LA dimisión de un ministro no habría tenido tanto eco. El ruido armado por la renuncia de Florentino Pérez avala su tesis sobre la dimensión planetaria del Real Madrid, cuya gastada leyenda metadeportiva refundó con premisas mercantiles hasta crear una especie de rutilante Disneylandia, una galaxia de estrellas que han terminado devorándolo en una suerte de agujero negro de caprichos y egolatrías. El implacable tiburón de empresa, el rey del hormigón, el hermético Midas que se alzó sobre la primera constructora de España y compró Fenosa con dos telefonazos en una mañana, creía poder desafiar las leyes secretas del fútbol, sus códigos impenetrables de misterio, sus arcanos cifrados en las remotas claves de una tribu. Se equivocó la paloma.
Florentino encontró un Madrid carcomido por las deudas que corroían el pedestal plateado de las Copas de Europa, un club legendario gestionado como una mercería, cuyos mandatarios metían la mano en la caja para apostar en las timbas de póquer. Recalificó suelos, hizo juegos de prestidigitación con el marketing y destrozó al gran rival catalán birlándole a su principal activo con un golpe de chequera. Luego fichó a Zidane, el bailarín que juega con retrovisores, y a Ronaldo, un depredador perezoso que metía goles a zarpazos. Tocó la gloria una noche de Glasgow en que el Nureyev de Marsella dibujó con su zurda una obra de arte, y a partir de ahí se asomó al abismo de su propia arrogancia y comenzó una deriva de cesarismo.
Acostumbrado a manejar cientos de empleados con la lógica del capitalismo posindustrial, Pérez olvidó el principio de los rendimientos decrecientes y permitió el envejecimiento de sus veleidosas megaestrellas. En el fondo desprecia a los futbolistas, porque trabajan una hora al día y no valoran el esfuerzo ni el dinero, y sin embargo les pagaba seis millones de euros al año para mantener en marcha un carrusel de moda, publicidad y lujo. Convirtió al Madrid, que es un sentimiento, en una marca con la que quería evangelizar el mundo. Todo lo que tenía que ver con las finanzas lo hizo a las mil maravillas, pero se creyó capaz de reinventar el fútbol y se negó a escuchar a los que saben. Entre Beckham, guapo como un cromo hierático, y Ronaldinho, el mago dentón tocado por el soplo de los dioses, eligió a la esfinge creyendo que compraba un icono de la posmodernidad. Ahí empezó su ocaso; permitió que el Barça se quedara con el diamante y encima le vendió a Eto´o creyendo que traspasaba una semilla de venenosa cizaña.
Ahora se va, en un arrebato trufado de perpleja soberbia, sin entender del todo las causas del fracaso. Deja un club con las arcas repletas y la moral arruinada, con la autoestima destrozada y la afición hambrienta de gloria y éxito. Antes de irse ha arrojado a los futbolistas que malcrió como carnaza para los leones del circo. Probablemente se haya marchado ignorando que sólo es una víctima prometeica del fútbol, ese dios iracundo que inmola a los intrusos en la pira de sus ambiciones.

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