Ni China, ni India ni Estados Unidos han suscrito el protocolo de Kioto, dispuestos como están a continuar creciendo a base de exprimir el planeta a su aire. Mal aire, hay que precisar. Pero hete aquí que, de pronto, el presidente Bush da un giro y habla de revolución energética, decidido a promover las energías alternativas. Lo que no ha conseguido el sentido común va a lograrlo la dependencia del petróleo árabe y la certidumbre de un próximo agotamiento de las energías fósiles. El cambio climático, con el deshielo del Ártico entre otros síntomas, no importa; lo que duele es la economía. Y bienvenido sea este dolor si lleva a un camino más razonable.

Los pozos de petróleo tienen los años contados, a los yacimientos de carbón se les auguran todavía dos siglos, pero las centrales térmicas emiten dioxinas, y como solución inmediata vuelve a propugnarse la energía nuclear.

Cuando se cumplen veinte años del accidente de Chernobil, asombra que se quiera hacer caso omiso de los riesgos inherentes a las centrales nucleares. Sin llegar al horror de una catástrofe, nadie ignora que producen residuos muy tóxicos perdurables durante milenios, que crean dependencia del uranio, que pueden ser un terrible objetivo para los terroristas.

Ante semejante ceguera, interesada, hay que dejar constancia de que si las inversiones en nucleares se dedicaran a energías renovables, éstas darían un paso adelante definitivo. No sólo puede apostarse por el sol y el viento sino por la biomasa, los saltos de agua o las olas del mar. Todo un abanico de posibilidades beneficioso en tres vertientes: contención del cambio climático, limpieza del aire que respiramos y, lo más significativo para el capital, posibilidad de negocios tan sustanciosos como los realizados con las energías nocivas.

Para la opinión pública, motor en última instancia de decisiones públicas y empresariales, las alteraciones climatológicas quizá no resulten suficientemente alarmantes, pero sí alarma la constatación de que una atmósfera sucia provoca enfermedades. Y no sólo respiratorias, sino que incluso desencadena algunos tipos de cáncer, tal como han detectados estudios médicos recientes. En las ciudades se está tomando conciencia de que en el aire flotan peligrosas partículas en suspensión provenientes en un 90% del tránsito. Surge así la exigencia de que autobuses y automóviles se muevan con hidrógeno o electricidad. Yen urbes portuarias las medidas saludables tendrían que extenderse a los navíos - que deberían cambiar de combustible al entrar en el puerto-, así como a los camiones (5.000 al día en Barcelona) que transportan las mercancías.

Entre un motor de gasolina y uno eléctrico existe el abismo que separa la contaminación de la limpieza atmosférica.

En ocasiones se ha tachado al Departament de Medi Ambient catalán de maximalista por propugnar actuaciones en el sentido expuesto, sin tener en cuenta que en otros países avanzados ya están vigentes. En el aeropuerto de Frankfurt, por ejemplo, toda la flota de vehículos es eléctrica. Definir Barcelona, Tarragona, Madrid y otras metrópolis como ciudades ecológicas es un objetivo deseable. Ni desarrollo es siempre sinónimo de progreso, ni el progreso está reñido con la racionalidad de preservar la salud, librarse de contaminantes y eludir el riesgo de las centrales nucleares. Lo contrario sería un desarrollo que en lugar de conducir al progreso nos abocaría al retroceso. En seguridad y en calidad de vida.

EULÀLIA SOLÉ, socióloga y escritora