El trípode formado por cambio fluctuante, metas de inflación y Ley de Responsabilidad Fiscal es el mecanismo más adecuado para hacer frente a los desafíos del crecimiento sustentable y la estabilidad en la globalización.

El Instituto Teotonio Vilela, del Partido Social-Demócrata de Brasil (PSDB), y el Instituto de Estudios para el Desarrollo Industrial (IEDI) realizaron en San Pablo un encuentro para discutir las políticas económicas y el crecimiento. La mayoría de los economistas presentes, aunque pertenecientes a escuelas diversas y habiendo participado en diferentes gobiernos, parece convencida de que el trípode formado por el cambio fluctuante, metas de inflación y Ley de Responsabilidad Fiscal es el mecanismo más adecuado para hacer frente a los desafíos del crecimiento sustentable y la estabilidad en la globalización.

En teoría, podrían haberse recorrido caminos alternativos. Alguien recordó, por ejemplo, que Corea del Sur y otros tigres menores mantuvieron una tasa de cambio controlada —la mayor parte del tiempo subvaluada— y no adoptaron metas para la inflación ni reglas explícitas para el manejo de las cuentas públicas. Pero ninguno de esos países tuvo jamás la historia inflacionaria de Brasil y, en todos ellos, los regímenes políticos eran autoritarios, lo que permitía mantener bajos los salarios, restringir la expansión del consumo y obtener tasas elevadas de ahorro e inversión.

Hubo discrepancias respecto de la eficiencia del Banco Central de Brasil para manejar el trípode: en el pasado reciente y también no tan próximo, hubo oportunidades perdidas para reducir las tasas básicas de interés; luego se definieron metas de inflación excesivamente bajas y plazos demasiado cortos para alcanzarlas.

El punto alto del debate fueron las interpelaciones directas de los empresarios: ¿qué tiene de nuevo todo esto? La economía necesita crecer ya. ¿Cómo? Es mejor, dijeron, dirigir las preguntas a los políticos, como si los economistas del Banco Central no pudieran sacar un conejo de su sombrero. Los economistas, pienso yo, son indispensables y no necesariamente están equivocados. Se espera que tengan la prudencia necesaria para no poner en peligro los éxitos logrados, pero también que eviten una rigidez excesiva al fijar las metas de inflación y el tiempo para alcanzarlas. Pero no se puede esperar de las puras políticas macroeconómicas el milagro del desarrollo.

Llegó la hora de que los políticos, partidos y candidatos digan lo que harían en otras áreas de la sociedad para ayudar a la economía a crecer en forma sustentada. A los políticos les toca tener más osadía, manteniendo el sentido de prudencia. ¿Cuáles son las condiciones necesarias para obtener tasas más elevadas de crecimiento económico y avances más rápidos en el índice de desarrollo humano? ¿Sería el caso establecer metas simultáneas para el crecimiento y para los avances sociales? ¿Sería congruente tener metas de inflación compatibles con estos propósitos, sin arriesgar la estabilidad?

En el caso de Brasil, la parte más difícil de la tarea sería cambiar la composición y la calidad del gasto público, para disminuir globalmente su expansión, recortar el gasto corriente (que hoy está en amenazante crecimiento) y ampliar las inversiones productivas (en trayectoria inversa y muy preocupante). Pero, ¿a qué gastos se les daría prioridad? Para mí, a la inversión en infraestructura (salud, transporte y energía, en ese orden) y a la educación (principalmente a la educación básica). Sin olvidarnos del gasto en seguridad pública, teóricamente no productivo, pero que se volvió estratégico. Dar prioridad no significa sólo gastar más sino empeñar todos los esfuerzos para gastar mejor.

Además de hacer espacio en el presupuesto para la inversión pública, es necesario crear el ambiente propicio para las inversiones privadas. En el área de infraestructura hay un punto inevitable: el fortalecimiento de las agencias reguladoras. Sin eso, tendríamos al mismo tiempo lo peor de los dos mundos: escasez de inversiones y exceso de desvíos en canales de corrupción (hoy a la vista de todos).

Para que dispongamos de excedentes para invertir productivamente es esencial, además, reacomodar en el orden del día la dificilísima cuestión de la asistencia. No habrá gobierno ni Congreso capaces de continuar las reformas necesarias sin que la opinión pública les dé apoyo a esas medidas. Los que se lanzaran a esa tarea sin ese sustento serían estigmatizados, como ocurrió en el pasado reciente, llamándolos "enemigos de los viejitos". Se trata, no obstante, de un desafío que debe ser enfrentado por toda la sociedad, no sólo por los gobiernos.

Creado un clima de opinión pública favorable a la continuación de las reformas y del crecimiento de la economía, sería posible triplicar o cuadruplicar las inversiones productivas federales hasta el final del próximo mandato. No me causa alergia utilizar el ahorro público para las inversiones productivas (y no sólo las mencionadas antes), como hice en mi gobierno, a pesar de toda la letanía de que era neoliberal.

Me indigna, eso sí, la desfachatez de quien dice que es posible aumentarlas sin decir de dónde sacar los recursos y de quien piensa que "basta recortar los intereses" para que ocurra el milagro del crecimiento. Tienen la palabra los partidos y los candidatos para dar una respuesta realista al clamor por la baja de los intereses y proponer la reanudación de un crecimiento que beneficie no sólo a los dueños del producto interno bruto.

Fernando Henrique Cardoso. Ex presidente de Brasil

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