Publicado originalmente en Mientras Tanto.
Tal vez, para captar la imagen que de la mujer tenía el partido son más útiles las consideraciones sueltas que aparecen en los informes sobre organización como, por ejemplo, uno de 1970 de Josep "Román" Serradell en el que se enviaban las siguientes instrucciones: "El Partit ha de tenir present com una gran preocupació el treball i l'activitat de les dones comunistes. Les dificultats que tenim en la mobilització de les dones es poden resoldre si veiem amb claredat que les dones comunistes tenen un gran camp d'activits a desenvolupar entre la gran massa de dones. Aquestes poden ser interessades en les accions a favor de l'amnistia i de la solidaritat amb els empresonats pel franquisme, en la lluita contra el constant increment de la carestía de la vida, en la mobilització contra la intolerable manca d'escoles i les quantitats inabordables per les famílies modestes que costa l'ensenyament i moltes altres reivindicacions que afecten la gran massa de dones. Es tracta, a fi de comptes, d'unir i mobilitzar les dones en la realització d'un treball demoòcratic conseqüent. Diverses experiències aconsellen que, per realitzar un treball d'aquesta mena, és convenient que les nostres companyes s'orientin decididament a una activitat en direcció a la base de les barriades i districtes com el camí més adient per promocionar aquesta activitat democràtica" (17).
Si se presta atención a los ámbitos de lucha señalados por Serradell (y por todos los demás camaradas del C.E. en la correspondencia consultada) se podrá hablar de una valorización pública de los espacios y cuestiones tradicionalmente considerados como "privados": el barrio, el mercado, las escuelas, el coste de la vida, etc. El partido quería transmitir a sus afiliadas la idea de que todo era política y que su militancia no era otra cosa que una prolongación de la esfera privada. Para las mujeres que se hacían comunistas no cambiaban los problemas, sino las soluciones: la causa de la falta de escuelas en los barrios que impedían la escolarización de los hijos ya no eran los problemas organizativos de una administración lejana de la ciudadanía, sino la política educativa clasista llevada a cabo por los franquistas; si la subida del coste de la vida no permitía a la madre-esposa encargada de llevar las cuentas de la familia llegar a final de mes, eso se debía a la política económica de los tecnócratas del Opus; si los barrios carecían de zonas verdes para que pudieran jugar los niños y relacionarse las personas, era por unos ayuntamientos antidemocráticos hostiles a formas espontáneas de socialización "horizontal". De ahí, la necesidad y la urgencia de la lucha organizada y la transformación de la militante -en cuanto madre y esposa- en sujeto político activo y promotor del cambio social.
Naturalmente, detrás de las palabras de Serradell (ergo, del partido) subyacen un tono y un discurso diferentes respecto a las propuestas avanzadas a otros sectores de la población: la mujer no viene aquí representada siguiendo la clásica y abusada metáfora del "polvorín" al que le bastaba una chispa -la vanguardia política- para hacerlo estallar, sino como un ser cojo a quien el PSUC ofrecía una muleta para andar, eso sí, a una velocidad reducida por razones de fuerza mayor. Era una movilización "parcial" que el partido, o mejor dicho, la dirección masculina del mismo, construía para que la mujer se sintiera estimulada, ingresara en el PSUC y acrecentara la lucha democrática. Para eso, era necesario localizar aquellos ámbitos o frentes de lucha idóneos para que la mujer pudiera desplegar su energía revolucionaria. Pero delimitar los escenarios de lucha significaba -implícitamente- marcar una primera línea "inferiorizadora" entre los hombres, aptos para todo tipo de tareas, y las mujeres, camaradas necesitadas de una guía que las auxiliara en su trabajo conspirativo. Era, en suma, el espacio otorgado.
