El autor analiza las últimas encuestas sobre la realidad del Principado y, entre otras conclusiones, destaca que uno de los males que padece Asturias es la «espiral del silencio», la inhibición de sus ciudadanos del debate público por temor al aislamiento social
La democracia actual es impensable sin expertos en marketing, medios de comunicación y encuestas. En su versión más evolucionada, según palabras del politólogo francés Bernard Manin, es una «democracia de audiencia» o, como prefieren denominarla otros, una «democracia de opinión» o «mediática». La política continúa girando alrededor del poder, pero su escenificación ha cambiado. Ahora los políticos actúan pertrechados de sondeos demoscópicos e informes, no de un esquema ideológico. La pugna ya no es por las ideas, sino por la imagen. La encuesta permite al político auscultar el pálpito de la sociedad, conocer a los ciudadanos y ajustar la oferta programática y la puesta en escena convenientemente. También le hace saber cómo es visto y si aumenta o decrece el porcentaje de sus leales.
Al otro lado, las encuestas sirven, o deberían servir, para dar cauce a la opinión de los ciudadanos y también para recordar a los políticos que sus votantes están ahí presentes, pendientes de lo que hacen y dispuestos a ponerles nota cuando sean llamados a consulta o votación. En la democracia representativa, tan importante como votar es controlar al elegido. Para votar basta tener un vínculo irrompible con un partido, pero el ejercicio del control requiere información y debate público. El votante fijo va dando paso al elector flotante que decide su voto en cada ocasión, según perciba la situación política y evalúe a los candidatos que compiten por tener su apoyo.
Las encuestas son utilizadas así en el proceso de creación de la opinión pública, que es el principal contrapeso de la clase política, proclive a distanciarse de los ciudadanos, en un sistema democrático. Una sociedad robusta y consistente, que entabla una conversación pública abierta y solvente sobre sus asuntos, es una condición de posibilidad de una democracia de calidad.
Además de contribuir a su formación, la encuesta es un registro de la opinión pública. No debe sorprender, entonces, que la aparición de un nuevo sondeo sea recibida con cierta ansiedad y cause expectación, aunque el hecho en sí se haya convertido en un ritual de la vida pública. Políticos y ciudadanos, desde luego más los primeros que los segundos, se guían por la información que facilita la encuesta para representar su papel en el escenario político.
No es éste, sin embargo, el caso del último barómetro autonómico del CIS, dado a conocer días atrás. La prensa asturiana se hizo eco con amplitud, pero la reacción ha sido en general fría, debido quizá a que defrauda por igual las expectativas de unos y otros. Los políticos deberán esperar a tener pistas más fiables para saber a favor de quién se deshará el empate actual entre PSOE y PP. Vista la actitud que muestran los asturianos a través del propio sondeo, cabe pensar que tampoco a ellos les habrá despertado siquiera curiosidad. Todo ello forma parte ya de las costumbres de la vida pública de la región.
Y aquí está, precisamente, el asunto al que quiero aproximarme. La encuesta pone de manifiesto un estado de opinión fácil de reconocer. Los asturianos tienden a verse sumidos en una situación económica muy problemática y citan el paro, de manera casi unánime, la falta de actividad industrial y la vivienda como sus mayores preocupaciones. La percepción que tienen de la economía parece afectarles en la evaluación que hacen de la situación política, que tampoco es favorable. La mayoría estima que el funcionamiento ordinario de la Administración autonómica es correcto, pero opina que el Gobierno es ineficaz a la hora de resolver los grandes problemas y desconfía de su Presidente, al que atribuye otras cualidades, como la honradez y el conocimiento de la situación.
Los asturianos son los españoles que en mayor proporción encuentran sus vidas condicionadas por los tres gobiernos, central, autonómico y local. Son partidarios de aumentar las competencias de la comunidad autónoma si la reforma del Estatuto cuenta con un amplio acuerdo. El barómetro indica que el sentimiento nacionalista ha cedido parte de la pujanza con que sorprendió en sondeos anteriores. Los asturianos han experimentado un ligero escoramiento hacia el centro en su autoubicación ideológica y son los españoles que sitúan tanto a PSOE como a PP en posiciones más moderadas, al PSOE en el centro y al PP en la derecha, lo que explica que una mayoría declare sentirse cercana al primero y distanciada del segundo.
