EL RIESGO DE GUERRA CIVIL.
Si hubiera en Irak un enfrentamiento al estilo del que hubo en el Líbano, será imposible que EEUU opere las bases que garantizan el flujo de petróleo desde el Golfo Pérsico.
Una vez un noble samurai preguntó a un monje zen, «Venerable señor, ¿existen el Cielo y el Infierno?». El anciano monje paseó sobre él lentamente su mirada y le contestó despectivamente: «¿Cómo se atreve a molestarme un patán como tú con una pregunta tan estúpida?». Ciego de ira, el samurai empezó a sacar su espada de la vaina con la intención de dar muerte a aquel monje impertinente.Al oír el sonido del metal contra el metal, el monje susurró: «Escucha, se están abriendo las puertas del Infierno». Súbitamente iluminado, el samurai volvió a enfundar la espada en su vaina.Al oír el sonido del metal contra el metal, el monje susurró: «Escucha, se están abriendo las puertas del Cielo»... Eran hombres sabios. Cuando los que se dedican a este juego son tontos, se abren de par en par las puertas del Infierno y se da rienda suelta a los demonios. Irak es testigo y víctima.
El diario The Washington Post informa de que, según el principal depósito de cadáveres de Bagdad, se han registrado más de 1.300 muertes desde el atentado de Samarra. Un número más de tres veces superior que la cifra facilitada por el Ejército de los Estados Unidos y los medios. Simon Tisdall ha escrito en el diario The Guardian, que «los ataques sectarios de represalia y las divisiones cada vez más profundas tras la bomba contra la mezquita de Samarra han intensificado los temores de un deslizamiento irreversible hacia la guerra civil en Irak. Lo que no está claro, sin embargo, es qué pueden hacer para impedirla los Estados Unidos y Gran Bretaña, que carecen de ideas frescas y que han de hacer frente a una tormenta perfecta de problemas por todo Oriente Próximo».
John Simpson, redactor jefe de Asuntos Internacionales de la BBC, ha escrito que «está claro que las dos elecciones y un referéndum que se han celebrado en Irak han jugado un papel fundamental en el desencadenamiento de la violencia. Los que tendían a considerarse a sí mismos como iraquíes por encima de todo se han visto obligados de repente a tener en cuenta el hecho de que pertenecían a un grupo determinado: suní, chií, kurdo, cristiano, etcétera. El acto de votar ha sido tanto un factor de división como de liberación y el hecho de que se haya producido tres veces en 11 meses no ha hecho más que acrecentar la intensidad del problema».
El analista Robert Dreyfuss comenta que «las fantasías neoconservadoras, que ven Oriente Próximo como un tablero de ajedrez donde mover las piezas a discreción, se desvanecen. Para los muchos cientos de miles de personas que puedan morir en una guerra civil en Irak, las consecuencias son absolutamente reales». Desde el punto de vista de la decencia y de la legislación internacional, la invasión y la destrucción de Irak han sido crímenes. Sin embargo, incluso desde una lectura de la realpolitik más cínica, son un una catástrofe sin paliativos porque, si hubiera en Irak una guerra civil al estilo de la del Líbano, será imposible que Estados Unidos opere las bases iraquíes que garantizan el flujo de petróleo desde el Golfo Pérsico. ¿Quién cerrará entonces las puertas de nuestro Infierno?

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