Asturias milagrera, Asturias peregrina. Asturias transparente en un sentido mucho menos ambicioso del que escribiera Carlos Fuentes acerca de su propia tierra. Políticos del hormigón. Intrigantes de pacotilla. Barrigas amnésicas. Espectáculos grotescos. Areces, camino de Brasil, se olvida del contenido que va a tener el proyecto del casi centenario arquitecto. Gabino parece salir fortalecido de una polémica que nunca tendría que haberse suscitado. El alcalde de Avilés pretende descalificar al regidor ovetense con unos argumentos que se vuelven en contra de su propio partido. Si los nacionalismos radicales son perniciosos -por ejemplo, el catalán- ¿por qué demonios Zapatero y Maragall se sustentan respectivamente sobre ellos?

¿Qué juego es éste? ¿Qué le pasa a Asturias? ¿Qué milagro aguardamos? Aquí no se espera a Godot, sino que además se va en su búsqueda. Un antes y un después en la villa del Adelantado, gracias a la gestión benefactora del señor Areces. Un Oviedo conjurado que no renuncia a ser sede de un museo cuyo contenido se desconoce.

Aquí no se espera por míster Marshall. Más allá de eso, se pretende entrar en carroza con él, bien sea por la calle Uría, bien sea por la ría avilesina, serpentinas multicolores incluidas. ¿No es todo esto una «antroxada»?

No hay proyecto para Asturias por parte de ninguno de los partidos que nos gobiernan. Entonces, hay que sacarse de la manga una carnavalada milagrera, que además sirva de manzana de la discordia entre los distintos localismos.

Un museo que, como ya escribí, no parece tener mucho sentido, más allá de lo que puede suponer como un elemento más que pudiera reforzar la imagen de la Monarquía. Entonces, sin saber hasta qué extremo los unos y los otros son conscientes de ello, se apodera de ellos un furor monárquico imponente. A ver cuál es la ciudad que tiene el honor de servir de emplazamiento a tal proyecto, sin distinción de políticos, ni de políticas, siendo esto último lo más inquietante de todo.

Aquí todo se arregla con hormigón, con palacios, con construcciones faraónicas. «¡Más cemento!», hubieran dicho los hermanos Marx, caso de tener conocimiento de lo que aquí llegaría a suceder, a sucedernos.

Areces, benefactor de Avilés, el edil de esta villa, como su ayuda de cámara. Gabino, heroico defensor de Oviedo. La Fundación al servicio de la Monarquía en medio de todo ello. Los republicanos, si los hubiere, ciegos, mudos y sordos, eso en el mejor de los casos.

¿De verdad alguien se cree que esto que se dilucida marcará un antes y un después en el devenir de Asturias, más allá de fijar el grado de estúpido y falso grandonismo al que hemos llegado? ¿En qué se han convertido los políticos? ¿Son algo más que gestores del hormigón? ¿Alguien se da cuenta del anacronismo que supone que los politicastros de una autonomía como ésta quieran hacer de grotescos faraones de sus pueblos y ciudades en pleno siglo XXI?

¿Dónde está la ciudadanía? ¿Existe? ¿Tiene voz? ¿Asume algún protagonismo más allá de depositar la papeleta en la urna cada 4 años?

¿Alguien se pregunta dónde estamos? La Asturias que trajo al mundo al ilustrado español por excelencia. La Asturias donde se escribió una de las mejores novelas de la literatura española. La Asturias en la que nació el político más importante de la generación del 98. La Asturias universitaria que brilló a gran altura a finales del XIX y principios del XX. La Asturias que fue vanguardia del movimiento obrero.

La memoria de todas esas Asturias yace sepultada desde hace décadas. Y la que ahora alborea es la del hormigón como milagro, la más pueblerina que jamás hubo en la vida pública.

Hágase un museo del cemento. Es lo más didáctico que se me ocurre para los tiempos que corren. Para la Asturias más peregrina y milagrera, en la que la dignidad ciudadana en lugar de aflorar, naufraga.

Dentro de un año, pasen y voten a los «faraoninos».