LA MUERTE no es más lamentable por los autores que por las víctimas. La muerte de los asesinos cautivos no lleva a la alegría. Incluso un criminal como Milosevic merece un gesto por la vida y no por la venganza.

No nos llevamos bien con la muerte. Cuando llega la muerte, protestamos, porque la muerte llega siempre en mal momento y a los sobrevivientes nos nace una necesidad de encontrar culpables como si el culpable nos fuera a devolver vivo a nuestro muerto querido. La muerte es irreversible. La justicia es lenta. El dolor es humano. Y nadie escapa al fin. En consecuencia: no somos ni eternos ni invulnerables. Mañana mismo, querido lector, puede usted dejarme de leer porque uno de los dos habrá muerto.

Les propongo tres casos que en este fin de semana nos han ofrecido la oportunidad de hablar de la muerte. En primer lugar tenemos a Alba, una niña maltratada que hubiera podido morir por una paliza de aquellos que tenían la responsabilidad de su salud. Las administraciones no actuaron con la diligencia debida, es cierto. Pero en el afán de buscar explicaciones a una barbaridad como la de una niña sistemáticamente golpeada, lo fácil es creer que el Estado es más culpable por su incompetencia que el maltratador por su desprecio a la vida. El desprecio a la vida no lo fomenta el Estado. Y mal iríamos si tuviéramos que confiar en el Estado para reeducarnos. Yo, y usted, y el de más allá tal vez llevamos un asesino dentro de nosotros. Seamos humildes y no culpemos de esa tragedia a los que habían de vigilarnos cuando ni siquiera nosotros podemos jurar que nunca levantaremos la mano contra nadie. Sólo somos humanos. Es decir, casi bestias. Y a veces mucho peores.

En Madrid y en toda España se conmemora la matanza de los trenes. Es un sentimiento colectivo que unifica a los que han perdido a un ser querido y a los que piensan que cualquiera de nosotros o de los nuestros podían haber muerto en aquellos trenes. ¿Hay algo que hermane más a los vivos que la muerte de tantos? Y, sin embargo, hay políticos que están dispuestos a convertir a los muertos en carnaza para sus actividades carroñeras. Cuando oigo a alguien que insulta a Pilar Manjón, una mujer a la que conocemos exclusivamente por la pérdida de su hijo, me pregunto por la extraña abyección en la que están cayendo ciertos dirigentes. ¿Cómo es posible que, siendo todos muertos del terror criminal, cristiano o musulmán, haya quien escupa sobre sus tumbas por el mero hecho de que sus asesinos no eran los que les convenía en el guión? Cuando la muerte en vez de hermanarnos en el dolor nos separa es como morir dos veces. El odio de los asesinos ha hecho carambola y ya nos odiamos los unos a los otros.

Y luego muere Slobodan Milosevic, la bestia humana. Han habido mucho muertos en la cárcel esta semana. Dos etarras y un criminal de guerra. La manipulación de esos cadáveres sirve para la algarada y para la desconfianza en la justicia. Milosevic ha muerto sin haber sido condenado. Habrá quién piense que nos hemos librado de un hijoputa. Pero la muerte es algo muy serio para celebrarlo. Hoy, mientras se le hace la autopsia al tirano serbio, pienso que todo el mundo tiene derecho a vivir, aunque sólo sea para llevar la contraria a tantos cuervos que van por ahí graznando la muerte ajena para los intereses propios.