Ponencia presentada en el Congreso Internacional 'El Diario', Córdoba, Febrero de 2006

"El diario, sin duda, es un género cómico", decía Ricardo Piglia en Crítica y ficción. Uno se convierte automáticamente en una especie de payaso, alguien que provoca la risa o la conmiseración de sus espectadores o lectores en este caso. ¿Por qué razón? Un individuo que anota día a día cosas de su propia vida o pensamientos, sugestiones, reflexiones es algo bastante ridículo, añadía el narrador argentino. No podemos tomar en serio a quien así se expone y a quien va dejando miguitas, sobras o desechos o, mejor, huellas para que otros le sigan el rastro.

Pensamos que la memoria es una función que nos sirve para recordar, para evocar aquello que fuimos o hicimos. En realidad, como anotaba Piglia, solemos emplearla para olvidar, para exhumar sólo aquello que nos da coherencia, que nos facilita un relato congruente de nosotros mismos, las piezas encajadas que forman una efigie inapelable, bien trazada. De ahí que una parte no despreciable de nuestras reminiscencias sea el caudal de lo que llamamos recuerdos encubridores o creadores, las evocaciones intrascendentes que tapan lo que nos ocasiona dolor o conmoción o las rememoraciones que de manera involuntaria inventamos para darnos un pasado que nunca tuvimos.

Pues bien, como decía expresamente Piglia, "un diario es una máquina de dejar huellas" y, por tanto, dibuja un camino que se puede seguir y que nos lleva hasta el paseante mismo. Confesándose sobre el particular, añadía: "me gustan mucho los primeros años de mi diario porque allí lucho con el vacío total: no pasa nada, nunca pasa nada en realidad, pero en ese tiempo me preocupaba, era muy ingenuo, estaba todo el tiempo buscando aventuras extraordinarias". Quizá esta tarea no sea tan distinta de la que hace el responsable de un blog: sabedor de que contempla y registra en un espacio que es inaprensible, desorientado incluso, se empeña por tomarse como portavoz. En efecto, el diarista público, aquel que edita en papel o en la Red sus ideas, sus incertidumbres, sus malestares, sus estupores, es siempre alguien cómico, incluso ridículo, alguien cuyo narcisismo se nutre de la exhibición. Pero esto no es algo raro. ¿Acaso el profesor no experimenta un placer exquisito cuando habla ante sus muchachos inquisitivos, cuando ve en ellos la atención despierta de quien quiere más, mucho más? ¿Acaso el periodista no se envanece cuando los lectores reconocen sus revelaciones?

En enero de 2005 abrí Los archivos de Justo Serna, un blog o bitácora electrónica de actualización prácticamente diaria, un dietario personal en el que reflejar mi pulsión escritora, en el que ensayar, en el que desdoblarme viéndome desde las palabras. "Me veo desde las palabras como si fuera otro", decía aquel personaje de Julio Cortázar, "puedo pensar cualquier cosa siempre que en seguida lo escriba". Y así lo hice. Me gustó concebir la experiencia como si de un laboratorio se tratara, el centro de una escritura pública, un cuaderno propiamente intelectual que combinara la expresión de algunas ideas con notas de lectura, con polémicas, con conversaciones, con citas, con restos de vida. Todo, absolutamente todo, puede escribirse y las cosas que quedaban en mi bitácora, las huellas de mi diario, son una especie de borradores de escritos mayores, una agenda pública de quien se deja sorprender por un mundo que anota con los recursos del conocimiento, de los libros, de las lecturas.

