España: El PSUC y la mujer en el tardofranquismo
Publicado originalmente en Mientras Tanto.
A mio nipote Davide, augurandogli una vita intensa e felice.

Dentro del repertorio iconográfico existente sobre el movimiento obrero destaca un cuadro de 1901 que, por su belleza y expresividad, ha sabido conceptuar artísticamente toda la trayectoria intelectual y política del socialismo: nos referimos a Il Quarto Stato, de Pellizza da Volpedo. Lo primero que salta a la vista de la obra es su potente impacto visual, cuyas técnicas expresivas enlazan con el realismo y la profundidad de campo renacentistas. El relieve de cada figura responde en este cuadro a un dibujo de vigorosa línea escultórica mientras que el uso del color refuerza tanto el contenido directo -el mensaje que el pintor nos quiere transmitir-, como el indirecto -aquellos datos de menor inmediatez expresiva como los sentimientos de los personajes-.

En efecto, Pellizza escenifica una multitud de hombres, de trabajadores-proletarios, que, dejando atrás la oscuridad (palmaria metáfora de la opresión) avanza compacta hacia adelante, hacia el porvenir del socialismo. La manifestación está encabezada por dos hombres y una mujer que lleva a su hijo en brazos, colocados simétricamente en el plano en una disposición de sabor netamente cristiano. Sin embargo, una mirada más detenida del cuadro nos indica que sólo los dos hombres son los que encabezan la marcha: la posición de los pies descalzos de la mujer nos sugiere que, en realidad, está acercándose al hombre del centro como procediendo de lo que los cineastas llamarían "el fuera de campo". Es decir, no forma parte de la multitud, pero se aproxima con el brazo izquierdo implorante para pedir algo al líder central del grupo, tal y como se desprende de sus labios abiertos. Los dos hombres siguen con su firme paso mirando impertérritos hacia delante, seguros e iluminados por la fulgente luz frontal (el "sol dell'avvenire"), y no parecen oír la voz de esta mujer convencida de que sus problemas sólo pueden ser solucionados por este caudal humano impetuoso e imparable.

Naturalmente, el propósito de Pellizza da Volpedo era el de representar la "larga marcha" del proletariado hacia su liberación mediante la inserción de dramatis personae que suscitaran pathos en todas aquellas personas que miraran su obra, y no visualizar la condición sociológica de la mujer dentro del movimiento obrero organizado. Sin embargo, la lectura que acabamos de proponer no nos parece totalmente descabellada si pensamos en el contexto histórico en el que vivió el pintor y en la trayectoria de la mujer en el siglo XX. Este cuadro, presente en los despachos de tantos dirigentes comunistas o en las habitaciones de generaciones de activistas, se transforma hoy en día en una pequeña metáfora del papel subalterno de la mujer dentro de la tradición socialista contemporánea. Una realidad que aún queda por esclarecer con la debida atención y que tendría que centrarse en la recuperación de los protagonistas sacrificados por ese linealismo historiográfico que al estudio de los sujetos históricos privilegiaba el de las protestas y de las estrategias orientadas a conquistar el poder. Una forma de estudiar que miraba de resaltar, como afirma el historiador indio Ranahit Guha, "los valores más apreciados en esta lucha -valores como heroísmo, sacrificio, martirio, etc.- fuesen los que informaban esta resistencia. En una historia escrita para defender el carácter ejemplar de esta lucha uno esperaría que fuesen estos valores, y los hechos y sentimientos correspondientes, los que dominasen" (1) . Pero esta escritura "ruidosa", no hace justicia a todos aquellos protagonistas que no podían vehicular su militancia según las pautas preestablecidas por hombres adultos, silenciando la voz de aquellas mujeres que pedían la palabra y la iniciativa dentro del partido de forma diferente, empleando "la voz que habla en un tono bajo, como dolorida, en este caso, contra el modo peculiar del discurso estatista, un ruido de mando característicamente machista en su incapacidad de escuchar lo que las mujeres estaban diciendo" (2).

