a tenor de un muy reciente barómetro de opinión elaborado por el profesor don Juan José Toharia, la imagen del conjunto de la abogacía entre los ciudadanos era muy positiva. De acuerdo con ese estudio sociológico, los servicios que prestan los letrados españoles son valorados por los usuarios con una media de 6,9 puntos. Es más, en su aprecio, la encuesta sitúa a los abogados por delante de los sindicatos, del Gobierno, de los partidos políticos y hasta de la Iglesia y de los bancos. «El abogado es percibido como un profesional en quien se puede confiar», afirma una de las conclusiones.

Confieso que el primer sorprendido por el resultado del sondeo soy yo, pues estaba en la creencia de que la abogacía no era oficio que gozase de los favores del público. Nuestro Pío Baroja, aquel modelo de hombre escéptico, íntegro y decente, fabulador de azarosas y aventuradas vidas, en El Tablado de Arlequín y por boca de uno de sus personajes, dice que «en España todo el mundo es abogado, mientras no pruebe lo contrario», para, a renglón seguido, añadir, en términos despectivos, que «como no vales para nada útil, hazte abogado». Baroja era un hombre con mucho sentido común que sabía muy bien de qué pie cojeábamos cada uno en este país, pero está claro que aquéllos son tiempos idos, aunque puede que, para algunos, no tanto.

Pero vayamos a los orígenes. Suele decirse que el oficio más viejo del mundo es el de puta, aunque para mí esto no es del todo cierto, pues mucho más lo es el de deshacedor de entuertos y demás malaventurados achaques del alma. La prostitución es fruto de una decisión de la voluntad mientras que el arte de defender fluye del mismo manantial del que brota la desgracia que nació con el hombre. El nombre mismo de abogado suena como un grito de ayuda. Advocatus, vocatus ad, llamado a socorrer -también el médico es llamado a socorrer- y en el proceso no es infrecuente denominar a la actividad del abogado postular.Algunos diccionarios atribuyen a este verbo el significado de pedir aquello que hay derecho a tener.

En la Grecia clásica, la profesión de abogado fue estimadísima.Especialmente en Atenas, en cuyo foro conquistaron triunfos memorables personajes como Pericles, Demóstenes y otros eminentes oradores.

No menos gloriosa fue en Roma, donde los abogados eran considerados los oráculos de la Justicia. Ejemplos hay de abogados a quienes los emperadores concedieron los mayores honores, gracias y privilegios.«No triunfan menos los abogados con la invencible fuerza de su elocuencia que los conquistadores con sus armas y no contribuyen menos a la defensa de los pueblos y a la conservación de los estados que los generales con sus numerosos ejércitos», puede leerse en algunos edictos de la época. Tan alto debía de ser el aprecio por esta profesión que al estipendio de los abogados le llamaron honorario -sin duda por el caché de abogados como Cicerón y Hortensio-, nombre más noble que el que se daba al precio del trabajo de los jueces, o sea, sueldo.

Cuando escribo estas líneas, se cumplen cuatro años desde que pedí la excedencia voluntaria en la carrera judicial y me incorporé al ejercicio de la abogacía. Los chinos, que son muy sabios, piensan que allí donde pisa un hombre nacen mil caminos y yo, que nada tengo de sabio, digo que sí, que la vida se mueve a golpe de timón y que si antes administré justicia ahora me dedico a pedirla y la verdad es que no encuentro grandes diferencias.Quizá sea porque la justicia es un sentimiento del alma que llevas a cuestas. Pues bien, tras esta breve pero intensa experiencia, me parece que las mayores satisfacciones de la abogacía -de ahí que se diga «libre ejercicio»- se apoyan en la incansable búsqueda de la verdad y en el empeño por que la justicia triunfe. Hacer justicia o pedirla es la obra más grandiosa del hombre y al abogado le basta tener como premisa ser leal con la verdad; eso por no hablar del generoso entregarse a todo lo que se le requiere.El buen abogado de lo único que ha de ser incapaz es de decir no a nada que no sea patente y clamorosamente injusto.

Ahora bien, digámoslo con claridad. Según datos facilitados por el CGA, en España hay alrededor de 100.000 abogados. Más que en ningún otro país de la Unión Europea, lo cual, por exceso inflacionista, determina que al cabo de 10 años de colegiación, casi el 40% de los abogados abandone el ejercicio de su profesión por falta de trabajo o porque el escaso que tienen apenas les da para cubrir gastos, supuestos en los que al abogado no le faltan motivos para sentirse humillado. El poder vivir del oficio que se oficia con afición y buena voluntad es una bienaventuranza y el supuesto contrario encierra mucha amargura. Angel Ganivet, cuya manía al foro era conocida, en una de sus cartas afirma que antes que ejercer la abogacía o algo que se le parezca pediría limosna. En estos casos, creo que sólo por la vocación se justifica ser abogado. Cuando la vocación es profunda, esa brújula jamás se desorienta. Para mí lo hermoso es hacer con gusto lo que se hace y lástima me da que haya gente que no es feliz con lo que hace.

