El drama de Aznar, de Juan Neira en El Comercio
EN la primera jornada de la Convención nacional del PP Aznar ha atraído toda la atención con un discurso en el que ha reivindicado la gestión de su Gobierno por el método de confrontarla con el hacer del Ejecutivo de Zapatero. El ex presidente ha querido levantar la moral de su partido con un vaticinio: vamos a ganar las próximas elecciones.
Aznar padece un síndrome bien conocido en Asturias: el del prejubilado. Con 52 años está en perfectas condiciones físicas y mentales, así que en cuanto se sube a una tribuna hace lo que sabe: dirigir un partido, actuar como un líder político nacional. La figura de los 'ex' es en política muy delicada, porque en cuanto hablan se convierten en un problema para sus sucesores. Aznar no es una excepción, sino todo lo contrario, porque dejó la batalla política voluntariamente y obtuvo un resultado que no constaba en el cuaderno azul: traspasar el poder a los socialistas. Tenía dudas entre Rajoy, Rato y Oreja, pero el destino había hecho un hueco para Zapatero. Aznar tiene todas las facultades para estar en activo y una deuda moral con su partido: colaborar en la recuperación del Gobierno. De ahí que siga tan de cerca la política nacional, formule críticas a Zapatero en sus conferencias por el extranjero y vigile cada paso que da Rajoy. Desde el 14 de marzo de 2004 vive un drama íntimo.
En el discurso de Aznar hubo dos elementos de referencia: el debate territorial y el terrorismo. El ex presidente dijo que sus pactos con los nacionalistas fueron para fortalecer España y los de Zapatero debilitan la nación. Juicios de valor aparte, Aznar entregó el 33% del IRPF a las comunidades autónomas y el 35% del IVA, y ahora Zapatero ofrece a los catalanes el 50% de ambos impuestos. Las dos cesiones van en la misma dirección. Frente al terrorismo, Aznar reduce su negociación a un simple contacto mientras acusa a Zapatero de rendirse ante ETA. Lo cierto es que ambos presidentes aceptaron negociar, en un caso el asunto acabó mal y en el otro no se sabe. Sin embargo, en una cosa tiene razón Aznar: su dependencia de los nacionalistas nunca llegó hasta ERC, y el sentido de sus pactos era el de tener mayorías parlamentarias para gestionar, no para cambiar la Constitución y los estatutos de autonomía.
