Ciutadans de Catalunya se convierte en partido político tras casi un año de gestarse en público y otro en privado

Francescs de Carreras, Eugenio Trias y Victoria Camps pusieron en marcha a mediados de los noventa el Foro Babel, una asociación con la que pretendían analizar el nacionalismo catalán «desde una posición discrepante de la oficial».
El babelismo se articuló a través de dos manifiestos que en 1997 y 1998 ponían en entredicho la política lingüística del Govern de CiU. Este movimiento nunca llegó a ser más que un punto de encuentro entre intelectuales unidos por un sentimiento común.

Cuando en diciembre de 2003, los socialistas catalanes, con Pasqual Maragall al frente, llegaron a la presidencia de la Generalitat, la esperanza de que una Cataluña menos nacionalista se hiciese realidad se abrió ante los babelistas y quienes pensaban como ellos.

Un año de tripartito fue suficiente para que esa esperanza se desvaneciese. De Carreras, Trias, el actor Albert Boadella, el periodista Arcadi Espada y los escritores Iván Tubau, Félix de Azúa y Horacio Vázquez-Rial, entre otros, empezaron a quedar para cenar con cierta asiduidad en el Taxidermista, un restaurante de la barcelonesa plaza Real.

Los comensales coincidieron en que la gestión del nuevo Govern era decepcionante, pues priorazaba «lo simbólico» frente a los problemas reales de la ciudadanía. Así, en torno a la mesa, se gestó la idea de buscar alternativas contra la «uniformidad nacionalista» que, a su juicio, impera entre la clase política catalana.

Poco a poco el proyecto fue ganando osadía y ambición y, al final, los 16 intelectuales decidieron hacer algo más que compartir mantel y optaron por lo más arriesgado: poner sus ideas en manos de los ciudadanos e invitar a los catalanes descontentos con el nacionalismo a crear un nuevo partido político laico, defensor del mercado libre aunque regulado, abierto al mundo exterior y a los avances científicos, garante de los derechos individuales y sociales y, sobre todo, no nacionalista.

Estas ambiciones se plasmaron en un manifiesto, que este diario hizo público el 30 de mayo del año pasado. En el documento -que también suscribían Carlos Trías, Ferran Toutain, Aña Nuño, Teresa Giménez y Félix Romera-, los intelectuales detectaban la «decadencia económica» en la que, en su opinión, se ha sumido Cataluña como consecuencia de los 23 años de reivindicaciones nacionalistas de los Gobiernos de Jordi Pujol.

También subrayaban que «una vez más lo simbólico ha desplazado a lo necesario» en la política catalana. Denunciaban el «creciente aislamiento de Cataluña respecto al resto de España». Y ponían en entredicho la política lingüística de la Generalitat que «no ha impedido que los estudiantes catalanes ocupen uno de los niveles más bajos del mundo desarrollado en comprensión verbal y escrita».

El 21 de junio del año pasado, el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona acogió el primer acto público de la nueva plataforma.Al encuentro acudieron unas mil personas que celebraron la idea de crear un nuevo partido político para representar al sector de la población catalana que no se siente nacionalista.

Para sus promotores, este acto fue un «éxito» que superó sus expectativas. Pero el encuentro sirvió también para que otros grupos de opinión, contrarios a los planteamientos de estos intelectuales empezasen a lanzar críticas contra su proyecto. ERC calificó la iniciativa de «campaña anticatalana, panfletaria y demagógica».ICV la consideró «una maniobra de tipo lerrouxista. Y el conseller primer, Josep Bargalló, ironizó sobre la condición de intelectuales de los firmantes del manifiesto.

Pronto las críticas se convirtieron en algo más que meras palabras o burlas. Boadella aseguró que había recibido amenazas de muerte.Poco después, el periodista Oriol Malló propuso desde las páginas de Avui el «exterminio» de la plataforma, que no dudó en llevarles a los tribunales.

A pesar de encontrarse con una importante oposición, los intelectuales -bajo el nombre de Ciutadans de Catalunya- siguieron adelante con su proyecto. Se reunieron con Maragall, quien les recibió de buen grado. Y con el líder del PP catalán, Josep Piqué, quien les pidió que no constituyesen el nuevo partido, pues podía restar votos al Partido Popular.

Aunque el encuentro con Piqué fue «cordial», los intelectuales no hicieron caso de su petición y, por el contrario, impulsaron una serie de conferencias por distintos puntos de Cataluña para dar a conocer su mensaje. En alguna de estas charlas -como las de Girona y Sant Cugat-, Ciutadans de Catalunya se enfrentó a grupos independentistas que trataron de impedirlas.

Sin embargo y más allá de las críticas, tras un año de gestación en privado y otro ante el público, el proyecto de estos intelectuales ha tomado forma. Se ha materializado en 6.000 simpatizantes, 800 afiliados, 40 agrupaciones territoriales y unas diez sectoriales.También tiene sede en la plaza Urquinaona, aunque aún no ha encontrado un candidato que presentar a las elecciones autonómicas. No obstante, Ciutadans de Catalunya está decidida a poner toda la carne en el asador y a tratar de lograr algún escaño en el Parlament.