Para los asturianos, en resumen, Asturias no ha mejorado en los últimos años, continúa estancada en medio de la crisis, y esta percepción invade su estado de ánimo general, receloso e inseguro. Un reciente estudio patrocinado por la Fundación BBVA concluye que Asturias, después de Galicia, es la comunidad autónoma donde la confianza, en esta ocasión cuantificada por medio de indicadores de las relaciones laborales, los contratos financieros y la inversión en bienes duraderos, ha contribuido menos al desarrollo económico entre 1980 y 2000. Téngase en cuenta que no es la primera vez que la medida del stock de capital social en Asturias indica que su nivel es de los más bajos de toda España y que la confianza institucional está seriamente erosionada.
Es oportuno precisar, no obstante, a fin de prevenir lecturas torcidas, que los asturianos manifiestan un estado de opinión similar en líneas generales al de los ciudadanos de otras comunidades autónomas, con dos diferencias dignas de mención.
La primera se aprecia en el acento, que los asturianos ponen en hechos y observaciones diferentes. En un estudio elaborado a partir de los barómetros de opinión del CIS, los profesores Tamayo y Carrillo han demostrado que las agendas públicas de las distintas comunidades autónomas han tendido en las dos últimas décadas a confluir en una agenda nacional común. Pero dentro de esa convergencia, la agenda pública de Asturias ha sido la más divergente de todas, no tanto por su composición como por su ordenación interna.
La segunda diferencia estriba en la actitud y pone al descubierto uno de los puntos débiles de la sociedad asturiana: la inhibición y el silencio de los ciudadanos en la vida pública. Por una parte, los encuestados han respondido con tibieza a las preguntas del cuestionario. La respuesta mayoritaria a casi todas ha sido «regular». Excepto en unos pocos asuntos, los encuestados han eludido un pronunciamiento claro. A esto debe añadirse el hecho de que el porcentaje de no respuesta sea más elevado entre los asturianos, hasta acercarse al 35 por ciento cuando se les ha solicitado la opinión sobre la conveniencia de tener una Agencia Tributaria propia o acerca de si el Estado de las autonomías ha contribuido a aumentar el gasto público, pero sin mejorar los servicios.
¿Ocurre que un tercio de los asturianos no tienen criterio para responder a estas cuestiones o que prefieren no compartirlo? Al analizar la opinión pública del Estado de las autonomías, Francisco Llera ya reparó en esta particularidad. Trató de explicarla aludiendo a la impotencia que los asturianos sienten ante una situación que se prolonga en el tiempo sin encontrar una salida satisfactoria. Por mi parte, propongo recurrir a la hipótesis de la «espiral del silencio», expuesta por vez primera en 1972 en un congreso celebrado en Tokio por E. Noelle Neumann, directora del prestigioso Centro de Investigación de la Opinión Pública de Allensbach, en Alemania. La hipótesis dice que los individuos tienen capacidad para percibir el clima de opinión existente en una sociedad y que cuanto más difiera su opinión de la mayoritaria más probable será que se la «guarden». En tal circunstancia, prefieren callar, no hablar, para evitar fricciones y, sobre todo, el aislamiento social.
Esto es lo que puede haber sucedido en Asturias. Durante todo este tiempo se impuso un punto de vista sobre la crisis, el modo de abordarla y los intereses de Asturias, y alrededor de él, el silencio. Quienes tenían un punto de vista diferente decidieron callar o hablar sólo con los íntimos. La clase política tampoco ha estimulado una discusión abierta, sino todo lo contrario. El resultado es un debate público anémico, con frecuencia distorsionado, pobre en argumentos, repetitivo, de corto recorrido, sujeto a intereses a corto plazo, ahormado por el protagonismo de los políticos, en el que los asturianos apenas resultan visibles porque han preferido no decir en voz alta lo que sí piensan para sus adentros o afirman con rotundidad en voz baja.
La actitud ausente de los asturianos ante la negociación del nuevo Plan General de la Minería y la polémica sobre el Museo de los Premios Príncipe de Asturias es un ejemplo de cuanto acabo de exponer y de lo que nos pasa. Y, en el fondo, lo sabemos. Pero no nos hacemos cargo, no acabamos de tomarnos el futuro en serio, esperando quizá a que Europa, Madrid o el mundo nos concedan una oportunidad más.
Óscar R. Buznego es profesor de Ciencia Política de la Universidad de Oviedo.

Escribe un comentario