Hace ya muchos años, Eugenio D'Ors pronunció una conferencia en la Residencia de Estudiantes de Madrid titulada Aprendizaje y heroísmo y de ella son estas palabras: «Cualquier oficio se vuelve filosofía, se vuelve arte, poesía, invención, cuando el trabajador convierte cotidiano menester e ideal en una misma cosa, que es, a la vez, obligación y libertad». La justicia -lo digo con todos los temores y reservas- es un gozoso y doloroso sentimiento del alma que el abogado lleva a rastras, con furia o estoicismo, según los casos. Es duro estar todo el día suplicando, pero resulta provechoso. El rogar te hace humilde. ¿Qué otra cosa es, más que un pedir, el suplico?

En su ejemplar obra El alma de la toga, Angel Ossorio y Gallardo proclama que el abogado no puede ponerse al servicio de quienes diseñan la justicia, sino al de quienes sufren por la injusticia.Yo, más allá de quien fue decano del Colegio de Abogados de Madrid -también más modestamente- y de su actitud elegantemente romántica, me permito pensar que el abogado no debe ni puede poner sus armas en favor de los que dicen ser los genios de la justicia, sean estos los que la dominan o los que la pagan. Sólo al servicio de la justicia, ese concepto que engloba la libertad, ha de vestir su toga el abogado que siente la casi divina noción de lo justo.

A mis gremiales colegas del proceso por el atentado del 11-M les digo que bien es verdad que la lucha por la Justicia es una batalla que no siempre puede ganarse ni resulta rentable, pero hay que tener la necesidad de darla, de seguir dándola hasta el último momento. Somos nosotros los que hemos elegido ser abogados y desempeñar tan modesto y grandioso trabajo en esa tragicomedia que es la vida. Vaya mi admiración y respeto por ellos al haberse comprometido a poner a contribución todo su esfuerzo y toda su capacidad para, en ese rudo y complejo proceso, representar el papel de abogados lo mejor y más dignamente posible.

Estoy convencido de que en el corazón de estos compañeros anida la esperanza por la justicia, y no me cabe duda alguna que eso es lo que les mantiene y les controla para, en aquellos momentos en los que hacen cómputo de sus servidumbres -en todo caso, voluntarias- no arrojar el código contra el suelo o tirar la toga por la ventana en un gesto de inútil desfallecimiento y pesimismo. Pero no cabe el desánimo. Sé muy bien que en ocasiones defender a la justicia es innoble y bajo menester. Nos los enseña el gran jurista Carnelutti: «La esencia, la nobleza de la abogacía es situarse en el último peldaño de la escala, junto al imputado».

Otrosí digo. Con los debidos respetos -a mi juicio, también merecidos- hacia el magistrado Juan del Olmo, puede que la instrucción sumarial por los atentados del 11-M, de la que no tengo más conocimientos que los adquiridos de informaciones periodísticas -de todos los signos y tendencias-, adolezca del llamado fallo de investigación de vía única, en el sentido de que no se haya reparado en otras posibilidades o alternativas diferentes a las que la policía ha ofrecido, desde el principio, sobre su autoría. Buscar pruebas es labor policial; verificar es función judicial. Acaso aún no se ha percibido con precisión la diferencia entre una y otra tarea.

Desde la experiencia adquirida en determinados procesos -algunos tan peliagudos y célebres como el caso de la colza o el caso Lasa y Zabala-, no me cabe duda de que una de las causas, quizá la más importante, de los errores judiciales se sitúa en las instrucciones unidireccionales, en creer que sólo uno es el camino que nos puede llevar a la meta.

Como escribió el profesor Sentis Melendo en el prólogo a la obra de Max Hirschberg titulada La sentencia errónea en el proceso penal, quizá el drama de las sentencias equivocadas tenga como origen el incumplimiento del deber por parte del juez de Instrucción de hacer todo aquello que, pudiendo hacer, es susceptible de producir resultados procesales útiles.

Segundo otrosí digo. Al leer que el magistrado Del Olmo el pasado jueves recibió declaración al inspector Alvarez a raíz de las informaciones ofrecidas por EL MUNDO sobre la mochila de Vallecas, tengo la íntima convicción de que su señoría ha sentido un desasosiego espiritual que le impulsa a seguir buscando la verdad cuando pensaba, probablemente inducido, que ya la había encontrado.

Javier Gómez de Liaño es abogado en ejercicio y magistrado excedente.

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