ME lo dijo la otra mañana Albert Boadella, con la luz de un marzo ya casi primaveral esculpiendo los huecos de la Pedrera: «Si tuviese ahora cuarenta años, me metía a fondo». Se refería a la política, esa función que alguna vez, ya tiempo atrás, llegamos a identificar con una forma de cambiar el mundo. Eso era cuando pensábamos que la Historia iba a ser como nos la merecíamos, cuando al menos un par de generaciones de españoles creímos que el anhelo de libertad traería una democracia de ciudadanos, cuando soñábamos con el viejo ideal de los patricios que dejaban el arado para ceñirse la túnica de los patres conscripti, cuando nos resistíamos a creer que aquella utopía iba a acabar en manos de una casta de chamanes.

Está Boadella ahora, con otros intelectuales catalanes, gente del pensamiento, de la Universidad, de la cultura, en ese umbral incierto entre la rebeldía civil y un lógico pesimismo histórico. Asfixiados por un nacionalismo crecido en su deriva de exclusión, se niegan a enrocarse en la pasividad y reclaman un hueco en la escena pública para no hacerse cómplices de una ignominia. Han llegado a una conclusión tan evidente como desalentadora: si el 90 por ciento del Parlamento autonómico se ha embarcado en el delirio del Estatuto, es porque la clase dirigente ha perdido pie en la realidad social. Y quieren participar, ese verbo olvidado en esta cómoda democracia delegada. Quieren que bajo la alharaca del desvarío nacionalista, bajo el ruido que construye artificialmente una presunta nación, se escuche la voz de los ciudadanos. Clara como una lámpara, simple como un anillo, dijo Neruda.

Van a formar un partido. Se estrellarán con él, probablemente, y sufrirán en ese caso el escarnio de los instalados que siempre hacen desprecio de los outsiders. Puede que se equivoquen al confiar demasiado en el hastío del pueblo ante los cauces convencionales. Y suele constituir un axioma que en la política los intelectuales aciertan en el diagnóstico tanto como yerran en las recetas. Pero es bonita su aventura, y ojalá sepan conservarla con la frescura levantisca de este comienzo. Porque tiene el valor de un paso al frente en medio del conformismo, de un gesto rebelde contra la mediocridad, de una apuesta por la utopía civil tras el fracaso de unas instituciones degradadas.

Y es que algo falla, alguna grieta se ha abierto en el sistema cuando cada vez más gente se siente al margen de un juego que no entiende. Cuando los partidos se vuelven maquinarias de poder que olvidan o postergan las demandas de la calle. Cuando el pueblo no tiene voces con las que hacerse oír en la atmósfera viciada de un teatro estéril. El de Cataluña es un caso escandaloso de autismo político de los partidos, una enajenación clamorosa y desatinada. Pero no es el único: toda esta quimera alucinada que vivimos bajo la sensación de que nos llevan por donde no queremos es sólo la evidencia de que alguien se ha dejado atrás a los ciudadanos en nombre de una razón enajenada.