Entre dos mundos
Jueves, 2 de marzo
Visión de un precipicio
Poner orden a mi biblioteca -un deseo tantas veces postergado- se ha convertido estos días en una especie de rito: algo así como asomarme al pozo de los descubrimientos. Libros que creía perdidos, incluso en la memoria, y canciones de otro tiempo -como la poesía de Ezra Pound, traducida por Ernesto Cardenal- que me traen un eco remoto de mí mismo, unas palabras que hablan, ahora con un temblor que no había presentido, de días que fueron míos y que se fueron a la tierra de nadie. Libros de poemas, plaquettes, servilletas garabateadas, postales, novelas a medio leer y que abro en una página olvidada que, de súbito, recupera todo su fulgor. Sobre la mesa he puesto algunas cosas que me pueden servir, entre ellas este catálogo de la pintura de Luis Gayá y, coincidencia eufónica, la 'Antología' de Ramón Gaya que publicó hace años la Fundación Santander Central Hispano.
Coincidí con Luis unos días en la Academia de España, en Roma. Él había estado becado el año anterior al mío, pero había vuelto por no sé qué negocios. En realidad quería contemplar la luz romana en el mes de mayo, esa que tan bien reproduce en sus lienzos. Me pidió, años después, que le escribiese unas líneas para publicar, a modo de introducción, en su catálogo; en compensación, me envió un cuadrito que después colgué, en un lugar de honor, en mi despacho: un ángel que apunta con su dedo unas sombras rojas y evanescentes. Recuerdo que fui con Luis al Cementerio de Verano -si usted va a Roma, no deje de pasar por él- y que allí perdimos la mañana entre tumbas y magnolios melancólicos. Viejas inscripciones, borrosos epitafios, el silencio sorprendiendo a la luminosa aurora en su lenta huida hacia la noche. Hoy miro este ángel y en él veo una ventana abierta, una herida de luz, una verdad misteriosa. Abro al azar la antología de Luis Gaya y leo: «Pintar es tantear -atardeciendo- / la orilla de un abismo con tu mano, / temeroso adentrarse en lo lejano, / temerario tocar de lo que vas viendo. // Pintar es asomarse a un precipicio, / entrar en una cueva, hablarle a un pozo / y que el agua responda desde abajo».
Pintar, escribir: asomarse al abismo, lanzar una moneda y sentir el terror de que tal vez allá abajo no haya nada más que un reflejo de la superficie.
Viernes, 3 de marzo
Elogio de Noel Clarasó
Todas las cosas están dichas, pero como nadie escucha, hay que volver a empezar siempre. Esta parece ser poética de Noel Clarasó, un escritor muy famoso en su tiempo (toda la postguerra española) y que hoy parece totalmente olvidado. Desde que en un rastrillo compré su 'Diccionario del humorismo' no he dejado de leer lo que he ido encontrando firmado por su nombre. Es un autor divertido, cordial, sereno y, a la vez, travieso. Un Mark Twain menor, puede ser, o un Chesterton bienhumorado que resumía sus mejores obras en los márgenes breves de un aforismo.
Cuando una puerta se cierra -dice- no pongas los dedos; poetiza con la flor y cómete la fruta.
Clarasó escribió de todo: cuentos de fantasmas, novelas sentimentales, enciclopedias, artículos periodísticos, manuales de autoayuda y de cocina. Seguro que si el lector rebusca por la biblioteca de su casa, o en los libros arrumbados en el desván, encontrará alguna obrita suya y en ella felicidades como esta: «Si los hombres hablaran sólo cuando tienen algo que decir, dentro de diez generaciones se habría perdido el uso de la palabra».
Sábado, 4 de marzo
Ese tercero que siempre va contigo
No suelo releer nada de lo que he escrito. Me fatiga y me enerva. Sin embargo, hoy necesitaba consultar no sé qué pasaje de 'El Dr. Jekill y Mr. Hyde' y, como yo había traducido esta novela al asturiano hace años, estuve buscando el volumen que editó Trabe. Traducir, de alguna manera, es practicar una lectura mucho más intensa que la convencional: no se trata tan sólo de ir sustituyendo las frases extranjeras por otras más o menos equivalentes en tu idioma nativo; es necesario ponerse en la piel del escritor, en este caso Robert Louis Stevenson, y tratar de decir las cosas como si Stevenson estuviese escribiendo, por primera vez, la obra. Recuerdo que traduje estas páginas en muy pocos días: era un trabajo que me había encargado Antón García y yo lo había pospuesto hasta el absurdo. Sentado en el Astória, aquella cafetería de Braga, me puse un plazo a insistencia de mi amigo editor: traduciría allí mismo, en diez días, los diez capítulos de esta novela tan misteriosa. Fue, sin duda, una de mis experiencias literarias más intensas: a veces pienso que no faltaría a la verdad si dijese que el primer libro que escribí se titulaba 'El Dr. Jekill y Mr. Hyde'. Sentado en el Astória, mientras bebía un café y en los espejos del local se reflejaban sombras mustias y huidizas, fui paso a paso reconstruyendo el nacimiento de la trama. El primer capítulo, tal vez demasiado convencional, no parece haber sido escrito con la misma convicción con la que se afrontaron los nueve siguientes. Stevenson, sin duda, descubrió que Jekill y Hyde eran la misma persona al comenzar el segundo capítulo. Muchas veces he fantaseado sobre los hechos que pudieron llevar al escritor escocés a descubrir el enigma. ¿Un loco por las calles de Londres dialogando consigo mismo le reveló la dolorosa duplicidad humana? ¿O él mismo -mirándose en el espejo de una habitación alquilada, descubriendo en su reflejo la sombra certera de un tercero- fue la oscura faz que le reveló aquella verdad tenebrosa?
