¿Dolores de cabeza? Como Caterina Mieras es médico de profesión, aunque últimamente despache en el puente de mando de la Conselleria de Cultura, sabe que los quebraderos de cabeza que a buen seguro ha padecido esta semana tienen evidentes motivos exógenos. Aún no recuperada del primer mazazo, de la dimisión de Xavier Folch del Institut Ramon Llull con acusaciones de falta de independencia, en los últimos días, a la consellera le han llovido golpes con la fuerza de una tormenta tropical. Por un lado, parte del sector cultural catalán ha aprovechado el affaire Llull para insistir en su reclamación de ese Consell de la Cultura i les Arts que perfiló Josep Maria Bricall y que todavía no ha pasado por el Parlament, pese a que se prometió que estaría aprobado antes de que finalizara el pasado año. Por otro, la diputada convergente Carme-Laura Gil le hizo sudar la gota gorda en el pleno del Parlament del pasado jueves, cuando la acusó de convertir Cataluña en «Casteluña».Y, por si fuera poco lo hasta aquí relatado, el viernes -para acabar la semana con mal pie-, a Mieras se le complicó considerablemente la conferencia de prensa que había convocado para presentar un programa - aún inexistente- de desembarco de la cultura catalana en la Feria de Frankfurt de 2007. El encuentro con la prensa le sirvió a la consellera para probar su temple y demostrar que es capaz de sonreír al mal tiempo, aunque el esbozo de sonrisa vaya acompañado de un educado, pero inoportuno, «me permitirá que no conteste». Y ¿cuál era la cuestión que la consellera Mieras intentaba driblar? Cualquiera que estuviera relacionada con el Institut Ramon Llull o la dimisión de Xavier Folch. Y es que parecía no entender Mieras que, hasta ahora -y si las cosas cambian hay que explicar las razones-, todos pensábamos que era el Ramon Llull el encargado de organizar esa presencia internacional.
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