Hay que decir que el modelo de mujer que, explícita o implícitamente, analizaba el Partido era biunívoco: a la "ama de casa y madre" se añadía la "trabajadora". En la prensa y documentos del partido se daba constancia del paulatino ingreso en el mundo laboral de la mujer española y es aquí donde el tema de la "emancipación" asumía un tono más contundente, como se remarcaba en el punto 19 del Manifiesto-Programa del PCE: "19. Medidas para liberar a la mujer de su condición doblemente explotada. Hacer realidad la igualdad de oportunidades entre la mujer y el hombre, el salario igual, la eliminación de todo tipo de discriminación en el estudio, la vida política y social y en el campo del derecho civil (18)". La insistencia en las reivindicaciones de los derechos laborales en detrimento de los derechos civiles se debía a que los primeros, a diferencia de los segundos, no amagaban con extenderse al ámbito privado y modificar la concepción tradicional de la mujer bien consolidada aun en la izquierda: ¡no fuera que dijeran que los comunistas ponían desorden en las familias! Siempre se hablaba de la mujer "con adjetivos", de la mujer en tanto que "algo" (madre, ama de casa, trabajadora...), pero nunca de la mujer como "género", como sujeto diferente, con problemas y soluciones distintos a los de los hombres, como afirmaban un grupo de mujeres del PSUC en 1973: "Moltes vegades el Partit ha identificat les lluites de les dones en general amb les lluites de les dones en tant que mestresses de casa plantejant reivindicacions com la lluita contra la carestía de la vida, contra la manca d'escoles, etc., en el marc de les barriades populars (...) Es obvi, però, que les dones tenen qüestions especifiques a resoldre. El Partit ha d'ésser el primer en estudiar i fer seva la problemática de la dona" (19). Hablar abstractamente de iguales derechos para ambos sexos significaba, en el fondo, corroborar la masculinización de la sociedad española y no tener en cuenta algo esencial: que, por sus características físicas, sociales y hasta antropológicas, la mujer no puede lograr un total y paritario encaje en un mundo pensado y construido por hombres; que sólo la igualdad de condiciones en la construcción y conformación de una sociedad -que garantice el pleno desarrollo humano de la mujer según sus exigencias y aspiraciones- puede conseguirlo. Pero lo que hoy son verdades asumidas por la izquierda del siglo XXI, no lo eran a principios de los años setenta del siglo pasado. Todo se simplificaba y reconducía a la palabra mágica del "igualitarismo", que imbuía de sí las escasas reflexiones sobre la mujer del informe de López Raimundo para el III Congreso de 1973 (apenas una docena de líneas en un documento de 55 páginas): "A la pregunta de la camarada N. sobre si estamos o no por el desarrollo de un movimiento democrático de mujeres, respondemos sin vacilar de forma afirmativa. Colocando en primer lugar la lucha contra toda forma de discriminación de la mujer y el estímulo a su participación -en condiciones de igualdad- en toda clase de actividades, los comunistas no podemos ignorar que hay todavía gran cantidad de mujeres que por una u otra causa (tareas de la casa, prejuicios, etc.) se encuentran marginadas de la vida social y política. Para facilitar la incorporación a la lucha y a los movimientos de masas de este importante sector de la población, los comunistas debemos promover en barrios y pueblos, actividades, grupos y asociaciones específicos de mujeres que habrán de coordinarse en un Movimiento Democrático de Mujeres. En informe no hablamos aún de este movimiento (con mayúscula) porque no existen todavía en Cataluña grupos femeninos locales suficientemente sólidos para dar base a su coordinación a otros niveles. La casa debe empezarse por los cimientos" (20).
Cuenta Lidia Falcón en sus memorias políticas que, cuando en 1969 ella organizó en su despacho de abogada algunas charlas sobre la mujer dirigidas solamente a mujeres, las comunistas disertaron: "Varias de las compañeras se negaron a que el grupo estuviera compuesto únicamente de mujeres (...) La mayoría de las mujeres eran mujeres o hijas de comunistas, o afiliadas ellas mismas (...) Fundamentalmente (se negaron) porque, como siempre había defendido el partido, los comunistas no necesitaban ser feministas -expresión que se utilizaba más como insulto que como aprecio- ya que su ideario englobaba la defensa de los derechos tanto del hombre como de la mujer (...) Todavía recuerdo la última discusión que sostuve en ese sentido con una de las compañeras, y el tono de superioridad y de desprecio con me replicó que no podía aceptar que el grupo se compusiera sólo de mujeres porque ella sí era demócrata" (21).