La poca bibliografía existente sobre el PSUC (*) ha recalcado este tipo de transcripción machista incluso allí donde, en su formulación, también se implicaban mujeres de probadas convicciones feministas. Haremos un par de ejemplos para explicar mejor lo que queremos decir. En el libro colectivo sobre la historia del PSUC, Nuestra utopía. Cincuenta años de historia de Cataluña, se aborda el tema de la mujer psuquera en dos artículos, Los comunistas y el movimiento feminista, de Rosa Sans y Xavier Gallofré y Feministas de Francesc Roca. Como revelan los mismos títulos, se identifica la política del partido sobre la mujer con el feminismo, explicando el pensamiento y la acción de aquellas militantes intelectuales que sentaron las bases para el definitivo despegue de las plataformas feministas del PSUC en los años de Transición. Por eso, se mencionan a Giulia Adinolfi, Teresa Pàmies, Núria Sales y Montserrat Roig como las protagonistas de la evolución de un partido que, casi de forma natural, estaba dispuesto a secundar sus reflexiones y propuestas. En fin, como escribe Francesc Roca: "éramos -lo somos aún, claro-feministas" (3).

Carme Cebrián, en cambio, es más honesta y nos advierte que el PSUC era "un partit fortament masculinitzat, com la immensa majoria, però això no treu que les dones militants juguessin un paper fonamental en el seu desenvolupament. Els primers anys, com a suport essencial de les activitats del partit i de suport als presos i les seves famílies, en la lluita per l'amnistia i contra les tortures. Més endavant, prenent una conciencia feminista o, si es vol, de reivindicació del dret de les dones a l'emancipació i la igualtat. Força dones del PSUC van prendre part activa en les I Jornades de la Dona del 1976. Els escrits de Giulia Adinolfi a Nous Horitzons els anys seixanta són d'una clara orientació feminista dins del marxisme. Les activitats politiques de moltes dones del PSUC que, dins de les reivindicacions feministes, van plantar cara a la direcció i als companys en força temes trascendentals per al nostre futur com dones" (4). Pero es sólo una advertencia, ya que la autora admite no haber tratado el tema pese a su importancia, si bien es indudable que ella también identifique el recorrido de la mujer comunista como un interminable camino hacia la asunción del feminismo como "destino natural". Sin embargo, escribir la historia de la mujer comunista como una "historia de las ideas feministas en los partidos comunistas" equivaldría a reproducir aquella construcción historiográfica vertical y de matriz típicamente masculina, cuyo objetivo sería el análisis del papel político de aquellas pocas dirigentes ilustradas que intentaban modificar las costumbres de género dentro del partido: lo cual, para seguir con la metáfora del cuadro de Pellizza, sería sustituir a los dos hombres de la primera fila por dos mujeres y seguir silenciando a la mujer con el hijo.

No negamos la importancia de investigar el pensamiento feminista-comunista español, pero sí advertimos de la necesidad de tener bien presente los matices humanos e ideológicos presentes en las filas del PSUC a lo largo de su historia en cuanto a la representación ideal y al comportamiento real de los varones con el otro sexo. Creemos que la historiografía del futuro sobre la comunista en los años de la dictadura tendrá que fijar su atención también en las maneras de hacer política, de socializarse, de entender la interrelación de géneros, la moral cotidiana, etc., para ir dibujando un fresco que necesitará tal vez una nueva forma de leer las fuentes: una lectura en la que "texto" y "subtexto" posean el mismo nivel de relevancia, en donde las reivindicaciones directas vayan acompañadas del análisis de las costumbres y en donde las generalizaciones se complementen con la definición de distintos tipos de figuras femeninas. En este artículo presentaremos las coordenadas para entender un periodo, el que va de 1967 a 1975, marcado por los impulsos y las resistencias a los cambios que sufrió el modelo de mujer comunista.