Pero hay más. Cuando empleo la palabra diario aplicándola a los blogs corro el riesgo de la anfibología. Podemos interpretarla como un sinónimo de periódico o como equivalente a dietario. En general, muchos bloggers aspiran a convertirse en fuentes de noticias, algo así como reporteros intrépidos, capaces de dar cuenta de aquello que la prensa de papel no suministra por desatención, por rutina o por simple censura. La meta es sugestiva y si efectivamente el periodismo digital o las bitácoras informan de lo que no se atreven o no pueden informar los medios tradicionales, entonces tendrán en el futuro un papel destacado. En países en los que la censura impide la libre difusión del dato, de la noticia, de la revelación, el blog puede transmitir lo que los poderes tapan y ocultan, hecho que a sus responsables les ha podido poner en estado de riesgo. En aquellos otros países en los que la censura no es política, el blogger puede competir con los periodistas en el suministro de la información, siendo, por ejemplo, más audaz que el reportero sometido a los esquemas de su propio medio de comunicación. Hay, sin embargo, algo de espejismo en esta pretensión, pues no es exactamente más información lo que hoy necesitamos, al menos en un Occidente saturado, sino criterios de discriminación del dato y de la fuente. Recursos para poder establecer juicios fundados, opiniones firmes y documentadas.

Eso mismo lo leí en un libro sensatísimo de Alejandro Piscitelli titulado Internet, la imprenta del siglo XXI. "Es cada vez más claro", decía Piscitelli, "que el objetivo del futuro inmediato no será obtener más información (la que tenemos nos desborda permanentemente), sino volver inteligible la preexistente (...). En síntesis, habrá que elegir, es decir dejar fuera de nuestro foco de atención el 99% de toda la información disponible (...). En un mundo infoxicado es mucho más importante desinformarse que sobreinformarse. Necesitamos acudir a pocos datos, sólo los importantes. A pocas interpretaciones, las más atinentes". En efecto, frente a la información es preciso valerse de criterios y cuando pienso en esto me viene a la cabeza algo que le leí a Umberto Eco hace años: el lector dominical del New York Times, decía Eco, tiene ese día mayor cantidad de información en el papel impreso que lo que podía tener un europeo ilustrado del Setecientos a lo largo de toda su vida. Ese exceso, esa abundancia, puede generar material repetido e irrelevante, pero sobre todo puede provocar todo tipo de patologías, entre ellas la que Richard Saul Wurman llamó Information Anxiety. Por eso, por lo dicho, para evitar esa desazón del sobreinformado, preferí concebir mi blog como un diario personal. ¿Y...? En principio, las bitácoras son un medio de expresión del yo y un medio de comunicación verdaderamente interesante: ofrecen la posibilidad de enunciar y de enunciarse, de enjuiciar y de enjuiciarse, de contradecirse, así, a bote pronto, al calor de la actualidad, según el instante mismo en que nos ocurren las cosas y en que las observamos. Alguien, un espectador, asiste al teatro contemporáneo desde un observatorio que es íntimo, local y, a la vez, universal, y lejos de reservar para sí lo que ese espectáculo le causa lo pone por escrito al alcance de todos.

Pero hay más. La bitácora no sólo sería el espacio de la contradicción y del fragmento: sería también el lugar de la evacuación, el dominio en el que expresar obsesiones con el fin de que al anotarse y publicarse se debiliten y no pesen en el interior. ¿Por qué razón? Porque, según le confesaba Sherlock Holmes a Watson en Estudio en escarlata, nuestro interior es como un pequeño ático de pocas piezas, un ático vacío en el que hemos de meter el mobiliario necesario: las gentes necias, añadía el detective, amontonan sin criterio, dejando poco lugar para los enseres precisos o anulando el espacio mismo, convertido de ese modo en un ámbito impracticable o inhabitable. Hay, pues, muchas obsesiones que vendrían a ocupar indebidamente el espacio reservado para uno mismo. Por eso, lo mejor es escribir en un cuaderno privado o público: escribir en una bitácora aquello que siendo sobrante no es estrictamente desechable, una bitácora en la que ensayar sobre las propias ideas con el fin de que no ocupen nuestro ático ya repleto de experiencias. Así la concebí, en efecto. Creí que hacer públicas mis cavilaciones me aliviaba, creí que se me hacían exteriores.

