Era yo aún muy niño cuando mi padre me explicó en qué consistían las cámaras de gas, en los campos de concentración del nazismo.Más tarde pude hacerme una imagen aproximada de cómo eran aquellas filas de cuerpos desnudos, esperando su turno para entrar en las duchas de la muerte. Esa memoria de un tiempo maldito me acompañó, sin tregua, desde la niñez.
He visitado varias veces Alemania, y en el último viaje que hice a Berlín he entrevisto desde el taxi ese laberíntico monumento que la ciudad le dedica a las víctimas del Holocausto, pero no he querido nunca profundizar en los vestigios del desastre. Me basta con la información cinematográfica, las lecturas de testimonios de supervivientes y la pormenorizada lección que me dio, más de una vez, el espeluznante museo Yad Vashem de Jerusalén.
Según el testimonio del comandante Rudolf Hoess, que hizo su trabajo en Auschwitz, el gas que usaban era un ácido prúsico cristalizado llamado Ziklon B que tardaba de tres a 15 minutos en matar a los prisioneros. Una vez retirados los cadávares de la cámara, las cuadrillas de «trabajos especiales» se encargaban de sacarles los anillos y de arrancarles el oro de las dentaduras.El siguiente paso era quemar los cuerpos en los hornos crematorios.
Se calcula que alrededor de 1.500 sinagogas alemanas fueron destruidas por los nazis a partir de 1938, pero, al parecer, la del pueblo bávaro de Puhlheim-Stommeln se salvó o fue reconstruida, y hoy es una sala de exposiciones que ha servido de escenario para una nueva provocación del señor Santiago Sierra, un viejo conocido en España por su estrafalario historial, presuntamente artístico.Esta vez ha tenido la ocurrencia de construir una instalación en la sinagoga alemana que se asemeja a una cámara de gas, y a la que el osado visitante debe acceder con una máscara para no morir en el intento. Es quizá su provocación más atrevida.
En el Museo Reina Sofía le permitieron tatuar una línea en las espaldas desnudas de unas voluntariosas prostitutas, y más tarde algún funcionario cultural lo envió a la Bienal de Venecia como representante del arte español contemporáneo, y se dedicó a pedir el pasaporte español a la puerta de su pabellón vacío.
Al parecer, los judíos alemanes se han sentido ofendidos por la payasada de nuestro talentoso compatriota, probablemente ellos sean gente demasiado suceptible y no comprenden su buen gusto artístico. Quizá la responsabilidad de los hechos recaiga en las autoridades municipales que administran la antigua sinagoga, que autorizaron esta parodia de moral harto dudosa. El premio Nobel de literatura, el húngaro Imre Kertesz, que sabía algo de estos temas, escribió que «el verdadero problema de Auschwitz es que ocurrió, y es algo que no podemos cambiar ni con la mejor ni con la peor voluntad».

Escribe un comentario