Las entrevistas orales a militantes del PSUC conservadas en el Arxiu Històric de la CONC y la (poca) documentación que se ha conservado sobre la mujer, nos indican enseguida un primer dato a tener en cuenta: a pesar de las advertencias de la dirección, se puede decir que el marido-padre-hermano comunista era generalmente el primer obstáculo para una efectiva incorporación de la mujer en el partido. Y no nos ha de maravillar, puesto que eran -quiérase o no- hombres de su tiempo con todo lo que ello comportaba en la vida cotidiana y en la definición de la subcultura masculina. La visión típicamente franquista de la mujer como "un ser inferior espiritual e intelectualmente, que carecía de una dimensión social y política y que tenía una vocación inequívoca de ama de casa y madre" (5) es quizás el aspecto de la propaganda del régimen que más se había asentado en la mente de unos hombres por lo demás empeñados en desprenderse de todo el legado nacional-católico aprendido en los colegios. Quedaban lejos las reivindicaciones femeninas de los años republicanos y su recuerdo había sido borrado por la omnipresente falda del cura o las actividades de la Sección Femenina de Pilar Primo de Rivera. La generación masculina protagonista de la lucha antifranquista en los años estudiados era aquella que había nacido en la larguísima posguerra española y que había asimilado la imagen oficial del género femenino según la cual la mujer sólo podía realizarse en este mundo como madre y esposa, como receptáculo de amor y vida contrapuesto al hombre trabajador-guerrero (6).

Los antiguos comunistas entrevistados por la Fundación Cipriano García aparecen bastante reticentes a la hora de explicar la relación con sus compañeras, aunque no pueden evitar dar constancia del escepticismo y la desconfianza (no privadas de misoginia) que envolvían la participación política femenina: "També hi ha un fet real, i això sí que a vegades ho comentàvem, lo fet que a vegades pareixia que la dona havia d'estar a casa, no parlo en lo meu cas o el que sigue, sinó allò, la mentalitat aquella de dir la dona ha d'estar a casa i, en canvi, l'home pot anar on sigue, penso, és la meua reflexió, penso que això devia pesar bastant" (7). Es que estas convicciones no derivaban solamente del humus cultural y social de la España franquista, sino que, en el fondo, se asumían en cuanto consecuencia "natural" de todo proceso revolucionario: es decir, el hombre hace la revolución por y para la mujer, quien mientras tanto cuida de los niños y de la casa (¿y si no, quién lo haría?). Como afirma una investigadora italiana "la exclusión política de las mujeres, justificada en base a la presunta naturalidad de su colocación en el ámbito doméstico, lejos de representar una especie de defecto, aparece (...) funcional a la construcción revolucionaria de la ciudadanía" (8).

Más claras y contundentes son las respuestas de las ex-militantes, que coinciden todas en remarcar las dificultades y trabas que normalmente el entorno familiar les ponía para entrar en política: "Després hi ha una doble moral de cara al Partit o de cara al sindicat o de cara enfora, ¡hem de potenciar la dona!, però en canvi, de cara endintre, a la llar, doncs, normalment aquesta potenciació de la dona no es dóna. La situació es molt diferent. Quan hi ha una reunió que ha d'anar la parella, si hi ha criatures petites o altres coses a fer, ningú dubta que és l'home que ha d'anar" (9). Es aquí que afloran los recuerdos de una manera de hacer y de pensar que, por tópicos, son sintetizables en la frase "la política no es para las mujeres". A fuerza de repetirlo, no extraña que muchas de ellas se lo creyeran de verdad: "Sí, yo conocía a las mujeres digamos de los militantes y yo había hablado alguna vez a ver si nos podíamos... "¡Ay!, no... No puedo dejarme los niños, yo no puedo venir a la reunión...". Incluso los hombres, digamos que los maridos tampoco les... Porque yo le decía a uno que era un herrero, "oye, ¿por qué no viene tu mujer?", "ah, mi mujer no porque no es como tú", digo "¿no es como tú?". Yo tampoco sabía nada. A mí me lo ha explicado todo Luis. (Pregunta) O sea que ¿tú intentabas convencer a las mujeres para que vinieran? (Respuesta) Sí, que vinieran a la reunión y a ver si podíamos entre todas pues organizarnos y... Pero no, no hubo manera, decían que no, que a ellas no les iba eso, que ellas tenían faena de los niños. (P.) ¿Y ellos (los maridos militantes) qué decían? (R.) Eso, que ellas no eran como tú. No, ellos se ve que tampoco se preocupaban, eh, de que la mujer estuviera organizada" (10). El desfase entre teoría y praxis fue la nota dominante también de la dirección, la cual, pese a pedir más participación femenina, se abstuvo siempre de recriminar a sus activistas semejante actitud: "(P.) ¿Cómo fue acogida por parte de los hombres del PSUC lo que es este movimiento de mujeres? (R.) ¡Uy! ¡Esto... pues mira, se veía todo muy bien! ¡Todo lo que fuera luchar en aquellos momentos se veía muy bien, ahora la práctica ya era otra cosa, claro! Fue cuando empezamos nosotras a reivindicar, por ejemplo, me acuerdo en el PSUC, que, eh... me acuerdo que en mi barrio, en mi célula, había un marido y una mujer y siempre venía el marido a las reuniones porque ella se tenía que quedar con los niños. Entonces impusimos en la célula que una vez viniera él y otra viniera ella. ¡Pero eso no se llegó a cumplir! Pero bueno, cosas de este tipo. O sea, nosotras, a nivel práctico también lo queríamos llevar a cabo, lo que pasa es que luego la realidad fluyó por otro lado" (11).