"Se desprende uno de todo lo que ama y sobre todo de todo lo que detesta de uno mismo", decía Cioran. Por tanto, frente a lo que puedan pretextar tantos bloggers (que el ámbito y el hábito de bitácora nada tienen que ver con el narcisismo, con las obsesiones), el acto de escribir anotaciones es una suerte de terapéutica. Idéntico a lo que admitió, otra vez, Emil Cioran: ése "es el sentido profundo de todo lo que he escrito (...), pues para mí escribir es exactamente eso, es atenuar como una presión interior debilitarla: por tanto, una terapéutica". Lo expresado en el blog se vuelve efectivamente externo, al menos en parte, y se asemeja a la operación estricta de expectorar, nada menos. Además, cuando anotas inevitablemente simplificas, te rebajas a expresarte y las palabras enunciadas y registradas en el cuaderno pierden ese brillo probable que tenían antes de materializarse, todo pierde el brillo previsto de cuando sólo era una idea inexpresada.

Pero hay más: la bitácora no sólo es un diario, un lugar en el que expectorar. Es también el espacio desde el que conjeturar el significado de lo que tenemos presente valiéndonos de enunciados, de post..., de post-its. Cuando damos comienzo al día la principal tarea que afrontamos es la de recobrar la identidad, la de reconocernos, recuperando cada uno aquel que fue y que el sueño le hizo perder. Cuando ingresamos en la vigilia, cuando empezamos pisando la dudosa luz del día, hay unos segundos de aturdimiento, momentos en que no sabemos quiénes somos, carentes de asideros. Pues bien, pisando la dudosa luz del día... nos levantamos, aturdidos, incompletos, con un sueño inacabado. ¿Y qué vemos? El orden real, ese mundo de objetos frente al que nos definimos y que son obstáculos o prótesis. ¿Qué sentido tiene esa cosa que se te opone o te sale al encuentro? ¿Debemos otorgarle algún sentido nuevo? ¿Pero recordamos el que ayer tuvo? Lo extraño de nuestra existencia no es que dure tan poco, que esa acometida final que es la muerte acabe con la quimera de sobrevivir. Lo raro es que, habiendo suspendido nuestras funciones lógicas, nuestras capacidades conscientes, nuestra vida de vigilia, podamos restaurarla como si tal cosa, como si lo de hoy y lo de ayer tuvieran nexo y continuidad, como si las destrezas o los conocimientos adquiridos pudieran ser activados nuevamente sin mayor problema. Por supuesto que nos valemos de la memoria para no tener que reinventar el día y el mundo en cada despertar.

¿Se imaginan? ¿Se imaginan qué pasaría si cada mañana perdiéramos una parte de ese patrimonio acumulado? Deberíamos hacer como aquel personaje de Gabriel García Márquez, el padre del Coronel Aureliano Buendía, deberíamos anotar en libretitas o billetitos el nombre de las cosas, su rótulo. Pero, si me apuran, deberíamos registrar igualmente su función. "Esto es una silla y sirve para sentarse". "Sentarse en una silla es dejar caer las posaderas sobre un mueble de cuatro patas con respaldo de modo que descanse nuestra columna vertebral, nuestras extremidades y la zona lumbar". "Las posaderas son esa parte de la anatomía donde la espalda pierde su nombre..." En fin, etcétera, etcétera. Sería el puro aturdimiento. El fundador del linaje, el mayor de los Buendía, vivía con torpeza y dolor lo que era una plaga, casi una plaga bíblica: el olvido de lo básico, el desvanecimiento de una realidad con objetos y perfiles, de un mundo que ya estaba lleno, saturado, repleto de cosas con funciones y mecanismos que sirven para facilitar la vida, incluso para complicarla. Tengo una gran ternura por ese personaje: habiendo sido un pionero, fundador de Macondo, alguien con arrojo y determinación, capaz de enfrentarse a todo lo que le es hostil, ve cómo el nombre y el significado de las cosas antiguas van debilitándose, disipándose, sin que sepa aventurar el sentido de las nuevas.

