El conflicto con Irán por la sospecha de que pretende dotarse del arma nuclear se agudiza en un mal momento para la voluntad occidental de impedirlo. Ha habido, previamente, años de muchos errores de cálculo que han conducido a una falta de credibilidad, de autoridad moral. La Administración Bush ha gastado en falso demasiados cartuchos en Iraq. Actualmente, ya incluso se entrevé la posibilidad de una retirada militar en un plazo no demasiado lejano, dejando al país en el mayor desorden. En los mismos Estados Unidos los índices de aceptación de la política del presidente descienden a cifras alarmantes de impopularidad. Y una parte notable de los congresistas, con las elecciones parlamentarias de noviembre a la vista, se resiste a ser identificada con la política de la Casa Blanca.

Si es así entre los norteamericanos, ¿cómo no va a ocurrir todavía en mayor grado en el exterior? La alta cota de desprestigio internacional de Estados Unidos se mide con certera aproximación en las diferencias con Irán. Y la Unión Europea no escapa al mismo peyorativo juicio. La ausencia de una auténtica política común exterior es clamorosa. Las muestras de falta de cohesión y sinceridad, incluso en lo hasta ahora más conseguido aparentemente, que es el mercado único, están creando una UE sin capacidad de decisión, sin nervio. Parece como si la desorientación del liderazgo norteamericano haya dejado huérfana a una UE que vivía de los beneficios de éste, pese a la ostentación con que, a veces, ha presumido de marcar diferencias.

Y ahora a lo largo y ancho del mundo le crecen fantasmas al unilateralismo norteamericano. Los cuales, al mismo tiempo, dejan al descubierto a una UE carente de recursos políticos alternativos para afrontar el panorama internacional en proceso de transformación. Es así, por ejemplo, en Latinoamérica, donde el correcto ejercicio de la democracia favorece experiencias políticas inéditas, no precisamente gratas al gran vecino del norte. Y ante las cuales, la UE oscila entre ampararlas con oportunismo acrítico o mantenerlas en un desconfiado tiempo de prueba.

Esto está ahí. Habrá que abordarlo. Pero hay hechos que reclaman atención con mayor urgencia. Ocurre, sobre todo, en Oriente Medio. En el gran arco geopolítico que se dibuja entre Irán, Iraq, Afganistán, Siria, Líbano, Israel y Palestina.

Irán, en estos días, reclama la primacía. Tanto, que hay quien no descarta lo peor, que Estados Unidos acabe reincidiendo en el uso de la fuerza. Parece poco probable un dislate de tanta magnitud. El mismo lastimoso resultado de la aventura militar en Iraq induce razonablemente a descartarlo. Por ello precisamente, el presidente iraní Ahmadineyad echa mano de la retórica más radical y provocativa. "Sabemos que Estados Unidos puede causar daño y dolor, pero si elige este camino, nosotros podemos hacer otro tanto". Sin que falte un arrogante "les humillaremos".

En realidad el régimen teocrático iraní tiene tantos motivos para sentirse atenazado por una temible presión exterior como para estimar que se le han abierto oportunidades para jugar hábilmente sus bazas con el fin de hacerse respetar y afirmarse como potencia regional. Es más: como paladín de la causa islamista frente a Occidente. Y ganándose la situación de referente privilegiado para todos los movimientos integristas.

Cuando Ahmadineyad habla de daño y dolor, piensa en lo que los norteamericanos han sido capaces de provocar en Iraq. Conoce el eco que esto encuentra en todo el mundo musulmán. De manera especial, en la amplia mayoría iraquí de confesionalidad chií, a través de la cual el Gobierno de Teherán tiene como hacer sentir allí su influencia.

Pero hay más: un Irán que planta cara a Estados Unidos sirve de estímulo para Hamas, reciente vencedor de las elecciones en Palestina. Y para el acorralado presidente sirio, Bashar El Assad , que se vio obligado a retirar sus fuerzas militares de Líbano y es denunciado por el que fue vicepresidente y hombre de confianza de su padre, Hafez El Assad, como asesino del líder libanés Rafiq El Hariri.

Son muchas las incógnitas que están en el aire en Oriente Medio. En todas ellas cuenta el curso que tome el pulso entre Irán y Estados Unidos, así como la parte que en éste le corresponda a la Unión Europea y, de manera especial, del máximo interés, la actitud que adopten Rusia y China, especialmente la primera. La medida en que contribuyan a limar las aristas entre las dos partes para que ninguna de ellas humille a la otra. O, por el contrario, den ocasión a que alguna de ellas salga mejor librada.

Ahora tiene la palabra el Consejo de Seguridad de la ONU. Si frente al régimen de Saddam Hussein no llegó a pronunciarse claramente por falta de acuerdo, tanto o más improbable es que lo consiga ahora como no sea con fórmulas dilatorias. Y para Estados Unidos, hacer caso omiso de que esto sea así, a fin de pasar a la acción unilateral como hizo en el caso de Iraq, supondría un altísimo grado de riesgo que difícilmente conseguiría ni los relativos apoyos europeos de entonces.

Sin embargo, las mismas razones expuestas de la trascendencia que tiene en todo Oriente Medio que Irán no ceda existen para que Estados Unidos no pueda hacerlo a su vez. Después de las elecciones de Israel el próximo día 28, el conflicto palestino con un gobierno de Hamas en Ramallah va a entrar en una fase que puede ser extremadamente crítica. En la cual cuenta mucho para Israel, y por lo tanto para el Gobierno de Bush, que el Irán radical de Ahmadineyad adquiera o no bríos en su querella nuclear. Como ocurre respecto a la suerte interna de Bashar El Assad en Siria y en su condición vehicular del apoyo iraní al Hezbollah chií de Líbano. ¿Y cómo en la Casa Blanca pueden dejar a su suerte a Iraq sin haber convencido al régimen teocrático iraní de que no tiene las manos libres para actuar a su antojo?

Por ello se aventuran toda suerte de conjeturas. Desde las más arriesgadas, como la citada intervención militar norteamericana, aunque sea con acciones de castigo muy concretas y limitadas, de consecuencias imprevisibles, hasta la de, según se dice, fomentar rebeliones internas, de más que improbable efectividad.

Cualquiera de estas opciones sería ocasión de graves alteraciones internacionales. Y ayudaría al régimen iraní, que ya está utilizando a fondo la amenaza exterior como justificación de la vuelta a la rigidez originaria y como instrumento valioso para acallar los desencantos, quejas y discrepancias en nombre de la unión nacional.

La reciente visita de Bush a Pakistán, Afganistán e India, potencia nuclear no firmante del tratado de No Proliferación, con la que ha reforzado lazos incluso en este terreno, forma parte de una operación diplomática para envolver a Irán en un círculo aislante y cogerlo desprevenido por la espalda. Puede ser una acción diplomática de altos vuelos que insertaría el enfrentamiento con Irán en un marco mucho más amplio que el de Oriente Medio o el área del golfo Pérsico. ¿Advertencia también a Rusia, a China?

Estados Unidos ha de medir cuidadosamente sus actos en este variable contexto internacional. Irán, no menos. Alardea de que no tiene nada que perder, de que puede utilizar el petróleo como instrumento de chantaje. Un arma de dos filos.