Los bancos centrales han empezado a mostrar una gran preocupación por la inflación de activos tanto en Estados Unidos como en Europa, aunque el panorama en la Eurozona es demasiado heterogéneo.
El debate como siempre se centra en si esa doble lucha contra la subida de precios pura y dura y la inflación de activos, especialmente la vivienda, puede suponer un obstáculo al crecimiento económico en ambas zonas, en caso de que se trate de atajar con constantes incrementos del precio del dinero. No hay que perder de vista que una buena parte del consumo y de la creación de empleo depende directamente del ladrillo. En España, por ejemplo.
El efecto riqueza se ha superpuesto: no sólo en las Bolsas; en el caso español tres años seguidos de suculentas ganancias, sino que se mezcla indisolublemente con el tirón de los precios inmobiliarios. Doble mejor que nada. Nos sentimos mucho más ricos y gastamos más cuando nuestras inversiones mejoran en las Bolsas y nuestra vivienda se revaloriza porque le perdemos el miedo incluso a la jubilación.
Resulta curioso que, salvando las distancias, los bancos centrales de Estados Unidos, de Europa y Japón, empiecen a lanzar mensajes muy similares. Parece como si hubiera una especie de concertación que tuviera que marcar un cambio rotundo en la marcha de los tipos de cambio, con alzas de tipos de interés en las tres áreas donde se sitúan las mayores economías del mundo.
La política de tipos de interés cero en Japón toca a su fin con los excelentes resultados de crecimiento que ha presentado el último año y la ruptura, por primera vez en una década, de los problemas de deflación que habían dejado un tanto congelada a la economía nipona, convertida en una apuesta únicamente dentro de la diversificación.
En EEUU, la llegada de Bernanke no parece que haya supuesto una ruptura, como se esperaba de la política del cuartillo cada mes, esa política que no ha logrado fracturar del todo la inversión de la curva de tipos de interés, uniendo peligrosamente los plazos cortos con los más largos.
Pero el barbudo Ben Bernanke, corbata gris y negra con camisa blanca, no sólo ha acabado con la imagen de Alan Greenspan, corbata roja y camisa azul, sino que ha abierto una etapa de transparencia en torno al banco central de los Estados Unidos, tan opaco hasta ahora como el edificio mazacote sede de la autoridad monetaria en Washington.
Reserva Federal y Banco Central Europeo (BCE) han mostrado en sus últimas comparecencias una honda preocupación por la inflación de activos, tan poco tenida en cuenta habitualmente por los banqueros centrales y que ahora acecha tan peligrosa como la escalada constante de los precios del crudo. EEUU es una bomba de relojería sólo en refinanciación hipotecaria, con avances del precio de la vivienda insostenibles, en paralelo a la subida de intereses, aunque el extraño caso de la curva invertida está manteniendo artificialmente el bolsillo de los ciudadanos americanos sin sufrir muchos daños.
En Europa, como siempre, hay problemas de asimetría, con países como Reino Unido, Irlanda y España, donde al crecimiento de la inflación se une este tirón constante de los precios de la vivienda y un endeudamiento cada vez más alto, sumado ahora con un panorama -excepto para los británicos- de tipos de interés más caros. El Euribor se acerca peligrosamente al 3%, con alzas en las cuotas constantes que empezarán a notarse entre las rentas más bajas y alcanzarán, si persisten, a las medias. El encadenamiento de subidas de tipos de interés por parte del BCE se refleja con rapidez instantánea en los tipos hipotecarios.
Pues bien, los mercados de valores continúan a su aire, imbuidos de los vientos de OPAs y contraopas o del desmadre del mercado europeo de la energía, sin atender prácticamente a los intensos cambios que se están produciendo en el panorama de los tipos de interés ni a su influencia en Latinoamérica, donde hasta ahora nada se ha notado, ni tampoco al panorama del endeudamiento.
Los bancos centrales se ven en la obligación de modelar con sumo cuidado su política de tipos de interés, porque puede echar por tierra no sólo la inflación de activos sino, en suma, el crecimiento de las pocas economías que tiran en el mundo, todas ellas empujadas por un abombado sector constructor.

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