Las agendas, los dietarios o esos post-its que empezaron siendo amarillos y que, por tener, una banda adhesiva, fuimos poniendo aquí y allá, nos auxilian, cierto. Esos post-its son como los billetitos de los Buendía: un batalla cotidiana contra el olvido. Pero son también una empresa diferente: con la escritura no sólo retenemos lo que puede volatilizarse, lo que por las embestidas del tiempo, puede perderse. Los billetitos de que nos servimos son un modo de dar nombre a lo que, en principio, no lo tenía. El mundo siempre es tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo... Esta descripción proverbial de García Márquez, admirable y tantas veces citada, señala, en efecto, el principio del mundo, un mundo recién fundado en el que los lugares y las casas y los parajes ya estaban colmados sin que a los humanos les hubiera dado tiempo a nombrar las cosas. También para nosotros, el mundo electrónico y el mundo mediático están recién creados. Hay, desde luego, numerosos objetos que ya tienen su rótulo y que no olvidamos, pero hay cosas nuevas, vertiginosamente nuevas, cuyo significado ignoramos, cuya función desconocemos, y que incluso carecen de nombre.

Tal vez, los millones de bloggers que cada mañana renuevan su bitácora, sólo cuando empiezan a pisar la dudosa luz del día, emprenden una tarea semejante a la de los Buendía: dan nombre a lo que les acaece, aventuran un significado, imaginan una función y un contexto, pero también escriben con urgencia con el fin de que no se les olvide para qué sirve ese objeto, cuál es su mención, quizá angustiados por la plaga bíblica que se cierne y que es el olvido o la muerte. Mi padre tiene una memoria de buen registro, pero como no se fía, como no cree que todo pueda retenerse, se pone aquí y allá billetitos amarillos con los que socorrerse en medio de un naufragio, el suyo, que es también general: el nuestro. Yo creo que con esas anotaciones se ordena el día, pero sobre todo se ordena a sí mismo, su significado, lo que él es o quiere ser dándole nombre a cosas que no siempre tienen. Tengo para mí que mi labor de blogger, esta anotación diaria que yo hacía, tenía una función semejante. El mundo me era tan reciente que debía servirme de estos papelitos electrónicos que algunos leían para aventurar un sentido a tantas cosas que suceden y que parecen no tenerlo...

Pero hay más. Frente al diario íntimo, reservado, inédito, escribir un blog es sobre todo exponerse. Al actualizar la bitácora me mostraba, ponía al servicio de los lectores lo que juzgaba o creía o sospechaba. Frente al diario en papel, los lectores de las bitácoras pueden establecer una especie de conversación. Sobre eso han insistido los autores del libro canónico de los Blogs en España, el que firman Rojas, Alonso, Antúnez, Orihuela y Varela. Los visitantes o usuarios de las bitácoras pueden, en efecto, dejar sus propios comentarios, palabras volanderas que tienen que ver con lo que el responsable del blog ha puesto o con lo que el asunto tratado le provoca. En efecto, los comentaristas que opinan sobre las ideas del blogger pueden expresarse sin identificarse, emboscados tras un nick. ¿Cuál es el resultado? Por un lado, lo que se evalúa por los otros lectores es la pertinencia o impertinencia de una opinión, la justeza o no de unas ideas, no el respeto que merece un nombre. Al adoptar alias, las palabras corren anónimamente y eso permite una gran libertad de opinión, exorciza los miedos, pero facilita también la irresponsabilidad. Es probable que juzgar sin tener un nombre propio tenga un gran valor terapéutico y liberador para muchos en la medida en que la audacia expresiva o la temeridad verbal sin censura desinhiben. Pero no es menos cierto que las máscaras, las máscaras de que se valen los internautas permiten las osadías, el ruido informativo, las calumnias.