En efecto, el discurso meramente igualitarista había calado hondo en las mujeres comunistas, cuya mayoría no podía concebir ningún tipo de acción que excluyera, por los motivos que fueran, a la otra mitad del partido: "Aixó de crear associacions de la... organització de la dona perquè ho portin les dones, a mi no m'ha tirat mai, i de fet m'he negat sempre a participar com a tal. Hi ha coses que es poden fer siguin homes o siguin dones, i l'individu, independentment del seu sexe, és lo que podria portar a la col·lectivitat, no en funció del seu sexe el que hagi de fer" (22). No m'agrada la qüestió femenina (...) Perquè jo sóc dona i jo haig de lluitar pels meus drets com a ésser humà. Com a persona. No perquè sóc dona! (...) A mi m'interessa més el món del treball en general com a persones que són i dintre de tot això treballar" (23). Este énfasis economicista en las mujeres como trabajadoras-militantes era compartido por la mayoría de las entrevistadas, lo que confirma -y valga la redundancia- el fuerte antifeminismo femenino presente en el partido hasta bien entrados los setenta como consecuencia de unas consignas ambiguas que el partido solía lanzar en sus documentos y prensa, como por ejemplo en este artículo de "Unidad" de 1970: "Los Estatutos del Partido prevén la posibilidad, allí donde se considere conveniente, de crear células de mujeres. Nuestra orientación incluye, asimismo, propiciar el desarrollo de agrupaciones o movimientos femeninos de masas, que luchan por reivindicaciones propias de la mujer, sociales... Pero el papel de la mujer dentro del Partido no puede limitarse exclusivamente a militar en este tipo de organizaciones, que actúe sólo en aspectos parciales de la lucha, puesto que ello sería infravalorar su capacidad real, tener una concepción restringida de la importante aportación que la mujer es capaz de dar a la lucha hoy y a la perspectiva del mañana" (24). Aunque se accediera a la creación de células estrictamente femeninas (siempre y cuando se considerara "conveniente"...), el mensaje era claro: "mujer: ¡déjate de tonterías y participa en la lucha verdadera!". Lucha a la que, como hemos visto, la mujer contribuía sólo allá donde el partido lo creía oportuno. En fin, se cerraba el círculo: se desacreditaba implícitamente la lucha feminista sin ofrecer a cambio la garantía de una participación política total y con plenos derechos. De ahí la confusión y los complejos.
En la resolución de una reunión nacional de las agrupaciones de mujeres del PCE/PSUC celebrada en 1971 en Madrid, se sacaban unas conclusiones muy críticas sobre la percepción que la militante había llegado a tener de sí misma en cuanto miembro del partido y del papel que podía desempeñar en él: "No siempre se comprende bien el papel de un movimiento femenino, ni los hombres ni las propias mujeres. No se ha terminado de ver claro que tal agrupación, no se hace en función de mujeres, sino en función de un sector doblemente discriminado (...) A ello influyen muchos factores, por una parte el haber ridiculizado lo que se dio en llamar movimientos feministas, juzgando más lo puramente externo que las motivaciones que impulsaron el fenómeno histórico-social que viene sirviendo de pesado lastre para las mujeres, "todas quieren curarse en salud de que no son feministas", sencillamente porque no saben en que consistió tal hecho, sólo han oído hablar de él como de un grave pecado original. Otras creen que se autodiscriminan, sienten la sensación de militar en algo de menor importancia, secundario, hacia lo que no tienen una defensa valiente y argumentada, porque no se ha comprendido el profundo porqué de su necesidad de ser. De ahí, que se produce el fenómeno que hemos dado en llamar de militancia vergonzante y se sienten desarmadas ante diversos argumentos contrarios. Unas necesitan afirmar mucho su no feminismo exhibiendo hechos de lucha que no sean sobre la mujer, sino en función de otros sectores" (25).
