NOS HEMOS hecho tremendamente desconfiados y malintencionados. Detrás de cualquier operación tutelada por nuestra clase política, sólo vemos amiguismo, nepotismo y favoritismo. Y no dejamos espacio para la casualidad ni para el azar. Por ejemplo, cuando un ayuntamiento como el de Madrid adjudica un concurso a un colega, amigo, compañero y camarada de un concejal, inmediatamente nos entra la desconfianza. Es lo que nos acaba de ocurrir con la concesión de parquímetros a la empresa del ex diputado gallego Juan Casares, que se da la circunstancia de que es amigo personal del concejal responsable del concurso, Pedro Calvo Poch.

Pero no hay nada extraño en la operación. Pura justicia. Como cuando la anterior Xunta adjudicó licencias eólicas o hidroeléctricas al cuñado del director xeral de Industria. Nada de favoritismo. Casualidad pura y dura. Pasaba por allí y le cayeron las licencias. Y es que este mundo nuestro está repleto de casualidades.

Que un alcalde coloca a media familia en el concello, casualidad. Y suerte que tienen los colocados. Que una diputación se gasta todo el presupuesto en los ayuntamientos con alcaldes afines, casualidad. Que en esa misma diputación están colocados hermanos, hermanos políticos, sobrinos, primos y demás familia del presidente, del amigo del presidente, de la amiga del presidente y del vecino del presidente, casualidad. Que otra diputación adjudica obras a la empresa del chófer del presidente, casualidad también. Se presentó y le tocó. Tuvo suerte.

Así que, pensemos menos en que detrás de todo esto lo único que hay es favoritismo y hablemos de la casualidad. Aunque el dramaturgo alemán del siglo XVIII Gotthold Ephrain Lessing decía que «la palabra casualidad es una blasfemia, porque nada bajo el sol sucede por casualidad». Pero es que el bueno de Gotthold no conocía Galicia.