ESTE país está irreconocible. ¿Qué ha pasado?". De esta manera me interrogaba hace muy pocas fechas un profesor universitario que había pasado varios meses en el extranjero - seis, en concreto- y que no daba crédito a lo que veía en televisión, escuchaba en la radio y leía en los periódicos. Ayer me volvió a llamar asustado después de presenciar el debate en el Congreso entre el PSOE y el Partido Popular y me avanzó un pronóstico: "No sé quién va a ganar, pero sí sé que no va a quedar país". Seguramente, su aterrizaje en el mundo de la crispación permanente ha sido demasiado para sus análisis reposados y casi siempre equilibrados. Pero yo también seguí ayer la sesión de control del Gobierno y ciertamente me duele decir que pasé una gran vergüenza viendo como se insultaban los diputados y como se proferían descalificaciones inaceptables para el presidente del Gobierno y alguna que otra frase en voz alta hacia sus antepasados que en ningún caso deberían formar parte del tono de discusión que aceptara el presidente del Congreso. Lo lamentable es que mucho me temo que hasta que no haya elecciones generales en España el clima de crispación que se ha instalado no se va a rebajar y que de poco vale señalar que el país no se merece esta situación. Pero, ojo, lo que se ha iniciado como una cuestión política empieza a ser un conflicto social y también territorial, y no vale decir que nadie tiene la culpa.