Cuando las segundas partes son mejores, de Eugenio Trias en El Mundo
No sólo el Quijote cervantino refuta el dicho popular: nunca segundas partes fueron buenas. También la Transición política española supera con creces su precedente republicano. En cierto modo, es la segunda versión, muy mejorada, del casi único adelanto democrático de este país. Si se trazan las historias paralelas de la II República y del Estado de las Autonomías se advierte hasta qué grado la trama política de los últimos 30 años es superior.
Karl Marx señaló que la Historia se gesta primero en forma épica (Napoleón Bonaparte) y luego en forma de parodia (Napoleón III).La Transición española desmiente esa reflexión: la segunda versión repite la primera en una escala más elevada.
La II República terminó del peor modo. Tras seis años de anarquía, de conflictos sociales, de odios regionales, de desafíos al poder establecido, sobrevino un golpe militar que generó un conflicto civil con más de un millón de muertos, al que siguió una férrea dictadura de 40 años. La gesta de la Transición parece remedar uno por uno, siempre en balance favorable, los episodios de ese pésimo precedente. Los actores y testigos de ese esfuerzo colectivo han compartido el empeño de torcer una fatalidad: la que le hizo decir al poeta Gil de Biedma que, de todas las historias, la de España se caracteriza porque siempre acaba mal.
Los españoles padecemos escasez de signos de identificación que nos permitan sentirnos orgullosos de nuestros ancestros. No hace falta recordar la esterilidad de los intentos eruditos, a lo Menéndez Pelayo, por querer demostrar que hubo siempre Ciencia Española. Desgraciadamente no fue así. No hubo tal cosa, al menos hasta Ramón y Cajal, como no hubo música antes de Manuel de Falla, ni filosofía hasta llegar a Unamuno, Eugenio D Ors y Ortega y Gasset, ni pintura moderna hasta la generación de Picasso y de Miró, ni arquitectura innovadora antes de Gaudí, ni literatura de verdad anterior a la Generación del 98 (y sólo con benevolencia antes de La Regenta o de Galdós). No hubo en este país algo semejante a Montaigne, a Descartes, a Spinoza, a Hobbes, a Bodino, a Montesquieu.No hubo un Monteverdi o un Purcell, o un Händel o un Schütz; ni desde luego un Haydn o un Gluck o un Rameau. Ni hubo tampoco ningún Galileo, Newton, Kepler o Tycho Brae. Ni tampoco un Goethe, un Schiller, un Voltaire, un Rousseau un Kant, un Balzac, un Stendhal, un Dickens, un Baudelaire o un Rimbaud.
Hay que remontarse hasta los vihuelistas y organistas del Renacimiento, o a Victoria, a Morales, o a Guerrero, del siglo XVI, para enlazar con el tímido renacimiento musical del siglo XX. O a Ramon Llull y a Francisco Suárez para retomar el hilo del discurso filosófico con Ortega o con Zubiri. Goya es simplemente excepcional. Tras Calderón, el paisaje literario se vuelve desolado; o es obra de epígonos. No hay romanticismo interesante. No lo son el Duque de Ribas ni Zorrilla. Bécquer es un espectro solitario. Tras Velázquez la pintura se vuelve mediocre. Goya es el genio excepcional que surge cual Coloso ante una multitud que huye, o que aborrece todo lo que signifique Ilustración, ciencia, pensamiento. La cultura se ha construido en Europa al margen de España. Sin España.
Y si España presenta ese erial cultural, ¿qué decir de las nacionalidades históricas? Si en el caso español el hilo del argumento pictórico o literario se quiebra después del Barroco, ¿qué decir de una ciudad como Barcelona en la que al brillantísimo gótico civil sólo le responde el magnífico modernismo, pero en donde no hay rastro interesante de todo lo que entre tanto sucedió: Renacimiento, Manierismo, Barroco, Neoclasicismo, Clasicismo Romántico? Como si entre el siglo XIII y finales del XIX esa hermosa ciudad hubiese vivido una vida puramente vegetativa, a espaldas del arte y de la cultura. La misma vida inane a la que un nacionalismo galopante y autosatisfecho conduce -ahora- hacia una paulatina pero inexorable decadencia.
