La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

3 Marzo 2006

Rajoy cierra las heridas del 11-M e inicia el viaje al ‘centro-reformismo’... ¿de la mano de Aznar?, de Federico Quevedo en El Confidencial

Permítanme que empiece estas líneas con las palabras de uno de los grandes pensadores liberales de nuestro tiempo, el maestro F. A. Hayek: “Si pretendemos el triunfo en la gran contienda ideológica de esta época, es preciso, sobre todo, que nos percatemos exactamente de cuál es nuestro credo”. Si miramos hacia atrás y hacemos un balance de lo que ha sido la batalla de las ideas durante el siglo XX, es bastante obvio, sobre todo tras la caída del Muro y el hundimiento del comunismo en la Europa del Este, que esa batalla, en el terreno ideológico, la ha ganado el liberalismo –como, por otra parte, no podía ser de otra manera-. La derecha liberal, o el centro derecha reformista –que más da, si da lo mismo-, se ha manifestado como el pensamiento verdaderamente revolucionario, como el arquetipo ideológico que ha generado los cambios más importantes de la sociedad y ha contribuido más y mejor al desarrollo de la misma, favoreciendo una sociedad abierta y plural.

Sin embargo, en el terreno de la realidad, de la acción política, esa batalla la sigue ganando la izquierda. Cuando se trata de poner en marcha el agit prop, de utilizar los métodos más reaccionarios de propaganda y manipulación de la realidad y la verdad, la izquierda es imparable. Lo pudimos ver en esos días que transcurrieron entre el 11 y el 14 de marzo de 2004 y el modo en que el PP se dejó envolver por una nube de mentiras y manipulaciones que acabaron provocando su salida del poder. Han pasado dos años desde entonces y el Partido Popular, de la mano de Mariano Rajoy, vuelve este fin de semana a iniciar su viaje al centro-reformismo, y lo hace tal día como hoy en el que se cumplen diez años de la primera vez que el PP ganó unas elecciones, un 3 de marzo de 1996, de la mano, entonces, de José María Aznar.

Sería absurdo que pretendiera ocultar cuáles son mis simpatías ideológicas. Me considero un liberal reformista y de ahí que tenga puestas fundadas esperanzas en la Convención que hoy mismo inaugura José María Aznar, a quien Mariano Rajoy ha cedido ese honor en recuerdo de su primera victoria electoral que dio lugar a una exigua mayoría que, a su vez, requirió un enorme esfuerzo de diálogo y comprensión con el nacionalismo, y que dio paso a una de las legislaturas más fructíferas de la democracia española. Es cierto, sin embargo, que después de una segunda victoria por mayoría absoluta y de un Congreso –enero de 2001- en el que Aznar oficializó su deseo de no estar más de ocho años en el Gobierno, la borrachera de poder ensoberbeció al que fuera líder indiscutible del centro derecha español hasta el punto de hacerle perder toda perspectiva sobre la realidad. Eso se manifestó en toda su amplitud en esos terribles cuatro días de marzo. Y todavía hoy se resiente.

He criticado esto más de una vez, de ahí que me sienta con la suficiente autoridad moral para hacer la siguiente reflexión: No es en modo alguno justo achacar a José María Aznar una posición ideológica de extrema derecha, como muy hábilmente hace el Partido Socialista y sus coros y danzas mediáticos, con la incorporación entusiasta de algunos que han hecho de Aznar blanco fácil de sus críticas y objeto de sus obsesiones. No es posible borrar de un plumazo una trayectoria de conversión de la derecha conservadora española en uno de los partidos reformistas más importantes de Europa, sin duda el principal del Grupo Popular Europeo. Es verdad que Fraga, consciente de que desde una posición estrictamente conservadora era imposible que AP lograra alcanzar el poder, atrajo a sus filas a los liberales de José Antonio Segurado y a los democristianos de Oscar Alzaga para ‘centrar’ al partido. Pero fue Aznar, desde 1989, el que ‘limpió’ cualquier resto que pudiera identificarlo con algún pasado cercano y convirtió al PP en la alternativa liberal y reformista al PSOE.

Ese fue el camino para ocupar el centro político. Ese y, una vez en el Gobierno, el de las reformas. Es cierto, también, que la mayoría absoluta de 2000, en lugar de empujar al Gobierno en esa dirección reformista, lo adormeció –salvo al equipo económico, que siguió a lo suyo para bien de la calidad de vida de los españoles- y lo que debía haber sido una legislatura de regeneración democrática, se quedó a mitad de camino entre el sueño y la vigilia. Pero no se puede afirmar que en esos ocho años se produjera ningún retroceso de las libertades sin faltar escandalosamente a la verdad. Al contrario, el Gobierno hizo de la lucha contra el terrorismo y el afianzamiento de las libertades y los derechos individuales sus principales objetivos. ¿Es eso extremismo? Yo no lo creo. Si comparamos el Gobierno de Aznar con lo que hoy representa un Ejecutivo radical y manifiestamente dedicado a retorcer la legalidad y el Estado de Derecho, no es precisamente al ex presidente a quien habría que colocarle tal calificativo.

En estos dos años de legislatura socialista, en lugar de afianzar lo conseguido en los ocho años anteriores, el Gobierno se ha dedicado a fomentar el enfrentamiento entre los españoles, a generar problemas inexistentes hasta el momento, a dividir, a mentir, a crispar y provocar tal grado de tensión y de fractura social que va a ser muy difícil volver a reconducirlo todo a una situación de normalidad democrática. De ahí la necesidad de que el PP, al mando de Rajoy, ofrezca a la sociedad alternativas viables e ilusionantes. Es una exigencia inexcusable. Si Rajoy quiere, como ha afirmado, un partido de centro reformista y liberal, debe sellar un pacto con la sociedad, un contrato de regeneración democrática imprescindible de llevar a cabo y que, como ya he señalado en alguna ocasión anterior, debe incluir reformas necesarias en la Justicia, el Modelo Territorial, la Economía y el Sistema Electoral. Y me consta que, en ese camino, está trabajando ya la Fundación que preside José María Aznar, la FAES.

Rajoy debe tener manos libres para hacer y deshacer, para decidir a quien pone y a quien quita, para hacer su equipo y confiar en quien él crea que debe confiar. Debe hacerlo sin facturas pasadas, presentes o futuras, y absolutamente comprometido con ese credo ideológico que gana la batalla de la libertad y la democracia allí donde ésta se plantea, más pronto o más tarde, porque forma parte de la naturaleza humana el deseo de ser libre y vivir mejor. El camino para ocupar el centro y ganar las elecciones se llama liberalismo reformista. Aznar lo emprendió hace más de quince años y, aunque la derrota del 14-M en las especiales circunstancias en las que se produjo, haya tenido al PP igual que a un boxeador al que vencen por KO, una vez lamidas sus heridas tiene ante sí el reto de recuperar la confianza de los mismos que le llevaron al poder en el 96 y en 2000, con la garantía de que en esos ocho años el balance fue notoriamente positivo. Y en ese camino Aznar no debe ser un obstáculo, sino la referencia que indique que es posible ganar definitivamente la batalla de la libertad.

servido por caffereggio sin comentarios compártelo

sin comentarios · Escribe aquí tu comentario

Escribe tu comentario


Sobre mí

Lector de artículos de opinión, sobre política y economía, que cree que este mundo podría tener arreglo si dialogásemos más

Estadísticas

Fotos

caffereggio todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera