Un partido político es una gran familia, y ya dejó dicho Leon Tolstoi al comienzo de Ana Karenina que «todas las familias felices se parecen, pero cada familia desdichada tiene sus propias peculiaridades».Va para dos años que la familia popular tuvo una gran desgracia y, después del periodo de duelo, este fin de semana ha salido al Campo de las Naciones para levantar cabeza.
La juerga fue preparada por todo lo alto. En un salón primorosamente decorado y en torno a un menú exquisitamente preparado. Los más jóvenes de la familia se han divertido mucho y han contagiado su entusiasmo a los mayores de la casa. Desde el punto de vista del marketing, la Convención del PP ha sido un éxito. Escenarios de impacto, fuegos artificiales, imágenes de futuro, estética rompedora, mensajes en el ciberespacio y música étnica. Combinado todo ello con el tipismo de los productos de las tierras de España.
Pasado y presente. Tradición y modernidad proyectadas hacia el «futuro», una palabra que gusta a todos los publicitarios porque el ser humano siempre espera que lo mejor esté por venir.
El PP, siguiendo a Tolstoi, tiene sus propias peculiaridades.El primogénito que se quedó con la herencia decidió conservar tal cual el legado del abuelo y del padre. De tal suerte que en el PP hay hasta tres presidentes. Manuel Fraga, presidente fundador, José María Aznar, presidente de honor y Mariano Rajoy, presidente nacional. El abuelo Fraga, más o menos, ha quedado para contar batallitas. Pero el padre Aznar es mucho padre. Cada vez que habla tiembla el misterio. Su retrato, temible y respetado, sigue colgado en la pared noble del salón donde se reúne la familia popular.
Sin eufemismos: a los militantes del PP les encanta Aznar. No quizá por lo que dice, que a algunos les puede parecer excesivo, sino por el poderío con el que lo dice. En la Convención de este fin de semana, el Júpiter tronante ha vuelto a galvanizar las emociones familiares.
Y encima ayer vino de fuera un invitado a la comida familiar que es como él.
Un auténtico animal político. Nicolás Sarkozy se subió al escenario y, con su pequeña figura y su poderosa voz, levantó la pasión del auditorio. Primero en español con mucho acento y luego en francés. Los militantes del PP salieron de la Convención deseando empadronarse en Francia para votar a Sarkozy, que comenzó su mitin diciendo: «Creo en la unidad de España, España es una gran nación». «José María, estoy orgulloso de ser tu amigo, hiciste posible el renacimiento español, no deben importarte las ingratitudes; decía Churchill que la ingratitud es la marca de los grandes pueblos, la Historia y los españoles te recompensarán tu compromiso».Los aplausos eran atronadores y amplificados porque el escenario era como un plató de televisión, donde se apiñaban muy juntos decenas de jóvenes deseando gritar.
El invitado francés se lo puso difícil al primogénito de la familia, en honor del cual había sido convocada la celebración. Sarkozy dejó el escenario caliente, preparado para la traca final.
Una de las peculiaridades de la familia popular es que todos esperan que Mariano Rajoy dé la campanada cada vez que habla.En cierto sentido, el líder del PP es víctima de las expectativas.Muchos dirigentes populares, casi todos, llevaban tres días repitiendo que lo importante de la Convención iba a ocurrir el domingo a la una de la tarde cuando el primogénito de la familia se subiera al escenario para aclararnos cuáles son sus propuestas de futuro.El padre Júpiter se ha desahogado, pero ahora lo importante es que nos digan qué vamos a hacer para ganar las elecciones.
A este respecto, la familia popular no es una piña. Hay hijos muy bien colocados que apuestan por seguir la senda de dureza que impone Aznar y otros que piensan que hay que ser más comedidos para captar a los votantes que perdieron el 14-M. El problema de Rajoy es que tiene que contentar a todos los hermanos, y así no hay quien trabaje. El líder del PP hizo ayer un discurso más propio del Parlamento que del plató de televisión en el que tenía que actuar.
Indudablemente, su intervención agradó a los hermanos que piden moderación -Alberto Ruiz-Gallardón, Josep Piqué, Alberto Núñez Feijóo, Francisco Camps, Jaume Matas- y defraudó al macizo de la raza. Criticó a Zapatero con dureza, pero con más comedimiento que otras veces. No utilizó ni una sola vez la ironía, su recurso más celebrado, ni buscó el fervor de los suyos. Tendió la mano al Gobierno y se ofreció a los españoles como dirigente «sólido» para sustituir al «imprevisible» Zapatero.
Después de escucharle, los más veteranos del partido aseguraban que el presidente del PP quiso llegar con su discurso fuera del recalentado pabellón de la Feria de Madrid, que se dirigió a aquellos españoles que aún no confían en el PP, a los que hay que convencer para que le voten, mientras que Aznar, Acebes o Zaplana hablaron para los que ya están convencidos.
El sino del primogénito de la familia parece ser contentar un día a unos y otro día a otros. El Rajoy que subió al escenario era él mismo, vestido de sí mismo y cumplidor de sus obligaciones.Pero enfrió a la militancia que llevaba tres días levantándose de sus asientos para aplaudir al grito de «vamos a ganar las elecciones» o «Mariano va a ser presidente». «Oa, oa, oa Mariano a La Moncloa». Los jóvenes del escenario habían gritado hasta enronquecer.
Pero el interesado no gritó aquello de «vamos a ganar» ni dijo que iba a ser presidente. Lo que sí advirtió es que no quiere ser ni un «taumaturgo» ni un «visionario metido a redentor».Quizá la familia popular esté buscando al taumaturgo perdido capaz de hacer milagros. Rajoy intenta proyectarse hacia el futuro.Aunque, de momento, en el presente, el PP se ha abonado a Woody Allen. El secretario general, Angel Acebes, citó en su discurso la célebre frase del cineasta: «Me gusta el futuro porque es el lugar donde voy a vivir el resto de mi vida».

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