CURIOSA democracia ésta en la que la verdad parece patrimonio de sus elementos menos recomendables. Hay que acudir a las fronteras del sistema para tratar de entender las claves del panorama político, porque el teórico régimen de opinión pública se ha convertido en una ciénaga de ocultaciones, medias verdades, mentiras completas o simplemente humo retórico. Nadie se cree nada, y en esa atmósfera de niebla son los fantasmas quienes proyectan sus sombras más provechosas.
Los especialistas en el conflicto vasco han acuñado hace tiempo, para orientarse en el complejo mapa del terrorismo y sus avatares, la referencia paradójica de que «ETA nunca miente», lo que equivale a admitir que Landrú era un excelente padre de familia o que la destreza forense de Jack el Destripador le auguraba un porvenir como cirujano. Se dice que ETA nunca miente para poner de manifiesto que el Gobierno miente a menudo. Y se buscan en los comunicados de la banda las claves que todo el mundo da por ocultas en las proclamas institucionales. Muchísimos ciudadanos están convencidos de que el Gobierno lleva tiempo hablando con los terroristas, y les concede a éstos mayor credibilidad que a los legítimos representantes políticos. Ahora va Carod-Rovira y dice, aquí en ABC, que la estrategia de Zapatero legitima moralmente su reunión de Perpiñán. Verde y con asas. Pero si hiciéramos la clásica pregunta de los americanos: «¿A quién le compraría usted un coche usado, al presidente, a Carod o a Ternera?», mucha gente respondería que prefiere ir andando.
Lo mismo ocurre con las incógnitas del 11-M. La falta de claridad, el humo negro, la tinta de calamar desprendida por las instituciones favorece toda suerte de teorías de la conspiración, incluidas las más aterradoras. En la oscuridad pescan los sembradores de dudas porque si no hay realidades fiables la gente tiende a refugiarse en lo esotérico. Y porque lo esotérico ha resultado demasiadas veces la guía más razonable de ciertos episodios de nuestra reciente historia. Hace dos años que Rubalcaba dijo aquello tan célebre de que «los españoles merecemos un Gobierno que no mienta». Sigue siendo válido, a todos los efectos, pero conviene añadir que la ocultación, o la pasividad ante la ausencia de claridades, es una forma de mentira. Y no de las piadosas, que siempre son -como en la escena cumbre de «Johnny Guitar», miénteme, dime que siempre me has querido- de algún modo necesarias.
En una serie televisiva de gran éxito en los noventa, «Murder One», el abogado protagonista le decía a su cliente una frase esencial: «La verdad es un concepto demasiado ambicioso, pero dime al menos todo lo que necesito saber». Sin embargo, las autoridades españolas prefieren que ni siquiera sepamos lo imprescindible. No se trata tanto de un problema de transparencia como de credibilidad. De confianza. Nadie cree a nadie. Si Zapatero crease, como en la negra utopía de Orwell, un Ministerio de la Verdad, tendría menos crédito que el de la Vivienda. Y serviría más o menos para lo mismo.

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