LA Policía antidisturbios de París tuvo que desalojar ayer con gases lacrimógenos a 200 alumnos encerrados en la Universidad de La Sorbona. Presionaban al Gobierno para que dé marcha atrás al Plan de Empleo juvenil que ha elaborado el primer ministro, Domenique de Villepin. Los jóvenes franceses ya no son lo que eran: en mayo de 1968, en las paredes de esa misma Universidad, pintaron grafittis que decían: «La imaginación al poder», «El patriotismo es un egoísmo en masa», «Prohibido prohibir», «La pasión de la destrucción es una alegría creadora». Lo que resultó de aquella protesta estudiantil es bien conocido: las grandes centrales sindicales llamaron a la huelga general bajo el lema «Viva la unión de obreros y estudiantes». Francia quedó paralizada. Llegaron a escasear los artículos de primera necesidad. El Gobierno y los partidos quedaron desbordados por una revolución cuyas raíces y dimensiones no alcanzaban a comprender. El 25 de mayo, sindicatos, organizaciones empresariales y Gobierno firmaron los acuerdos de Grenelle. En ellos se recogía la aprobación de un salario mínimo garantizado incluso para los jóvenes. El presidente de la República tuvo que disolver la Asamblea Nacional y convocar elecciones para salir del vacío de poder.

Veinte años después, el 14 de diciembre de 1988, ocho millones de trabajadores españoles fueron a la huelga general porque el Gobierno de Felipe González pretendía aprobar una Ley de Empleo juvenil para bajar un paro que alcanzaba ya el 21 por ciento. La huelga fue un éxito total. El Plan fue retirado.

Según la OIT, hay 190 millones de desempleados en el mundo, y cerca de la mitad no ha cumplido aún 24 años. Hoy, nos lamentamos todos de los contratos basura que esclavizan a los jóvenes. Pero sindicatos, organizaciones empresariales y Gobiernos -sin imaginación, patriotas del egoísmo en masa, obsesionados con las prohibiciones- miran hacia otro lado porque temen que la alternativa sea el paro o la revolución.