El pasado sábado 4 de marzo amaneció eso que en mi pueblo palentino llaman “un día de perros”, con viento, mucho frío y aguanieve. Un día para quedarse en casa. En Barcelona, sin embargo, casi 4.000 personas salieron a la calle, que ya es hora, para acercarse al teatro Tívoli, donde estaba a punto de nacer, criatura de marzo, un partido político extraño, un partido contracorriente, un partido antipartido, casi una flor en medio de la tempestad: un partido catalán no nacionalista... ¡Estos romanos están locos!

Me refiero a Ciutadans de Catalunya, que así se llama la criatura. El parlamento inaugural de uno de sus promotores, Arcadi Espada, es una pieza antológica cuya lectura recomiendo vivamente. Empezó el caballero de esta guisa: “Queridos amigos, muy buen día tengan”. Comprenderán ustedes que semejante saludo invitaba a sentarse y escuchar atentamente, porque algo importante estaba punto de ocurrir, y es que aquello no era un meeting al uso, con aplausos reglados, megafonía a tope, banderas al viento y demás parafernalia que suele acompañar la puesta en escena de este tipo de actos en un partido convencional.

Dos ideas centrales recorrieron la intervención de Espada: por un lado, la necesidad de ennoblecer la política, particularmente la catalana, tras veintitantos años de pujolismo a palo seco que han desembocado en el pestilente paisaje del “vostè té un problema” y en el nuevo Estatut, especie de Constitución a la soviética manera con vocación de reglar hasta la vida privada de los catalanes, convertidos por la ensoñación nacionalista en adoradores del becerro de oro de la Cataluña Nación, a cuyos pies hay que depositar en resignada ofrenda la capacidad de pensar, discrepar y actuar como hombres libres.

Dice Espada que eran muchos los que se carcajeaban de los “intelectuales” y su pretendido nuevo partido: “Uf, no es para vosotros, la política da mucho trabajo. Y algún otro mostraba un realismo caníbal: La política es sucia. La coincidencia era general: la política es un trabajo innoble, que hay que dejar en manos de profesionales. Decían profesionales pero querían decir tahúres...”

Por otro, la necesidad de suturar la herida abierta entre Cataluña y el resto de España, una herida que corre el riesgo de hacerse abismo infranqueable por culpa de los sembradores de vientos del imaginario nacionalista. Sostiene Arcadi que “España, y por lo tanto Cataluña, es una trama de afectos” producto de la descomunal acción combinada de la geografía y la historia a lo largo de los siglos, trama que va mucho más allá de las balanzas fiscales cuya utilidad ética y técnica es cero. “Ética y técnica”, aclara, que “no étnica. Étnicamente no cabe duda de que son muy útiles”.

De modo que urge restablecer la confianza y la complicidad entre españoles, y poner un coto de sentido común a esos sistemas de Educación que persiguen levantar la empalizada del odio frente a todo lo que suene, venga o huela a España, hasta hacer añicos esa realidad geográfica, histórica y cultural común de siglos. Restablecer la confianza. Restaurar la cordialidad. Hacer brotar hojas nuevas en el centenario árbol de la amistad. “También aquí Ciutadans tiene mucho que hacer”.

Pero no solo Ciutadans de Catalunya. O no particularmente Ciutadans. Uno diría que los dos grandes partidos nacionales, PSOE y PP, tienen una grandísima responsabilidad en la deriva mostrada por unos partidos nacionalistas que fueron los grandes beneficiarios del reparto del poder urdido a la salida del franquismo y plasmado en la Constitución del 78, Constitución a la que luego han traicionado y utilizado en su personal provecho para, llegados a un punto, pretender arrojarla por el sumidero de la Historia como un objeto inservible al que ya no se puede sacar más partido.

La responsabilidad de PSOE y PP estriba en su negativa radical a hacer del sistema salido de la muerte de Franco una verdadera democracia. Muchas veces he escrito que del pestilente concubinato en que en Madrid han vivido, juntos y revueltos, el poder político representado por los dos grandes partidos turnantes y el poder económico-financiero, con la bendición de la Corona por arriba, no podía salir más que un régimen corroído por las termitas de la corrupción, una democracia de tan baja calidad como la nuestra.

Sin un centro convertido en faro capaz de emitir señal o ejemplo moral digno de ser imitado por las periferias, al final ha ocurrido lo que tenía que ocurrir. Las minorías nacionalistas han decidido jugar el mismo perverso juego del madrileñeo en sus respectivas circunscripciones, tratando de meter la cuchara en el mismo festín, se han rebelado contra Madrid, ansiosas por reproducir el mismo corrupto modelo aquí y allá. Y ello en nombre del Dios nacionalista al que todos deben pleitesía, al margen del interés de los ciudadanos y del más elemental sentido común. Una bocanada de aire fresco nació un sábado de marzo en el Tívoli de la barcelonesa calle Caspe. Sea bienvenida.