Estas consideraciones aparecen constantemente en la reconstrucción que de su pasado hacen las mujeres y nos advierten de los obstáculos que debían de esquivar para adherirse a la lucha, entre los que, hemos visto, estaba la oposición de los maridos, incluidos los cónyuges comunistas. Es evidente que su entrada en las células clandestinas alteraba ciertos aspectos de la militancia masculina: en las fuentes aparecen algunas referencias ocasionales pero constantes sobre la forma de relación homosocial típica de los militantes obreros, centrada en un fuerte sentido de la camaradería, tal y como se podía encontrar en los bares u otros lugares parecidos. La presencia de una mujer alteraba lenguajes, maneras de aproximarse a los problemas cotidianos y, probablemente, la misma masculinidad de los hombres, quienes se veían obligados in loco a practicar aquella paridad tantas veces proclamada y muy pocas respetada: "Que una mujer hablara en una reunión cuando estábamos hablando o cuando estábamos reunidos hombres y mujeres, y que una mujer opinara, pues ¡collons! aquello..." (12).

Asimismo, se ponía el problema de las reacciones del vecindario, víctima de prejuicios inculcados durante tanto tiempo por la doctrina oficial: "Era tot un drama no, la dona que militava com era la... Rosa Borràs, eh... tenia que estar molt convençuda, perquè clar, quan arribava a casa després de les deu els veïnats: Oh! Aquesta dona? Fixa-t!. Com que no podies dir d'on venies! Clar fixa-t: Fulaneta que arriba a dos quarts de deu a casa! Perquè les dones a les deu ja estaven a casa. Si per més inri, per raons de seguretat o el que fos, l'acompanyava algun camarada i, a vegades, camarades diferents, en boca del vecindario no vegis lo que tota aquella història.." (13). Nunca sabremos cuantas renunciaron a la lucha o se vieron constreñidas a modificarla por temor a los chismorreos de la gente, pero es un elemento a considerar cuando se habla de la vida de las antifranquistas. Familia y entorno social como impedimento para entrar en política: era el espacio negado.

Pero, ¿qué ocurría con aquellas que soslayaban todas las susodichas dificultades e ingresaban en el partido? En los archivos casi no quedan documentos sobre la mujer, lo que ya de por sí es una prueba del escaso interés que despertaba el tema dentro de la organización más allá de un tibio apoyo al Movimiento Democrático de Mujeres (MDM) que, por otra parte, en Cataluña tuvo una vida efímera (14). Ello no obstante, es posible definir algunos de los rasgos esenciales de la militancia femenina dentro del PSUC. De hecho, la primera reflexión seria y con rigor intelectual formulada en el partido sobre este problema fue un artículo de Giulia Adinolfi (15) ("Lluïsa Vives") en Nous Horitzons, titulado "Por un plantejament democràtic de la lluita de les dones".

