El largo proceso que está siguiendo el proyecto de Estatut d´Autonomia de Catalunya ha puesto de relieve los viejos demonios, las ya seculares reacciones adversas que suelen producirse en el conjunto de España. Es probable que tengamos que aguardar un tiempo hasta que la necesaria mayoría de ciudadanos asuma el planteamiento de una España plurinacional. Será entonces cuando el Estado se estructure de manera que las diversas naciones y pueblos se sientan cómodos en el seno de España.

Hoy por hoy, las reacciones que se han producido ante el proyecto del Estatut son inquietantes, penosas y decepcionantes. Elementos significativos de diversos estamentos de la sociedad española - magistrados, militares, políticos, empresarios- han utilizado gruesas expresiones de rechazo a la voluntad del pueblo catalán y han dado muestras de una escasa comprensión de lo que es hoy España.

Pero lo que aquí quiero subrayar es el papel desempeñado por el sector jerárquico de la Iglesia. Me refiero a la Conferencia Episcopal Española y, en concreto, a aquellos obispos a quienes les parece tolerable el hecho de que, desde una cadena de emisoras de radio que pertenece mayoritariamente a la Iglesia, se insulten, se menosprecien o se ridiculicen instituciones y personas de nuestro país. Esta actitud, además de ser contraria a los principios del Evangelio, manifiesta una voluntaria ignorancia de la doctrina pontificia, la cual están obligados a respetar.

Evidentemente, ninguna autoridad eclesial ha dicho que España sea un Estado de una sola nación o de varias, pero desde León XIII hasta

Juan Pablo II la Iglesia se ha ocupado de legitimar la voluntad nacional de los pueblos. La doctrina del magisterio contempla a fondo el concepto de nación, la realidad del nacionalismo, los diversos aspectos - psicológicos, históricos, sociológicos- que lo configuran, los problemas que se derivan del hecho nacional o la problemática nacional que se presenta en los estados.

Es sumamente ilustrador el pensamiento de Karol Wojtyla sobre el hecho nacional. Al tiempo que proclama el derecho que tienen las naciones a la existencia, afirma que "ningún Estado, ninguna otra nación ni ninguna organización internacional están legitimados para decidir que una determinada nación no tiene derecho a existir". Este derecho fundamental - explica Wojtyla- no implica que una nación se haya de constituir necesariamente en Estado soberano, sino que pueden existir diversas formas de agregación jurídica entre naciones, como las que se dan en los estados federados o en las confederaciones de varias entidades nacionales.

Me pregunto si esos obispos españoles a los que me he referido conocen la mencionada doctrina pontificia. Si es así, hacen caso omiso de ella. Me pregunto también si se han enterado de aquella toma de posición de sus homólogos catalanes sobre este asunto de la nación. Afirmaban en 1987, y siguen afirmando hoy, mientras no lo desmientan: "Como obispos de la Iglesia de Catalunya, encarnada en este pueblo, damos fe de la realidad nacional de Catalunya, labrada a través de mil años de historia". Lo cual pone de manifiesto que la reivindicación nacional de este país no es un invento de algunos políticos caprichosos para exasperar los ánimos de quienes creen en el dogma de una sola nación.

No sólo los políticos, los intelectuales, los empresarios o los profesionales de cualquier ámbito están llamados a propiciar un clima ciudadano que supere las tensiones que surgen en esta sociedad civil española de principios de siglo XXI. También las autoridades eclesiásticas están comprometidas en la invención de una España basada en el pacto, en el interés mutuo, en la relación franca y libre, y en la solidaridad voluntaria de los pueblos y las naciones que la componen.

JOSEP MARIA PUIGJANER, escritor y periodista