España tiene ese gran déficit: sus momentos de máxima gloria política fueron también los más tenebrosos en sus formas. La leyenda negra no se gestó en vano. No todo son tropelías de algunos escritores alemanes protestantes o ilustrados al estilo de Schiller.La Inquisición, las hogueras, la Contrarreforma, todo tiene siempre el tristísimo sello de lo español.
Apelar, frente a esa Historia algo siniestra, a las gestas catalanas, como se narran en las historias que hoy circulan entre los institutos de secundaria de Cataluña, es todavía peor: obliga a la acrobacia de imaginar una edad de oro medieval que ya en plena Edad Media, con el Compromiso de Caspe, se tuerce de forma definitiva. La inevitable decadencia cubre, entonces, toda la historia de Cataluña hasta finales del pasado siglo. Si la Historia de España de esos siglos es triste y mediocre, la de Cataluña es desoladora.
Pero ha habido en estos últimos 30 años una voluntad firme por doblegar ese destino infausto. Esas tres décadas de prosperidad y de incremento en todos los terrenos, incluido el educativo y cultural, mejoraban con creces el primer intento amplio y ambicioso, pero trágicamente fracasado, por introducir costumbres democráticas modernas en nuestro país. La segunda parte era la buena: la historia de la II República quedaba, de pronto, ampliamente rebasada.
Podría demostrarse esa versión rectificada en todos los episodios en que la II República se fue desglosando, desde el fin de la dictadura de Primo de Rivera hasta la Guerra Civil y la dictadura franquista. Al Gobierno del general Berenguer, tras la caída de Primo de Rivera, se correspondería el primer Gobierno de la monarquía restaurada, con Arias Navarro al frente. Pero pronto sucedió algo inesperado: la creación de un Centro Democrático, con Adolfo Suárez como presidente, que fue capaz de conducir el proceso democrático mediante una Constitución de general consenso, unos estatutos de autonomía queridos por la mayoría, y unos excelentes Pactos de la Moncloa que aseguraron la paz civil, social y económica del país.
Al Gobierno Berenguer sucedió el periodo más estable de la II República, con Azaña al frente en coalición con los socialistas.Pero ese episodio fue superado por el Gobierno socialista de Felipe González, quien, en mayoría absoluta varias veces revalidada, pudo realizar una importante labor de gobierno en muchos frentes: reforma del Ejército, reconversión industrial, lucha contra el terrorismo e integración en Europa y en los grandes organismos internacionales occidentales.
Al final, Azaña y su Gobierno se hundieron por un escándalo rural: Casas Viejas. También un escándalo terminó con los gobiernos socialistas: la corrupción y la trama del GAL. En ambos casos se dio paso, entonces, a un Gobierno del partido democrático de la derecha: una coalición de la CEDA con los republicanos de Alejandro Lerroux en la I República, que iniciaron el llamado bienio negro; un Gobierno del Partido Popular, presidido por Aznar, en la España democrática de mediados de los años 90.
De nuevo el Partido Popular mejoró en términos comparativos el bienio negro: dos legislaturas, ocho años. El buen gobierno de la primera legislatura de Aznar, unida a la actitud ejemplar de su partido ante la acometida del terrorismo de ETA, le dio la mayoría absoluta en las siguientes elecciones. Pero a mitad de esa segunda legislatura sobrevino la hybris. Aznar fue víctima de su propia virtud: quiso dar ejemplo de autolimitación en el poder con dos únicos mandatos. Pero entonces se vio con las manos libres para intervenir en asuntos mundiales sin tener que dar cuentas al electorado. Comenzó a cometer errores descomunales, como la participación en la Guerra de Irak.