En 1971 la mayoría de las mujeres comunistas estaban atrapadas en una especie de complejo de inferioridad político por el cual la militancia en células femeninas era vista como una actividad secundaria respecto a la que se creía la "única" militancia realmente urgente y eficaz en la pugna contra el régimen (la lucha obrera o en los barrios): por eso, el grueso de las militantes optará por trabajar en las células mixtas antes que en las células femeninas. Era el complejo que empujaba a Reis Beltrán, miembro suplente del Comité Central del PSUC, a afirmar (según las notas de López Raimundo) en el III Congreso del PSUC de 1973: "1) Debilidad de incorporación de mujeres al Partido. 2) No es partidaria de organizaciones especiales de mujeres" (26). Hasta 1976 no se sentirá la necesidad real de modificar los espacios políticos para el gentil sesso como manera de incrementar la lucha popular en su conjunto.
Además, y para complicar las cosas, tanto en las entrevistas como en el informe de la Reunión Nacional de 1971 se mencionaban las dificultades comunicativas entre las mujeres intelectuales, más cultas y con una clara conciencia feminista, y las militantes obreras, quienes no entendían el lenguaje empleado para transmitir los nuevos mensajes del feminismo de la "segunda ola" (27): "dintre (del partido y de Mujeres Democráticas) hi havia pues moltes dones de pres, d'aquelles époques, hi havia moltes intel·letuals, era una amalgama de gent... van acabar tinguent més poder les intel·lectuals (...) Aleshores es parlava a un nivell que la gent del carrer no acabava d'entendre; potser hi havia massa intel·lectual dintre de Dones Democràtiques, gent amb carrera, gent que ja estava potser dintre dels moviments culturals, podia ser del cine, del teatre, d'escriptores, d'abogats (...) A llavòrens clar, hi havia moments que potser el ser una amalgama tan diversa de gent lo que amb unes els hi podia interesar com podia ser bellugar el col·legi d'advocats o les altres, potser dintre del moviment sindical no hi havia massa punts de connexió (...) O sigui, anaves una mica a les reunions i tothom estava desplaçat (...) Vull dir, tot molt contradictori. A llavors se't feia difícil analitzar i eren unes reunions una mica amb poc caliu, molt teòriques" (28).
Por todo lo dicho, es evidente que las dificultades y divergencias para articular un movimiento de mujeres coherente y compacto eran tanto de carácter vertical (dirección-base femenina) como horizontal (feministas y no feministas). Y en nada contribuía a mejorar la situación la vieja y consolidada creencia leninista de que el socialismo, una vez instaurado, habría solucionado definitivamente el problema de la emancipación de la mujer, incluso en su vertiente más "humana", de género. Una vez más, se volvía a la palingenésica promesa historicista "de la conquista del poder" como panacea de todos los males de la sociedad. Una fe que achicaba y encorsetaba el movimiento real de todas aquellas mujeres que al "fin" anteponían el "mientras tanto", el presente cargado de futuro en cuanto voluntad activa y factual: "Encara que la única solució per l'emancipació de la dona sigui el socialisme és evident que es tracta d'esperar la seva implantació sinó que molt al contrari cal la lluita inmediata i concreta per la igualtat dels drets i per les reformes socials que contribueixin al millorament de la condició de la dona. La postura contrària a la necessitat d'un moviment de dones es basa fonamentalment en el argument de que el Partit, que reivindica l'igualtat entre l'home i la dona i que el seu objectiu es arrivar al socialisme, ha de impulsar sempre lluites conjuntes: un moviment específic de dones implicaria una discriminació. Aquesta postura es óbvia per l'organització del Partit però pot no ser correcta de cara a la lluita de masses" (29). La mayoría de las mujeres comunistas hará suyo, al menos hasta 1976, el modelo de militancia masculino y las formas de trabajo productivistas, aun a costa de llegar al agotamiento psicofísico: "Entonces, bueno, se consideraba que importante formar un núcleo de mujeres para la sensibilización, pero yo ahí nunca estuve de acuerdo y lo dije, eh (...) Me parecía excesivo para las mujeres encima tener que movilizar a las mujeres, cuando yo entendía que (...) era agregar más trabajo a la mujer. Es decir, a santo de qué tenía que tener además de las reuniones de Partido, además de las Comisiones, además de los hijos y además de la casa, además las mujeres. ¡No hombre, no!" (30). "Tuvimos muchas dificultades, ¿por qué? Por el hecho de irte dando cuenta de que aunque había mujeres que querían seguir adelante, otras decían: me paro. Yo ya me paro porque es una lucha infernal. Ya no puedo conmigo misma, mantener esta batalla casa-niños-lucha-trabajo. ¿Sabes?, al final te replanteas tú como persona, dónde estás y que haces" (31).
