LO DECÍAN los moralistas. "No vayas a los bares que allí todo es pecado". La ley antitabaco está encallada en los bares pequeños. No por prohibir algo ese algo deja de existir. ¿Una ley mal hecha, tal vez?
Hoy es día primero de mes. Ante todo debo advertir, con toda humildad y todas las advertencias de prudencia, de que hoy llevamos dos meses de la ley antitabaco. O sea, que los antifumadores pueden hacer dos cosas: ponerse a escribir en contra de este cronista o hacerse mala sangre por mis opiniones. De la misma manera advierto de que cuando llegue San Isidro o San Fermín, los taurinos pueden hacer lo mismo. Porque ni me gusta la muerte convertida en espectáculo ni tampoco las leyes mal hechas.
Afortunadamente hay muchos otros días para llevarnos por el camino del análisis y de las razones contrastadas. Pero hoy es 1 de marzo y hay motivos para pensar que no es precisamente la razón la que ha inspirado la ley. Me explico: es razonable y por supuesto defendible acabar con el hábito de fumar. Es lógico y encomiable que haya ámbitos en los que la ignición del cigarrillo --ya no digo del cigarro-- sea algo que el propio sentido común impide. Y cuando el sentido común esté ausente que se tomen medidas coercitivas. ¿Cuáles son esos ámbitos? Pues aquellos en los que un ascua pueda poner en peligro de incendio un espacio. También aquellos ámbitos a los que los ciudadanos no acudan por su propia voluntad, sino que se vean forzados a ello.
La ley, en este sentido, ha hecho una lectura radical y súbita de la prohibición en las empresas sin ni siquiera dar una posibilidad razonable como la que significaba la creación de espacios pequeños donde los fumadores pudieran hacerlo. No se trata, pues, de proteger al fumador pasivo, que ya estaría protegido, sino de estigmatizar al fumador, que según nuestra excesiva ministra, son el 30% de la población española. Y lo dice como si un 30% fuera una minoría ridícula a la que de la noche a la mañana se puede hacer bailar entre una enfermedad --el tabaquismo-- y el delito. Porque la dichosa ley, no lo olvidemos, comporta un escalado de sanciones. Nadie sabe quién las va a aplicar, pero de entrada ahí van las multas y usted, miserable fumador, ya sabe a qué atenerse. Y usted, liberado antifumador, ya sabe que a partir de ahora cuenta con una ley directamente represiva para que vaya por la vida denunciando a los vecinos de mesa. El buen ambiente del aire, esta ley lo va a lograr con el mal ambiente de las relaciones personales. Unas relaciones que, sin una ley tan bien intencionada como torpe, se hubieran mantenido en el aprecio de unos sobre otros. Estamos defendiendo con buen criterio las narcosalas y sus mismos promotores aplauden la tolerancia cero del tabaco.
No crean que hay que darle la razón a Esperanza Aguirre, una señora que llegó a la presidencia de Madrid con trampas y que ahora ha hecho la trampa de ir en contra de la ley. Pero antes de que Aguirre se salga con la suya en Madrid estaría bien que esa ley se corrigiese, cuando menos en la hostelería. Que cada pequeño empresario elija. Todos pagan los mismos impuestos. Y uno no se ha puesto de camarero para hacer de policía de conductas ajenas, de olores fétidos, de monóxidos de carbono del tráfico ni de otras cosas más invisibles.

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