La familia del legendario Seisdedos ha reclamado la propiedad del terreno donde un día estuvo la choza del protagonista principal de la tragedia de Casas Viejas. El terreno pertenece a un llamado Hotel Utopía que se vende como hotel temático de los años 30 (no sé muy bien qué se quiere decir con eso, tal vez a los clientes que se hospedan allí se les hace pasar el hambre que pasaban los campesinos de la zona en la época, el hambre que les llevó a la sublevación contra los cuatro terratenientes y las fuerzas del orden). La noticia puede servir de percha para leer una de las obras maestras del periodismo español, Viaje a la aldea del crimen, de Ramón J. Sender, publicada en 1934 por Pueyo Editor (hay reedición en Vosa).
Ramón J. Sender, que subtitula su reportaje Documental de Casas Viejas, era por entonces un periodista aguerrido y especializado en temas latinoamericanos (su primer libro fue un desordenado reportaje sobre el problema religioso en el México revolucionario).Comienza su documental en el avión correo que le lleva, tres días después de acontecida la tragedia, de Madrid a Sevilla.Tiene en las alturas un ensueño que le resulta muy útil para su reportaje: la velocidad del aparato, hay que imaginar que no muy vertiginosa, le lleva a considerar que la ganancia de tiempo logra hacer ceder el paso inapelable de éste, y que, como en las divulgaciones científicas que explicaban a los parvularios las teorías de Einstein, consigue adentrarse en el pasado para lograr llegar a la zona de la tragedia antes de que ésta se produzca, de tal manera que al periodista que se desplaza allí en calidad de notario lo convierta en testigo. Es una de las pocas inclinaciones a la ficción de su reportaje (las otras son menos perdonables: una fantasía de cómo se formó la calle de Sierpes y un diálogo con una estatua de mármol). La excusa con la que atrasa su reloj da buenos resultados, porque el periodista, que yergue toda su narración con los testimonios de los testigos principales -en los que interviene apenas con adjetivos que declaran de parte de quién se pone- va contando lo sucedido con una radiante verosimilitud.Ha de recordarse que su testimonio -y el de otro gran periodista de la época, Eduardo de Guzmán- sirvió para que el Gobierno de Azaña («ocurrió lo que tenía que ocurrir») tuviera que aceptar que se había producido una matanza y que la orden de que había que dar un escarmiento a los campesinos sublevados había partido de Madrid para probar la firmeza del Gobierno socialista. Sender acompaña a los campesinos horas antes de que se declaren propietarios de la tierra. Ilumina sus esperanzas de que las cosas van a cambiar y se va a terminar el hambre y la miseria. Los retrata con trazos ligeros. Sigue de cerca su plan de defensa ante la esperada reacción de la Guardia Civil. No contaban con que iban a darle tanta importancia, con que llegarían fuerzas de asalto desde el Cuartel de Jerez.La narración del incendio de la choza de Seisdedos es sobrecogedora.También la de la posterior razzia: un guardia pregunta ¿qué es una razzia?, y alguien le contesta que «vamos a dispararle hasta a María Santísima».
Después de acontecida la tragedia, que se saldó con 33 víctimas y muchas detenciones, con huidas de mujeres y niños por caminos de la Sierra de Ronda, Sender se queda aún unos días más en la zona. Ya está en el presente puro, ya no tiene que reconstruir lo sucedido con los testimonios del sumario y las declaraciones de los supervivientes. Los caciques ponen a algunos campesinos contra los periodistas: les dicen que han sido ellos los que han fomentado aquella rebelión suicida con los cantos de sirena de una revolución.
Y se convoca en la plaza del pueblo una multitud que exige las cabezas de los periodistas, a los que los guardias piden que abandonen el pueblo. Los periodistas tienen que huir de la zona: aquellos a los que defienden contando lo ocurrido -y obligando a admitirlo a un Gobierno que, como es propio de estos casos y venimos viendo incluso en nuestros días, se niega a que se constituya una comisión parlamentaria que investigue la matanza- los culpan de lo acontecido, curioso caso en el que el mensajero vuelve a ser colocado en el papel de chivo expiatorio.
De vuelta en el avión correo que lo lleva a Madrid, Sender ya no necesita jugar al tocomocho de la máquina del tiempo. En la capital, el Parlamento apoya al Gobierno y lo justifica: bien está lo que bien acaba, y había un problema y ya no lo hay. Las frases finales del documental estremecedor de Ramón J. Sender servirían para hoy mismo: «Lo demás, la pugna parlamentaria de los partidos, no es sino lo que decíamos antes: una disputa entre verdugos ante los cadáveres calientes aún de sus víctimas».

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