Sin embargo, pese a todos estos problemas y dificultades, pese al indudable hecho de que la movilización de la mujeres venía siendo llevada a cabo por hombres y desde un enfoque masculino, al fin, a pesar a de los pesares... la mujer iba ganando terreno dentro del partido, en el marco de una subterránea pero constante "guerra de posiciones" intestina para reafirmarse como militante plena, autónoma, "total". Primero, el hecho de estar, de militar, ya de por sí era una toma de posición revolucionaria porque implicaba una rebelión frente a un entorno social muchas veces contrario: era el primer paso hacia la afirmación de una autonomía intelectual de la que era imposible volver atrás, modificando la percepción que la mujer tenía de sí misma de sujeto heterodirigido en protagonista de la historia y agente del cambio político. Se trataba de una verdadera transformación personal que implicaba cambios en la definición y hasta en los roles familiares: en las entrevistas se destacan las discusiones que podían sucederse entre la hija militante y la madre reticente, o entre la madre comunista y la suegra conformista y recelosa. Antes que dentro del partido, la mujer se reivindicaba en la familia. Si la salida liberadora del "privado" al que le había confinado el franquismo había permitido a la militante realizar un salto cualitativo en términos personales, lo mismo se puede decir cuando ésta volvía a casa e, inevitablemente, pedía una costumbre nueva en la interrelación de pareja: "Viure entre tantes dones (del partido) t'ajuda a aprendre moltísim i això em va fer evolucionar molt... té en compte que en el Partit Comunista se era molt masclista, eh, en aquella època. Vull dir... el masclisme al sí del Partit era 'de aupa', eh? (...) Pero bueno, jo vaig aprendre molt, vaig cambiar moltíssim (...) i aleshores em dic: '(Los hijos) seran educats igual, fem tot igual i amb els drets i obligacions i tal, no?'. Pero... ha costat en aquest sentit ". Son estos los años en los que muchos comunistas empiezan a fregar los platos o a buscar a los niños al colegio...
Ni que decir tiene que el compromiso político femenino transformaba, molecularmente y no sin dificultad, conceptos aparentemente intocables como la misma sexualidad, a través del trabajo que las comunistas llevaban respecto al uso de los anticonceptivos y al control del propio cuerpo: "Jo vaig portar una lluita molt forta en aquell moment per la qüestió dels anticonceptius, que va ser una de les lluites que ens van portar les dones en aquells moments. Jo recordo que vaig ser de les primeres que dintre del nostre grup, pues es feien (charlas) sobre els preservatius i coses d'aquestes. I jo recordo que, no sé, per la meva cabezonería jo vaig dir que si jo feia les coses les feia ben fetes i que jo anticonceptivo a la vista. I jo recordo que a través del Ángel Rozas, o sigui via orgánica i via partit, el Rozas a través de la Lolita, va aconseguir-los" (33).
Segundo. Las mujeres se consolidaban dentro del partido. Es interesante observar la paulatina afirmación política de las militantes en las células, mediante un trabajo que se fundamentaba más en la paciencia y en la "costumbre" del trabajo (según la acepción thompsoniana del término) que en la reivindicación directa: "La dona cada dia ha de demostrar coses. Jo penso que és un gran error, i un gran error de l'esquerra, i en aquell moment era molt més greu que ara. Pero s'havia de fer, i a mi m'agradava fer-ho, el que passa que no era fácil, no era fácil quadrar a un tío, per més comunista que fos" (34). A partir de los primeros años de la década de los setenta serán muchos más los "cuadros medios" femeninos presentes en los comités territoriales y su presencia se hará más fuerte y exigente: por ejemplo, en muchas células las mujeres serán elegidas como responsables de organización o de propaganda (35). Aunque fuera a golpes de sudor y de más sufrimiento que los hombres, las mujeres irán demostrando su disposición a la lucha, cosa que -obviamente- les empujará a pedir cada vez más respeto y consideración a sus compañeros, como refleja el tono y las reivindicaciones de un informe de las mujeres del Sector Norte de Barcelona: "Conforme con la idea de que el PSUC debe ser un gran partido de masas en el que se sienten representados todos los sectores de la sociedad, hemos de reconocer que en estos momentos existe una gran diferencia numérica entre cuadros femeninos y masculinos a favor de estos últimos (...) Otra cosa importante para facilitar la participación de las mujeres en la vida política del Partido sería la existencia de guarderías provisionales cuando éstas asisten a plenos o reuniones. Cuando lleguemos al socialismo se habrán puesto las bases materiales para la liberación de la mujer pero seguirá pendiente el cambio de mentalidad" (36).