En principio, el anonimato es una liberación urbana frente al control minucioso de otros tiempos más rurales. En Internet, ese anonimato también desempeña funciones similares. Podemos transitar por distintas webs dejando nuestra huella sin que eso nos obligue necesariamente a dar nuestras señas o a revelar nuestra identidad. Es un alivio para muchos, ciertamente: una manera de expresarse sin temer represalias o franqueando barreras personales, las de la vergüenza o el reparo. Sin embargo, como en los viejos pasquines de aquella otra novela de Gabriel García Márquez, La mala hora, el anonimato puede ser una forma de violencia y de intimidación. Todas las mañanas, las paredes del pueblo aparecían empapeladas con carteles sin firma en los que se revelan detalles supuestamente escabrosos de la vida de sus habitantes. Un día, a primera hora, justo cuando el padre Ángel se disponía a oficiar la misa, se oye un disparo. ¿Qué ha pasado? Un comerciante había sido informado por un pasquín pegado a la entrada de su domicilio de la presunta infidelidad de su esposa. Su respuesta fue inmediata: matar al supuesto amante de ésta. Ese papel era uno más de la plaga de pasquines anónimos que se clavaban en las puertas de las casas de aquel pueblo. No eran exactamente panfletos políticos: eran cotilleos infamantes o atribuciones infundadas o denuncias ignominiosas sobre la vida de los ciudadanos. Pero no descubrían nada nuevo que no se supiera o se creyera saber de antemano: eran supuestos que ya circulaban, rumores conocidos que mediante el pasquín se hacían públicos y expresos.

Cuando no hay razones bien justificadas de temor a represalias el uso del anonimato para ultrajar es una forma de cobardía, pues ese camuflaje nos libera de la responsabilidad. En Internet, los blogs han extendido la práctica del nick, la firma con alias. Es posible que evaluar, comentar cosas sin valerse del nombre propio permita audacias sensatas que de otro modo no serían probables: desinhibe al carecer de censura. Pero los nicks también permiten entre los internautas más insolentes el insulto irresponsable en un intercambio verbal que es a ciegas, una presunta conversación en la que salimos físicamente indemnes. Entre algunos, eso parece ser licencia para difundir embustes o noticias falsas de ciertas personas creando un rumor violento, un ruido que atenta contra la verdad. No vale pensar que todo tiene su posible respuesta. Una vez se propalan dichas especies el efecto está hecho. Es así cómo los más agresivos podrán emitir sin grave riesgo expresiones injuriosas, sin padecer reprobación. En Internet no hay compromisos que duren y los nicks multiplican las máscaras hasta hacer de la identidad algo múltiple, fluido, eventual, máscaras de un mismo individuo, por ejemplo, que conversan entre sí y que se interpelan creando la ficción de un diálogo. No es un logro democrático camuflarse, taparse ocultando la identidad si ello se hace para vituperar.

Pero hay más. Más allá del anonimato faltón, hay otro problema, otra patología que aqueja a los usuarios de la Red. Muchos de los lectores electrónicos son compulsivos "que quieren abarcar muchas cosas, visitar otras webs", me decía Rogelio López Blanco. Por eso, "consumen de forma televisiva los textos, sobre los que, en consecuencia, apenas fijan su atención", añadía. "Hay un déficit de capacidad de concentración patente". ¿Por qué razón? Pues porque muchos usuarios, sobre todo los más jóvenes e impacientes, "no son capaces de asumir que los textos pueden ser complejos, que tienen varias implicaciones y significados que se van sumando, como si fueran tomas de cámara desde distintos ángulos", incapacitados para reconocer que "deben leerlos más de una vez. Y así nos va, consumen pero no entienden, no crecen, sino que engordan", concluía. Este diagnóstico que, insisto, debo a Rogelio López Blanco describe con precisión lo que son hábitos de lectura muy frecuentes entre muchos internautas y sobre todo entre tantos visitadores de bitácoras. La consulta instantánea que salta entre párrafos, que acude a las negritas o a los enlaces, que revolotea sin demorarse. Ahora bien, Piscitelli reconocía que las mejores bitácoras crean para sus lectores "capacidad de invención/descubrimiento amplificada", es decir, nos suministran "información que desconocíamos, autores valiosos que ignorábamos, asociaciones [de ideas] que nunca se nos hubiesen ocurrido y sobre todo orientaciones de cómo y dónde saber más acerca de algo cuyo conocimiento nos moviliza y fascina" a partir de unas palabras. ¿Lo habré logrado? Lo que sí sé es que he tenido unos cuantos lectores de altísimo nivel, comentaristas fieles e inquisitivos que hacían valer su experiencia y conocimiento. Salvo algún empeñoso adversario que ha llegado a perder los papeles, un selecto comité de lectura ha glosado o criticado o censurado mis textos con amistosa colaboración. Me refiero, precisamente, a Rogelio López Blanco, a Miguel Veyrat o a J. Moreno: algunos de los mejores momentos del blog se deben a ellos.