Domingo, 5 de marzo
La cáscara amarga
El PCA ha organizado un homenaje a Horacio Fernández Inguanzo, 'El Paisano' y nos han pedido, a Vanessa Gutiérrez y a mí, que leamos nuestros poemas. El sábado por la tarde estuvimos en casa rebuscando por los anaqueles de la biblioteca poesía de combate, social y comprometida, que pudiese no desentonar con el acto. Así, estuvimos reviviendo -leer es revivir- poemas de Blas de Otero, Nazin Hikmet, Cesare Pavese, Bertold Brecht, Joseba Sarrionaindia... Al final decidimos leer nuestros propios poemas, que poco tienen que ver con aquella poética del compromiso. Pienso, de todas formas, que hicimos lo más adecuado: a fin de cuentas, estas palabras nuestras no habrían sido posibles sin que 'El Paisano', esa sombra de la conciencia sobre un país en ruinas, no hubiese sostenido el mundo cuando todo caía.
En la comida le comento a Ramón Lluís Bande que mi padre hoy, de alguna manera, se habría sentido orgulloso de mí. Militar, católico, de derechas, berciano y paciente, muy pronto se dio cuenta que yo era de los de la cáscara amarga; cuando cumplí quince años y comenzaba a escribir lo que mi padre temía más era que llegase a su despacho algún guardia diciéndole que me había afiliado al partido comunista. En la sobremesa, enarbolando las digestivas páginas del 'ABC', me repetía medio en broma, medio en serio: «¿Si te pillo vendiendo globos del PC en el Campo San Francisco...!»... y añadía: «Tú que estás todo el día escribiendo: a ver si haces algo que merezca la pena y lo envías al periódico». Por entonces yo ya había escrito alguna cosa para los periódicos locales, pero mi padre me corregía: «Para el periódico, hombre, para el 'ABC', que no hay otro. A ver si eres capaz de publicar un artículo en el 'ABC'».
Se lo digo a Ramón Lluis tantos años después: mi padre se sentiría orgulloso. Publico regularmente en el 'ABC' y si me encontrase vendiendo globos en el parque me daría un abrazo.
Lunes, 6 de marzo
Las palabras
y el silencio
«Hablamos, repetidamente hablamos. ¿Pero quién conoce / el fulgor de la densa soledad, la inexplicable alegría / que a veces nace del silencio? Las propias palabras, / cuando las cerca la gravedad de la sombra con su mudez / habitada por la amenaza, se animan con una fuerza / imprevista. Y aquellos que hablaban comenzaron / a susurrar, apenas osan a pronunciar los sonidos, se dejan / perturbar por la revelación inesperada del instante». Son versos de Joao Camilo, de su último libro 'Elogio do silêncio', que traduzco del portugués como nota de urgencia tras abrir el paquete que me envían los amigos de Casa do Sul. Joao Camilo es un excelente poeta, tal vez el poeta portugués que más pueda interesar, actualmente, a los lectores españoles. Vive en California y le gustan las lentas tardes demorándose en los ojos de las desconocidas. De vez en cuando nos carteamos; de vez en cuando me llega al buzón su poesía esencial y así, de esta manera, a lo largo de los años vamos manteniendo aquella conversación que comenzamos en su casa de Santa Bárbara, hace ya seis o siete años, sobre el valor de las palabras y el silencio.
Martes, 7 de marzo
El fin del mundo
Iván, de la Fundación Príncipe de Asturias, me llama para preguntarme si quiero participar en el recital que se va a celebrar el próximo viernes 17 en el Museo Piñole de Xixón. La lectura de poemas estará coordinada por Berta Piñán y leerán sus versos Benjamín Prado, Luis Alberto de Cuenca, Luisa Castro, Carlos Marzal, Luis Muñoz y Joan Margarit. Claro que me apunto, digo; con esa banda voy hasta el fin del mundo. No hace tantos años, a los escritores en asturiano no nos invitaban a este tipo de cosas; cuando algún colega se quejaba yo me sonreía y le contestaba que esa suerte teníamos: como no nos invitaban a los cócteles, teníamos tiempo de sobra para leer, traducir, pensar. Ahora, por lo menos a mí, la llamada se repite con harta frecuencia. Javier Almuzara, socarrón, me dice en Casa Julio que él advierte en todo esto una estrategia imperial. Y yo, encendiendo un cigarro, le contesto: «Seguro que hay alguien que lo piensa».
Miércoles, 8 de marzo
Día de la Mujer Trabajadora
Hoy se celebra el Día de la Mujer Trabajadora. Si hay alguna ideología justa, si hay algo por lo que merezca la pena luchar, es por la igualdad: entre los sexos, por supuesto, y también por esa otra de la ciudadanía ante la riqueza y las oportunidades. Es cierto que nuestra sociedad ha cambiado mucho, pero también es verdad que mucho ha de cambiar. Me entero de que por la tarde Amelia Valcárcel leerá un manifiesto en una concentración feminista: me gustaría pasar por allí y saludarla; al espíritu impaciente, ésa es mi experiencia, siempre le calma la voz de la inteligencia.

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