El hecho trágico de la reciente historia de España, el atentado del 11 de marzo, cuya trama todavía se desconoce, determinó el final de esos ocho años de un Gobierno democrático de derechas.En el caso de la coalición republicana (la CEDA y el partido radical), ese final fue precipitado por un hecho económico de pura picaresca: el escándalo protagonizado por dos personajes austriacos (Strauss y Pearl), junto con miembros del Partido Radical, responsables de crear una nueva palabra que gozaría de gran prosperidad durante el primer tramo del franquismo: el estraperlo. Ese episodio, junto a la insurrección catalana de Companys, y a los trágicos acontecimientos de Asturias, fomentó el enconamiento entre masas de derechas y de izquierdas durante la siguiente legislatura, en la que de manera inesperada ganó, por poca diferencia, el Frente Popular. Comenzó un breve periodo de trágicos enfrentamientos, preludio del golpe militar que alumbró la Guerra Civil. Al frente del Ejecutivo se hallaba el más iluso, absurdo e infeliz de los políticos, el pobre Casares Quiroga, que siempre negó lo evidente: que se estaba preparando el terrible acto de insurrección militar que ocasionó la mayor y más sangrienta contienda civil de toda la Historia de España.
En algunos rasgos el actual presidente del Gobierno podría evocar a Casares Quiroga. Pero Zapatero no es un iluso, o no lo es hasta ese grado. Parece, ciertamente, una persona irresponsable y falta de escrúpulos, con un sumario conocimiento de la Historia del país que rige. Frente a él se halla una oposición que no acierta a desengancharse del escenario de frustración generado por el modo en que perdió el poder.
Por otra parte, Zapatero, que no es un dechado de lealtad, no parece darse cuenta de las consecuencias reales de sus decisiones políticas. La inconsciencia y la irresponsabilidad marcan sus actuaciones. Ha embarcado al país en aventuras imprevistas e innecesarias que sólo una minoría podía desear (y no en escenarios militares lejanos, como Irak, sino mucho más cercanos, en Cataluña y el País Vasco). El lamentable asunto del Estatuto es la mejor prueba. Se podía haber evitado sólo con haber manejado las cosas con algo de previsión y de inteligencia. No ha sido así.
Este Gobierno es, sin duda, el peor que ha sufrido esta democracia nacida hace ahora 30 años. Pero el país ha dado tal cambio en todos los frentes que puede tolerar incluso una sucesión de gobiernos pésimos. El ambiente político actual es bronco. Es posible que se mantenga así durante bastante tiempo. Quizás durante años.Las dos grandes formaciones políticas, cada vez más enfrentadas, se neutralizan mutuamente. Las encuestas establecen un elocuente empate técnico. Y sólo son partidos bisagra los nacionalistas, más o menos radicales, que representan a pequeñas minorías.
Ahora parece tocar, en justa correspondencia con el precedente republicano, un remedo del Frente Popular: un Gobierno extremista, de un izquierdismo infantil, del que sus correligionarios de izquierdas de Italia tratan una y otra vez, con toda la razón del mundo, de desmarcarse. Un Gobierno que no genera confianza en casi nadie, ni aquí ni fuera de aquí. Ni siquiera en las filas de su propio partido. Pero que tiene frente a sí una oposición anclada en su nostalgia de un poder, según ellos, arrebatado por medios turbios y torcidos. Unos, los populares, quieren lo imposible: ganar esas elecciones pasadas que, a su parecer, alevosamente les robaron. Pero el delirio del actual Gobierno es todavía mayor.Quieren ganar la Guerra Civil (¡ahora!). Y en su insensatez han decidido que media España, la que suele votar al Partido Popular, debe quedar fuera del juego político democrático. Se asiste, así, a una contienda verbal diaria nada halagüeña. Pero de nuevo ese escenario constituye algo mucho mejor que lo sucedido, de forma anticipada y paralela, en el periodo de la II República.
Esa bronca cotidiana es, sobre todo, alentada e impulsada por un Gobierno que parece más bien ser la oposición de la oposición, ya que sólo en su confrontación con el Partido Popular puede legitimarse (pues sus logros son nulos, y su acción de gobierno, mala). Esta actitud del Gobierno es la que genera crispación; aunque una oposición poco matizada la secunda. No hay signo alguno, de momento, de que este Mal Viaje termine, o pueda terminar, en una contienda civil. El país ha sufrido una transformación económica, social y cultural de tal calibre que ese escenario es, hoy por hoy, bastante remoto. Pero conviene estar siempre vigilantes y no olvidar la Historia (para no repetirla).
Eugenio Trías es filósofo y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.