Aquí, Adinolfi destaca la importancia de encontrar un terreno de lucha específico para las masas femeninas que fuera más allá de los planteamientos extremistas y segregacionistas de las feministas radicales y que se conectara con el marco más amplio de la movilización obrera y estudiantil. Pero más que la pars construens, es decir las propuestas presentadas para concretar este movimiento de mujeres (que la italiana desarrollará mejor en los setenta), el artículo nos parece interesante en su pars destruens, esto es, en la crítica dirigida a las fuerzas democráticas (y, por ende, al mismo PSUC) acerca de la manera de encaminar la militancia de las mujeres: "la concepció que més tenaçment persisteix entre les forçes politiques democràtiques, fins i tot socialistes, és bastant difícil de definir perquè, més que en formules generals i explícites, es manifesta en la praxis política. Aquesta concepció, tanmateix, consisteix a considerar la lluita de les dones com inspirada fonamentalment per una intuïtiva i emotiva solidaritat amb la de llurs marits i fills: així, a la inversa, aquests defensen per motius anàlegs les reivindicacions i la lluita de les dones. En definitiva, la lluita de les dones és concebuda com una lluita subalterna, que no es proposa objectius específics o els identifica en cada ocasió amb objectius parcials, sovint contingents, més sovint encara nascuts d'iniciatives i lluites en altres terrenys (...) Primer de tot, ni que sigui inspirada per les millors intencions, aquesta concepció enclou de fet una consideració de la dona com a un ésser especialment necessitada de protecció, com a eterna menor d'edat, com a inferior" (16). Adinolfi tiene el mérito de no caer en la especulación meramente teorética y de poner el acento en la praxis política, en las malas costumbres encubiertas y en la dificultad de zafarse de una idea paternalista de la mujer que parecía a veces el contrapunto izquierdista de aquella que sustentaba la labor del Servicio Social del Movimiento. Hoy, a distancia de casi 40 años, sorprende que las objeciones de la intelectual napolitana no dieran pie a un serio debate dentro del partido: si es cierto que sus observaciones no cayeron en saco roto (ya que fueron recogidas y desarrolladas por las feministas del PSUC), también lo es que la dirección no sintió la exigencia de reformular "oficialmente" el problema hasta 1976, con ocasión de las Primeras Jornadas Catalanas de la Mujer. En efecto, no existen documentos de los años clandestinos en los que la dirección analice a fondo y se pronuncie acerca de esta cuestión.

Notas

(*) Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), federación catalana del Partido Comunista de España (PCE).
(1) Ranahit Guha, Las voces de la historia y otros estudios subalternos, Barcelona, 2002, pág. 26. (2) Ibíd., pág. 27.
(3) Francesc Roca, "Feministas", en Nuestra Utopía. PSUC: 50 años de historia de Cataluña, Barcelona, 1986, pág. 213.
(4) Carme Cebrian, Estimat PSUC, Barcelona, 1997, pág. 22.
(5) Carme Molinero, "Mujer, franquismo, fascismo. La clausura forzada en un 'mundo pequeño'", Historia Social, nº 30, pág. 99.
(6) Para un análisis de la imagen franquista de la mujer véase Jordi Roca i Girona, De la pureza a la maternidad. La construcción del género femenino en la posguerra española, Madrid, 1996; Carmen Martín Gaite, Usos amorosos de la posguerra española, Barcelona, 1987; Helen Graham, Spanish Cultural Studies. An Introduction, Oxford, 1995.
(7) Arxiu Històric de la Comissió Nacional de Catalunya (en adelante AHCONC), entrevista a Agustí Forner.
(8) Roberta Sarti, Spazi domestici e identità di genere tra età moderna e contemporánea, Bolonia, 1995, pág. 76. La traducción es mía.
(9) AHCONC, entrevista a Teresa Buigas.
(10) AHCONC, entrevista a Carmen Povedano.
(11) AHCONC, entrevista a Carmen Ortega.
(12) AHCONC, entrevista a Antonio González.
(13) AHCONC, entrevista a Adoni González Mateos.
(14) El MDM catalán se disolvió en 1969.
(15) Bajo la guía de Giulia Adinolfi se organizaron, a finales de los sesenta, las primeras sesiones de estudio del partido sobre la cuestión de la mujer, en las que se analizaban aquellos autores (como Ortega y Gasset, Gregorio Marañón, Simone de Beuvoir, Lucy Irigay, etc.) quienes, en España o en el exterior, se habían ocupado del tema. AHCONC, entrevista a María Rosa Borràs.
(16) Lluïsa Vives (Giulia Adinolfi), "Per un plantejament democràtic de la lluita de les dones", Nous Horitzons, nº 12, 1967, pág. 31.