El arte como objeto de consumo, de Francisco Ayala en ABC
Hoy se constituye la Comisión Nacional para la Conmemoración del Centenario de Francisco Ayala. Con este motivo, publicamos a continuación la Tercera que ABC publicó en 1991 con motivo de la concesión del premio Cervantes
Cuando en 1924 escribió Ortega y Gasset su famoso ensayo sobre la controvertida «deshumanización del arte», estampó en él una frase muy de su estilo lapidario declarando que: «Dondequiera que las jóvenes musas se presentan, la multitud las cocea». Discurría el autor acerca de la impopularidad del entonces arte nuevo, pretendiendo afirmar que, a diferencia de la actitud habitual del público frente a las novedades, rechazadas primero por cuanto tienen de tales, para ser aceptadas y asumidas tan pronto como el efecto de la sorpresa ha pasado, las masas están excluidas por principio de la comprensión y disfrute del arte de vanguardia; que en su caso no era la novedad lo que dificultaba y aplazaba su recepción por el común de las gentes, sino que el arte ahí descrito como «deshumanizado» quedaba desde luego sustraído a su alcance y les era vedado para siempre. Han pasado los años, y este dictamen y el consiguiente pronóstico parecerían desmentidos por la experiencia. Multitudes innumerables acuden hoy a las exposiciones de obras, tanto de aquella vanguardia (en estos días mismos está siendo muy visitada la que el Museo Reina Sofía presenta en Madrid sobre André Breton y su entorno) como de las creaciones de los artistas actuales, con frecuencia aún más alejadas del tradicional arte representativo que las que se inspiraron en aquel surrealismo. Y no sólo se aglomeran las masas para desfilar -quizá tras horas de paciente espera- ante obras tales, sino que, popularizadas ya, la reproducción industrializada de muestras muy extremas de tan difícil arte son adquiridas con entusiasmo para adorno de viviendas en cuyas paredes lucía antaño un almanaque con el Sagrado Corazón o con la consabida maja de abanico y mantilla.
¿Quiere decir esto que Ortega se equivocara en su apreciación? ¿Significa ello que, como ocurría en tiempos anteriores, la gente se ha acostumbrado a las pautas estéticas innovadoras y que ahora ya acepta, asume, valora y disfruta «el arte nuevo»? Creo que algunas matizaciones al respecto podrían ser oportunas.
Para empezar, entiendo yo que la caracterización hecha en su tiempo por nuestro filósofo fue básicamente correcta, aun cuando sus retóricas formulaciones, encaminadas a causar impacto sobre el lector, resultaran chocantes. Así, al calificar de «deshumanizado» al arte por entonces nuevo, apenas hace otra cosa que insistir en la demanda, también por aquel entonces muy general, de un arte «puro», es decir, de un arte libre de intenciones ajenas al efecto estético y, por consiguiente, un arte «gratuito», despojado de referencia a los diversos intereses prácticos del diario vivir. Y cuando, en conexión con ello, declara «intranscendente» al arte, está aprovechando el equívoco que proporciona la acepción de «cosa sin importancia» que este vocablo tiene en el uso vulgar para decir de manera llamativa y hasta escandalosa algo que sin embargo resulta obvio: que el valor estético es inmanente a la obra de arte; que ésta se refiere tan sólo a sí misma.
Convendrá ahora precisar todavía algo en relación con la «multitud» que, según Ortega afirmaba, «cocea» a las artes nuevas. Esa multitud no era coincidente con las masas que, perspicaz, veía él mismo crecer en perspectiva, y que de hecho han llegado a constituir hoy una sociedad ampliamente integrada, sino más bien con aquellos burgueses a quienes se solía despreciar, motejándolos de «filisteos», a causa de sus gustos tradicionales. Tales burgueses eran quienes de hecho reaccionaban con santa indignación frente a las audacias de las innovaciones vanguardistas; es decir, frente a estas mismas audacias que en la actualidad traga el público -la masa- con insaciable e indiferente avidez.
Detengámonos por un momento a considerar el asunto con algún cuidado. ¿No parece curiosa la santa indignación que sentía el burgués filisteo al enfrentarse con las expresiones artísticas de la vanguardia? ¿Por qué «cocearlas»? ¿No hubiera bastado acaso, si de ellas no gustaban, con volverles la espalda y desentenderse? Su rechazo violento de tales formas artísticas era debido sin duda a que, en efecto, las consideraba ofensivas, a que las percibía como una mofa, como una blasfemia, como un sacrilegio que venía a herir sus convicciones. Pero esto, ¿no implicaba precisamente que estaba en posesión de unos criterios bien arraigados, esto es, que se hallaba instalado dentro del cuadro de una formación sólida por cuanto al arte concierne? Educado artísticamente en unas determinadas pautas y unos ciertos valores, el buen burgués se aferraba a un concepto firme, inconmovible, de lo que el arte es y debe ser, y desde tal posición se mostraba muy beligerante, con cerrada intransigencia, frente a obras que contradecían su concepto. Es muy probable que, pasado el choque y descargada su indignación, empezara a reeducarse en nuevas pautas por las etapas del camino habitual que va desde el «snob» pretencioso y vano hasta llegar al «amateur» y el «connaisseur»; o bien, que se refugiara acaso en los productos tardíos de un arte «kitsch»; o, en fin, que terminase por desinteresarse del arte, integrándose en esta masa que pasa ahora sin comentario ni particular atención ante los más diversos objetos que una exposición pueda presentar a su curiosidad. Pero (y esto es lo que importa para marcar el contraste con la recepción indiferente de «cualquier» producto artístico, tan corriente a la fecha) debe advertirse que aquel rechazo filisteo del arte nuevo estaba apoyado sobre un seguro, aunque ya obsoleto, sistema de valores estéticos, mientras que esta aceptación indiscriminada de ahora responde a la ausencia de todo criterio.
Según sugerí al comienzo, la popularización de que en la actualidad disfrutan los productos artísticos de la vanguardia, y su consumo por la multitud, en el fondo no desmiente el viejo dictamen y negativo pronóstico de Ortega y Gasset, pues corresponde a un fenómeno general de nuestro tiempo y de esta sociedad nuestra, tan felizmente orientada hacia el más amplio y generoso derroche de toda clase de bienes. Innecesario será repetir lo que tantas veces se ha hecho patente y puesto en evidencia: que las obras de arte -buenas, mediocres o francamente malas; auténticas o falsificadas; en su original o en mecánica reproducción industrial- han pasado a ser, dentro de la economía actual, una mercadería más, ofrecida mediante la multiforme y hábilmente seductora promoción publicitaria a la avidez adquisitiva de un público que en sus valoraciones y gustos, en sus apetencias, se guía y es gobernado por los resortes de la propaganda comercial.
FRANCISCO AYALA de la Real Academia Española.