Voy acabando: http://justoserna.bitacoras.com ha sido un blog concebido como diario personal, que no íntimo y, como tal, en él se ha expresado un yo fracturado, un yo que se desplegaba cada día en trozos cuya totalidad ignoraba. Insisto, quien escribía era un yo que no hablaba necesariamente de su intimidad, aunque sí reconstruía partes de su autobiografía. Tomaba el blog como un laboratorio en el que ensayar esbozos de otras escrituras. O lo tomaba también como una agenda pública en la que opinar sobre el mundo, en la que mirar y tomar apuntes valiéndome para ello de un pensamiento ordinario, según decía John Stuart Mill en su diario. Yo, que soy historiador, me he tomado mi blog como el cuaderno de un cronista. El mejor cronista es como un buen historiador, como el "histor " de la Grecia clásica: el que ve y el que investiga porque no sabe lo que ve, porque no se explica bien qué es lo que distingue, o porque lo que ve no es exactamente lo que creía saber. El mejor cronista es como un buen novelista que escribe lo que sabe pero eso que sabe lo ignoraba hasta el momento en que se desdobló en palabras. Y, sin embargo, transcurrido un año (2005-2006), he dejado de actualizar la bitácora. ¿Por qué razón?

He publicado comentarios con una regularidad casi diaria sobre los temas más variados en función de la actualidad y de mis urgencias. Procuraba que mis comentarios tuvieran algo que ver con los problemas que me y nos acucian. Eran comentarios que por decirlo de alguna manera tenían una inspiración intelectual, pero a la vez he tratado de evitar la pesadez propiamente académica dándole tono periodístico. Mantener un blog con estas condiciones es muy cansado: mantener un blog diariamente y que además se actualice con contenidos densos, que no sean una mera ocurrencia, es costoso. Pero en mi cierre hay varias razones: el cansancio; la necesidad de cumplir con compromisos académicos que al final son incompatibles con la actualización del blog; y la falta de tiempo para leer todo lo que quería y quiero leer. En los últimos meses estaba escribiendo más que leyendo, situación insostenible para alguien que, sobre todo, quiere ser lector. Pero hay, si se quiere, una última razón: esa crispación electrónica y anónima, esa crispación que está en los otros medios y que en Internet alcanza proporciones descomunales.

A pesar de todo, valoro muy positivamente esta experiencia, porque el blog ha sido para mí como su Diario para John Stuart Mill. "Este librito es un experimento", decía el filósofo inglés. Salvando las distancias, que son efectivamente muchas, yo me he tomado el blog de una manera semejante, como un diario en el que experimentar el ejercicio de la escritura ordinaria. "Aparte de cualquier otra cosa que pueda lograr", añadía Stuart Mill el 8 de enero de 1854 en su dietario, "servirá para ejemplificar, al menos en el caso del autor, qué efecto se produce en la mente cuando uno se obliga a tener por lo menos un pensamiento cada día, que merezca ponerse por escrito". Habría sido un prodigio que a mí me hubiera sucedido exactamente lo mismo, que yo hubiera podido alumbrar un pensamiento cada día. He procurado ser más modesto: que los pensamientos que nacían del roce de otras inteligencias pudieran destilarse en mi bitácora.

