Da la impresión de que el inaccesible mundo de las musas se ha contaminado estos días con los efluvios de los Carnavales. Si algo han inspirado o regalado a los responsables de la política asturiana durante el último Antroxu, han sido discordias, desencuentros y rebosantes jarras de irracionalidad con ocasión de la ubicación del Museo de los Premios Príncipe de Asturias. Con el fin de que estas hijas de Zeus y Mnemosine retornen al Olimpo, y Clío, musa protectora de la Historia, nos conceda la tranquilidad necesaria, es obligado propiciar los rituales sacrificios de purificación establecidos. ¡Vaya, pues, en su honor, esta ofrenda de racionalidad!
Según Estrabón (63-21 a. d. J. C.), el Museo de Alejandría era, fundamentalmente, un lugar de encuentro e investigación, donde los sabios exponían libremente sus ideas y las sometían a la discusión y crítica de sus colegas. Además gozaban de la documentación exhaustiva que les brindaba la Biblioteca anexa. No era una escuela dominada por una sola tendencia científico-filosófica, sino que defendía planteamientos científicos polivalentes y líneas diversas en la investigación. Vamos, que si ahora nos visitasen las Musas, su lugar predilecto serían los departamentos punteros en investigación de las grandes universidades americanas y no los museos que jalonan toda la geografía asturiana. Si «muse» es sinónimo de numen o inspiración, es obligado reconocer que todos los prohombres que han intervenido en el engendro no lo han abordado bajo la protección de las musas, sino de las musarañas.
En una palabra, la Fundación de los premios «Príncipe de Asturias» debe exponer con claridad cuál es su idea motriz, con el fin de conformar después el proyecto. Analizando la durísima polémica entablada entre las partes interesadas (Gobierno del Principado y Ayuntamiento de Avilés, por una parte, y Ayuntamiento de Oviedo, por otra), uno no puede por menos de sacar la conclusión de que la Fundación se ha convertido en mero instrumento en manos de unos intereses políticos. Yo no sé si esto será bueno o malo para la Fundación Príncipe de Asturias, pero lo que se contempla en la pantalla de la opinión pública es que ha quedado dañada la imagen de independencia que con tanto ahínco e inteligencia habían venido defendiendo sus dirigentes.
Y en cuanto al museo en sí, pregúntense qué es lo que desean aportar a Asturias. ¿Un lugar turístico más para rellenar una o dos horas los programas de las agencias de viajes? Pues con unos cuantos DVD repartidos estratégicamente resolverían ustedes el problema. Ahora bien, si persiguen erigir un museo para generar niveles de conocimiento superior y apoyar investigaciones punteras que favorezcan la calidad de nuestro entramado productivo, o bien los modelos éticos de la convivencia o la creatividad literaria, etcétera, entonces sí que tiene importancia la ubicación del museo. Si consiguen que se convierta en un punto de encuentro de los premiados donde impartan cursos de su especialidad en condiciones óptimas, merece la pena el esfuerzo.
¡Sólo pido cordura!
Si no es así, ¡ni museo, ni musas: sólo musarañas!
José Luis Magro es profesor de Filosofía del Alfonso II.

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