Sin la industria del petróleo, con certeza, habría en el mundo otras formas de terrorismo, pero Al Qaeda no existiría. Bin Laden y su grupo no son más que el resultado de la difusión de las enseñanzas de islamismo radical por medio de la extensa red mundial de mezquitas y escuelas coránicas saudíes financiadas, desde hace décadas, por el Gobierno de Arabia Saudí. Los saudíes han creado un monstruo que puede acabar devorando tanto su tradicional y arcaica manera de vivir como un mercado del petróleo en el que tendrían que comportarse como los líderes naturales.
En efecto, lo que hace de Arabía Saudí e Iraq dos países especiales es que poseen las mayores reservas existentes y que, además, sus costes mineros son los más bajos del mundo. No debe, por tanto, resultar extraño que tanta riqueza inexplotada despierte la codicia de tantos. Estos países, con una población de costumbres nómadas, se encontraron con unos ingresos insospechados y pronto advirtieron los cuantiosos beneficios generados por las compañías petrolíferas.
En 1960 se creó la OPEP y, poco a poco, los países miembros llegaron al convencimiento de poder gestionar directamente sus recursos mineros, que nacionalizaron en 1971. A partir de ahí, y con la ayuda de la interminable guerra entre palestinos y judíos, el mercado del petróleo se ha ido deteriorando mediante una dinámica de enfrentamiento creciente entre productores y países consumidores.
Ahora que el precio del crudo ha sobrepasado los 60 dólares/ barril, y como no podía ser de otra manera, volvemos a oír los mismos mensajes apocalípticos que se decían a finales de los años setenta: "El petróleo es escaso, se acaba, y los consumidores, que no quieren cambiar de vida, tendrán que pagar un petróleo cada vez más caro". Una situación de crisis económica o política se convierte en caótica cuando o no se entiende o se malinterpreta. La OPEP lleva años aplicando una política oligopolística de cuotas que le permite actuar sobre la oferta y el precio del petróleo. Desgraciadamente para los países de la OPEP, su consumo interior es pequeño, por lo que solamente pueden influir en un lado de la ecuación, la oferta.
Sin embargo, cuando se analiza esta industria, hay un punto que destaca sobre cualquier otro: el coste de explorar y producir petróleo. Al respecto, y como decíamos antes, en el golfo Pérsico los costes asociados son mucho más bajos y la cantidad de mineral mucho más abundante que en cualquier otra parte del planeta. Consecuentemente, la renta del petróleo se genera fundamentalmente allí. Desde que se extrajo el primer barril de petróleo en el golfo Pérsico, los conflictos políticos y económicos, ya sea directa o indirectamente, se han debido a la apropiación de las rentas obtenidas en dicha zona del mundo.
En 1970 Estados Unidos era, con más de 9 millones de barriles diarios de crudo, el mayor productor mundial de crudo, dominaba todos los apartados del portafolio petrolero y estaba muy lejos de sentirse vulnerable. Por eso, cuando llegaron las crisis de precios se limitaron a financiar los stocks estratégicos, pero sin adherirse a ninguna política dirigida a reducir su demanda interior. Y, así, se ha llegado a la situación en la que 290 millones de norteamericanos, menos de un 5% de la población mundial, consumen más de la cuarta parte de la demanda mundial de petróleo.
Estados Unidos es el país más intensivamente energético del mundo. Pero, si nos atenemos al petróleo, su grado de ineficiencia se dispara en comparación con el de cualquier otro país. Simultáneamente, su industria ha experimentado un irreversible proceso de decadencia en su producción interior, de modo que, hoy, sus necesidades de importación de petróleo representan un 60% de su consumo.
No obstante, su industria petrolera tiene por ahora el firme apoyo de gran parte de su sector financiero. Como ejemplo de ello, y con fecha del 10 de febrero del 2003, Morgan Stanley, una de las mejores referencias para conocer el pensamiento del sector, hizo público un trabajo titulado Análisis de las posibles consecuencias de un conflicto con Iraq. El interés del trabajo, más que su agudeza y precisión intelectual, se basa en reflejar la más que probable opinión de la mayor parte del sector financiero norteamericano. Acepta como cierta la existencia de las armas de destrucción masiva y considera legítimo que, tras el fin de la guerra, el control del petróleo iraquí se comparta con un gobierno elegido democráticamente.
Desde siempre, desde que los humanos se hicieron cargo del dominio del planeta, no ha habido conflicto que no llevara aparejada alguna forma de beneficio. Es sorprendente, por tanto, observar como los intereses económicos han logrado esconder, con la ayuda de los medios de comunicación, que la razón fundamental de la guerra de Iraq era su tremenda riqueza mineral. Naturalmente, el informe de Morgan Stanley siempre se ha mantenido dentro de un ámbito informativo muy restringido.
En cualquier caso, los buenos augurios económicos que se presumían para la guerra de Iraq no se han cumplido, y lo que es peor, las expectativas de inversión en el conjunto de los países que circundan el golfo Pérsico son las más desalentadoras desde que existe la industria.
Con este panorama, ¿cuál es el futuro de este mercado? La respuesta inmediata hay que buscarla de nuevo en Estados Unidos, el país clave. En algún momento, los norteamericanos se tendrán que plantear la reducción de su demanda interior. Lo que no es difícil porque no hay que esperar la ayuda de nuevas tecnologías; basta con aplicar los recursos existentes y actuar sobre un solo producto, la gasolina, que supone la mitad de su consumo de petróleo. Una política de este tipo hundiría el precio del crudo de manera semejante a lo ocurrido en los años ochenta. Y si la OPEP quisiera aumentar los precios, tendría que reducir su producción, lo que disminuiría aún más el tamaño del mercado y mantendría intacta la rentabilidad de sustituir el petróleo por nuevos procesos tecnológicos.
Si una futura Administración norteamericana actuara de esta manera, iría en contra de las compañías petroleras, las grandes perdedoras. Sin embargo, el resultado neto de dicha operación será muy beneficioso para la economía norteamericana en general y, por ende, para la economía mundial.
E. FIGUEROA SÁNCHEZ, ingeniero industrial; profesor del Instituto Superior de la Energía (ISE)

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