HA tenido que ser, una vez más, Alberto Ruiz-Gallardón quien frente a la acomodaticia búsqueda del aplauso pidiera ayer a su partido que responda a los excesos de la izquierda con un mensaje moderado que devuelva la tranquilidad a los ciudadanos, porque lo que reclaman es «que devolvamos al país a un rumbo sensato desde la moderación y el sentido conciliador del centro». Vale. Pero siempre que aceptemos que lo que llamamos centro no es un programa político, una equidistancia de los extremos, un canon que delimita lo que es o no es mayoritariamente aceptable, sino un valor entendido, una metáfora posicional, un sinónimo de moderación. Si esto es así, como parece, ningún partido necesita un giro al centro, sino una profundización en la democracia real, porque sólo con el respeto a los demás, mayorías y minorías, es legítimo sustentar cualquier posición política. Si la imposición de las propias ideas exige la descalificación absoluta del otro, su humillación, su muerte civil, esas ideas no es que no sean centristas, es que no son democráticas.

Democráticas son acciones políticas de la mayoría que permiten a las minorías seguir disfrutando del régimen de libertades, pero también las decisiones, posturas e ideas de las minorías que no pueden ser acalladas por mayorías provisionales. Antes de ser militante de un partido es preciso ser un militante de la democracia. Quien se autodefine de izquierda o de derecha lo hace sobre una serie de convicciones que no por ser conservadoras o progresistas pueden dejar de ser democráticas. El centro no debe ser sólo una autodefinición que se dan partidos de derecha para parecer neutrales, ni un limbo donde los de izquierda sitúan la utopía. En el centro está la mayoría de cualquier sociedad y en él están incluidos los que no suelen votar y que, cuando lo hacen, entregan el poder a quienes no son exactamente centristas. Lo que conviene recordar ahora que la Convención el PP se dispone a fijar su ideario.