"Para este propósito", insistía Stuart Mill, "no puede contar como pensamiento el mero especialismo, ya sea de ciencia o de práctica". Es decir, no podemos contentarnos en un dietario de esta índole con consignar ideas o saberes de las disciplinas y de las especialidades. Lo ideal, lo deseable, es que el diario esté "referido a la vida, al sentimiento o a la alta especulación metafísica". Esto es, a aquel conjunto de problemas que nos preocupan y que no tienen fácil respuesta. "Probablemente, lo primero que descubriré en el intento", decía el filósofo británico, "será que, en vez de uno por día, sólo tenga un pensamiento así una vez al mes; y que sean sólo repeticiones de pensamientos tan conocidos de todos..." Ojalá mis anotaciones hayan sido repeticiones de pensamientos ya escritos por otros: no me fío mucho de mí mismo y, por las dudas, prefiero servirme con honradez y con referencia exacta de las ideas de otros.

De lo que de verdad se trata es de tener criterios firmes y flexibles que permitan discriminar entre esos pensamientos que circulan. Pero para lograrlo, la lectura paciente de los libros y el ejercicio de una reflexión lenta y profunda son imprescindibles, porque de aquéllos nos vienen las discrepancias milenarias, esos vislumbres que otros ya adelantaron. Decía André Comte-Sponville que una idea nueva, verdaderamente nueva, que no haya sido pensada ni escrita jamás, tiene muchas probabilidades de ser una bobada. Pues bien, de eso se trata: de no caer en la simpleza creyendo ser original. Hace más de un siglo, Auguste Comte, gran amigo y corresponsal de John Stuart Mill, vivió en un delirio creciente. Era un pensador ciertamente original, aunque, eso sí, muy pagado de sí mismo, persuadido de su mérito y de la profundidad de sus discernimientos. Se propuso elaborar una idea completamente nueva, jamás concebida, y para ello decidió prescindir de los libros y de las ideas ajenas. Como los volúmenes lo anticipaban o lo contradecían, resolvió aislarse eliminando todo contacto erudito. Ese retiro defensivo lo vivió como una higiene intelectual. Fue, ya digo, un autor interesante de ideas audaces, pero al final menos originales de lo que él juzgaba. Fueron numerosos los factores que le sumieron en el delirio, pero sin duda entre ellos estuvo esa higiene intelectual que se prescribió. Estaba tan convencido de que podría subsistir valiéndose de sí mismo que acabó sus días hundido en sus propias ideas.

Yo no creo haber corrido el mismo riesgo, entre otras cosas porque no profeso esa idolatría a la originalidad y porque mis magros nutrientes son efectivamente externos. Si Stuart Mill aceptaba tener un solo pensamiento, más o menos original, una vez al mes, yo no me iba a exigir mucho más. Espero, así, haber tenido un pensamiento, aunque sólo haya sido uno, más o menos original, en este año de bitácora. Algún periodista ha escrito recientemente que un blog es una mezcla entre periodismo y narcisismo. Hay muchas clases de bitácoras. Yo recuerdo haber oído en cierta ocasión a Umberto Eco decir que el blog más extraño que había visto era uno en el que el responsable mostraba su esófago. Ése es el ejemplo más patológico de narcisismo. Pero otros que no hemos exhibido nuestro esófago, nos hemos mostrado... expresándonos, tratando de analizarnos, implicándonos. Y eso, por supuesto, tiene que ver con la vanidad, pues uno acaba creyendo que su opinión tiene algún valor. ¿Es así? Creo que mis comentarios en el blog no se han diferenciado de mis cavilaciones personales, pero tampoco de los artículos que habitualmente publico en la edición valenciana de El País, pues al menos están hechos con la misma fortuna o con el mismo desacierto. Pero ahora, después de unos minutos de intervención y después de un año de bitácora, ya no hay más: me toca callar.

Muchas gracias.