Una nueva polémica (política, claro) pone a la inteligencia asturiana al borde del ridículo. Como suele ocurrir casi siempre que se abre la caja de los truenos en Oviedo, el estruendo de las palabras --las dichas y las escritas-- acaba pasando a la historia de Asturias como uno de los momentos más sublimes de la empecinada necedad colectiva que padece la sociedad regional. La bronca es institucional ... No se discuten las esencias de la democracia autonómica, ni se polemiza por culpa del poco peso político que esta autonomía parece tener --o tiene, realmente-- en el consabido concierto nacional . Tampoco se riñe por algo tan peliagudo como, por ejemplo, podría ser que, en este momento, la izquierda parece de derechas, mientras que la derecha se va pareciendo mucho más, cada día que pasa, a la extrema derecha.

El lío que ahora distrae a la inteligencia asturiana se armó porque un hipotético (por ahora) Museo de los Premios (Príncipe de Asturias) podría ser instalado --seguramente, se instalará-- en Avilés. Es decir, el ruido que ahora aturde a los asturianos ha sido originado por un asunto que, de momento, no es más que una idea abstracta que se piensa concretar con la construcción de un edificio monumental cuyos méritos arquitectónicos están, al parecer, avalados por uno de esos excepcionales arquitectos del siglo XX (Oscar Niemeyer, por ejemplo) que han conseguido demostrar que, además de grandes edificios, también construyen espectáculos de hormigón.

De este suceso, que ha sido convertido en una cruzada para salvar el honor de Oviedo, lo que más interesa es saber cómo será el final del mismo. Aunque casi se podría apostar por que el disputadísimo proyecto de museo acabará siendo, en primer lugar, un orgullo para los avilesinos --quienes, después de haberse acostumbrado a la arquitectura mastodóntica (Ensidesa, por ejemplo), están muy familiarizados con los grandes espectáculos arquitectónicos-- y, en segundo lugar, otro orgullo para quienes sientan la necesidad de liberarse de pensamiento único que patrocina el gobierno de la heroica Ciudad de Oviedo...

SOSPECHO QUE este súbito fragor dialéctico, que asorda a la sociedad regional, acabará remansando lenta y dócilmente en la orilla de la ría de Avilés en donde el arquitecto citado, Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 1989, levantará el artilugio del museo. Sobre todo, una vez que se hayan aplacado las furias electoralistas que traen de cabeza a los protagonistas del sistema y que vuelven locos a los coristas de la danza de los votos. Aplacadas las furias, y civilizadas las fobias, se podría intentar la recuperación del sentido común perdido --el colectivo y el individual-- y emprender el camino de vuelta hacia el silencio, porque, como decía Paul Valéry, un átomo de silencio es la mejor oportunidad para obtener un fruto maduro. O, como dijo Manuel Azaña, si los españoles hablaran sólo de aquello que saben, se produciría en este país un largo silencio que podríamos aprovechar para dedicarnos al estudio.

Si los asturianos fuéramos capaces de quedarnos callados durante un minuto --sólo un minuto-- antes de ponernos a hablar, descubriríamos con asombro que durante estos primeros treinta años de democracia hemos perdido infinidad de ocasiones para guardar silencio, lo que nos hubiera permitido que nos diéramos cuenta de la importancia que tiene saber escuchar en una sociedad tan plural como la nuestra.

Entre otras cosas, probablemente se habría evitado esta actual y absurda polémica (insisto: política), que tiene todas las trazas de acabar convertida en una histeria colectiva. (He dicho histeria, no dije historia...)

Está muy claro que los asturianos, además de agremiarnos mayoritariamente en partidos políticos, estamos divididos en tribus , y cada una de estas tribus en varias etnias . Las tribus dividen al territorio en espacios acotados, y las etnias dividen a la sociedad en grupos enfrentados. En este caso, la tribu de Ovetonia se opone a la tribu de Avilesia ; mientras que las etnias socialdemócratas se enfrentan a la etnia ultraconservadora, asistida de alguna manera por individuos de etnia liberal, demócrata y republicana. Lo cual, quiere decir que hay etnias que todavía no tienen muy bien definida su naturaleza ideológica. En Asturias, desde hace treinta años, esto es muy frecuente.

A LA VISTA DE esta Babel, se podría deducir que la enfermedad principal de esta superfragmentada sociedad está provocada por el continuo choque de las plurales sintaxis (étnicas y tribales) que cada uno de esos grupos utilizan para expresar sus ideas. Del fragor de estos choques, sólo se saca en limpio que a los asturianos, en general, nos falta capacidad para la reflexión. Con un átomo de silencio obtendríamos un átomo de lucidez entre los dos, conseguiríamos otro átomo de sensatez, que sería muy importante para beneficiarse de ella en los momentos de confusión e infortunio.

Recomendar silencio precisamente cuando los metafísicos de las diferentes etnias ensordecen a la inteligencia con sus discursos patrióticos no es una invitación a la indiferencia, sino una petición de serenidad para dedicarnos a la reflexión. Lo cual es casi lo mismo que solicitar el concurso de la razón. Por lo menos, seamos razonables; mejoremos nuestras respectivas sintaxis... Razonando, es posible que evitáramos el vicio de confiarles a las palabras la tutela de nuestras vanidades. Si fuera posible, desearía que a esta histérica historia africana le pusieran música para que mañana, en el Campoamor (de Oviedo) los futuros ovetenses disfrutaran con El Museo , zarzuela del género chico. Evitaríamos la vergüenza ajena y la propia.