La adhesión de muchas de ellas a los contenidos de las Primeras Jornadas de Liberación de la Mujer de Barcelona -que presupondrán un notable salto cualitativo en la evolución del debate feminista- no sólo se debe a la acción de las feministas del PSUC sino a una praxis política y humana reforzada en los últimos años de la clandestinidad y a la voluntad de consolidar y ampliar los resultados obtenidos. En resumen, muchas mujeres verán natural reafirmar e "institucionalizar" sus espacios y sus maneras de hacer política después de tantos sacrificios. Ya no se podía volver atrás y debilitar su voz, aquella voz débil pero constante, y que por su constancia aumentaba de tono conforme pasaban los años.... la voz del espacio conquistado.
Notas
(17) Arxiu Nacional de Catalunya (en adelante ANC), Fondo PSUC, nº 48, Josep Serradell, "La campanya per un partit més fort i arrelat a les masses i el treball d'organització", septiembre de 1970.
(18) Archivo Histórico del Partido Comunista de España (en adelante AHPCE), Documentos del PCE, carpeta 54, "Manifiesto-Programa del PCE de España", 1973.
(19) AHPCE, Fondo PSUC, Jacq. 2463, "Documento sobre la necesidad de una política específica para la mujer", mayo de 1973.
(20) ANC, Fondo PSUC, nº 18, "III Congreso del PSU de Cataluña. Informe del Comité Central, presentado por Gregorio López Raimundo", de 1973.
(21) Lidia Falcón, Memorias políticas (1959-1999), Madrid, 1999, pp. 135-136.
(22) AHCONC, entrevista a Teresa Buigas.
(23) AHCONC, entrevista a Roser Martínez.
(24) "La mujer dentro del partido", Unidad, año XIX, nº 6, 18/3/70.
(25) AHPCE, Organizaciones de mujeres, caja 117, carpeta 2/2, "Reunión Nacional de Mujeres", 6/7/71.
(26) ANC, Fondo PSUC, nº 22, "Relació de les persones que han intervingut en els plenaris del III Congrés del PSUC", notas de Gregorio López Raimundo, febrero de 1973.
(27) Se suele llamar "segunda ola" a los movimientos de liberación de la mujer generados por el 1968 internacional; la "primera ola" fueron las campañas de reivindicación femenina desarrolladas en Europa en los primeros treinta años del siglo XX. Véase, Geoff Eley, Un mundo que ganar. Historia de la izquierda en Europa. 1850-2000, Barcelona, 2003, pp. 363-380.
(28) AHCONC, entrevista a Montserrat Milià.
(29) AHCONC, cajas CDT, "Anàlisi del paper de la dona. Comissió de la dona", 1973.
(30) AHCONC, entrevista a Julia Froilán.
(31) Entrevista a Dulcenombre Caballero, en Fernanda Romeu Alfaro, El silencio roto. Mujeres contra el franquismo, Barcelona, 2002, pág. 185.
(32) AHCONC, entrevista a Adoni González.
(33) AHCONC, entrevista a Montserrat Milià.
(34) AHCONC, entrevista a Teresa Buigas.
(35) También López Raimundo daba cuenta de esta renovada presencia en su entrevista a Xavier Vinader, recogida en el libro López Raimundo, la soledad del corredor de fondo, Barcelona, 1976, pp. 67-68. (36) ANC, Fondo PSUC, nº 870, "Resolución aprobada por el pleno sectorial de mujeres", (sin fecha).

Escribe un comentario