DE LA REALIDAD AL SUEÑO. Todos tenemos un poco de nosotros esperándonos en Africa. Quien ha ido lo sabe. Mi Africa es un árbol esquelético de hojas sagradas que sirven para curar heridas y hacer ungüentos

Las mujeres en Níger machacan el mijo en unos barreños altos y estrechos de madera. Con un ritmo acompasado que se clava en el estómago y remite al pequeño trance del principio de los tiempos.El mijo se reblandece en una pasta gris, el mazo sube cada vez más alto, el golpe resuena como las txalapartas en Navarra y las mujeres crean un contrarritmo con unos gemidos muy sensuales y profundos... En las niñas, el fenómeno es aún más impactante porque son primitivos y violentos, como la vida que les espera.En Níger es una tradición casar a las niñas a edad temprana y, aunque la ley establece la edad legal de matrimonio en 15 años, muchas se casan a los 12. Al llegar a los 16, la mayoría ya han tenido su primer hijo y esperan el segundo, en una competencia feroz con las otras esposas por ofrecer al marido más vástagos.Entre algunas tribus de pastores nómadas es habitual concertar matrimonios entre niños que aún se están gestando. Esta práctica contribuye a fortalecer vínculos entre familias. Aquí, el matrimonio prematuro es cuestión de honor.
En la aldea en la que recogimos el testimonio de Zatha y Rachid se produjo un gran revuelo cuando alguien, viendo los vehículos de Unicef, denunció el casamiento en una aldea próxima de una niña de 10 años y un hombre que pasaba de los 30. Cuando le instamos al jefe tribal de la zona a intervenir y hacer cumplir la ley, nos miró fijamente y en un tono de salmo dijo que esa unión era una bendición de la que nacerían hijos más sanos y fuertes. Para cambiar esta situación se han de modificar creencias que perviven desde tiempo inmemorial. La asistencia de las niñas a la escuela evita en muchos casos esta práctica tribal que se extiende de norte a sur del país. Ayer no pudimos hacer nada. La distancia entre los sueños y la realidad siempre está presente en este magnético rincón de Africa. Me avergoncé en mi impotencia y caminé hasta que los techos de las chozas se confundían con los arbustos que se dibujaban en mis ojos.

En ese momento me topé de frente con mi pasado en Africa. El baobab, un árbol sagrado que se yergue como un esqueleto que se resiste a morir. Sus escasas hojas son apreciadas para ungüentos medicinales y caldos contra el reuma. Yo no dibujo nada bien y desde hace muchos años recreo a menudo una suerte de árbol esquelético que lanza las ramas a lo alto, retando al cielo para que le mantenga vivo. Ahí está mi Africa. Mi árbol es un baobab.Ahí estaba yo, que desde pequeño decía que me llamaba Maoman (diminutivo de Maumano, Imanol en la jerga familiar). Cientos de restaurantes de las ciudades en las que he vivido están autografiados con mi primitivo baobab. En Africa se puede sufrir de impotencia y a la vez sentirse feliz y no estar loco, como cuando se ama a dos mujeres a la vez en el bolero.

Me despido en el atardecer del río Níger que tiñe de dorado los bancales arrancados a la sequía donde los hombres se lavan la ropa y cantan por estar vivos, desde la terraza del Gran Hotel, verdadera puerta de este país que ha raptado para siempre el baobab que escondía mi corazón. Volveré pronto y no cejaré en el empeño de ayudar al salto de la Historia. Siéntanse queridos desde el baobab que sobrevive a los hombres y a los tiempos.

Donaciones para la campaña 'SOS Níger' en 'www.unicef.es', mensajes SMS desde Movistar al 4004 con el texto SOS Níger, en el teléfono 902100436 y en la cuenta del BBVA 0182 5906 84 0201551558