El consejo de ministros español aprobó días antes de la celebración del Día Internacional de la Mujer el pasado 8 de marzo el anteproyecto de ley orgánica de igualdad, con el fin de acabar con la discriminación de la mujer y conseguir la igualdad real de sexos.
El anteproyecto establece una cuota mínima del 40% de cada sexo en las listas electorales y órganos de la Administración, e incentivará asimismo la hasta ahora testimonial presencia femenina en los consejos de administración de las empresas privadas. El ministro de Trabajo Jesús Caldera ha declarado que si por las buenas las empresas no mejoran en este sentido, la ley se endurecerá por la vía imperativa.
Los objetivos de la ley son loables, pero es ilusorio para cualquier gobierno pensar que puede deshacer milenios de discriminación de la mujer en la esfera pública a golpe de leyes y multas, y más discriminación –esta vez contra los hombres.
En la antigua Grecia, las mujeres pasaban su tiempo recluidas en el gineceo, la parte más remota y privada de la casa donde sólo tenían acceso los hombres del círculo familiar. Por contra, la zona masculina por excelencia, el andrós, constituía el espacio de representación, hospitalidad y grandeza. Huelga recordar que la mujer no era ciudadana y por tanto carecía de derechos políticos.
La purdah, palabra en hindi y urdu que viene del persa y significa pantalla o velo, es una tradición del subcontinente indio y Oriente Medio que exige apartar a la mujer de la vista pública no sólo con sus vestidos, sino también con cortinas y paredes. Fue adoptada opor el Islam, aunque su origen es muy anterior, en la antigua Babilonia.
La mujer sólo consiguió plenos derechos políticos en el S. XX, y aún hay países donde no puede votar, como Arabia Saudí y Kuwait.
Las cuotas han demostrado ser el método más eficaz para romper las barreras a la participación femenina en política y conseguir la “masa crítica” de un tercio o más de mujeres en los órganos representativos que Naciones Unidas recomienda para incidir en las estructuras de poder y cambiar las percepciones de rol tradicionales. Las cuotas se están extendiendo cada vez más, sobretodo en África y América Latina.
Gracias a las cuotas, niñas, niños y adultos de ambos sexos aprenden a ver con naturalidad a mujeres en posiciones de liderazgo, y a respetarlas. Una masa crítica de féminas establece sus propias redes de contactos y apoyo mutuo, instrumentos determinantes de progreso profesional que solían ser exclusivamente masculinos. Lo mejor, con todo, es la mejora en el gobierno, ya que las mujeres tienden a priorizar temas comunitarios como la salud y la educación, y su estilo de gestión tiende a ser más consensual. Además, un poder equilibrado entre hombres y mujeres representa mejor a la sociedad a la que sirve.
Pero como toda distorsión que limita la libertad de elegir, las cuotas tienen un coste.
Para empezar, hecha la ley hecha la trampa. India exige que un 30% de los representantes en los concilios locales sean mujeres. Muchos maridos usurpan el escaño de sus esposas, quienes sólo son llamadas para firmar. En nuestras latitudes se usa más sutileza, pero también hay candidatas teledirigidas por el aparato de los partidos para cubrir el expediente. Éstas perjudican la legitimidad de todas sus colegas.
Más grave es la injusticia que una cuota del 40% en una lista electoral impone en un partido político donde las afiliadas son alrededor del 20%. Ellas tendrán un 266% más de posibilidades de acceder que ellos.
Las cuotas aumentan el reclutamiento sobretodo de mujeres de clase alta, que pueden delegar obligaciones familiares para seguir los tremendos horarios de la política. ¿Es deseable incentivar la substitución de hombres de clase media por mujeres de clase alta?
José Luis Rodríguez Zapatero y su homónimo sueco Göran Persson propondrán un Pacto por la Igualdad en la próxima cumbre de la Unión Europea en Bruselas los 23 y 24 de marzo.
Toda iniciativa pública es bienvenida, aunque el verdadero cambio llegará cuando en nuestras familias los hombres compartan las tareas domésticas en igualdad, y cuando nuestras hijas dejen de temer que los prejuicios frenarán su ambición. Debemos aspirar a eliminar las cuotas por superfluas.
Erika Casajoana. Consultora política.

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