El bobo que ha pregonado el carnaval de Madrid ha ordenado a las chicas que desempolven los ligueros de sus abuelas; ignora que esas abuelas ya quemaban sostenes; ligueros sólo llevaban algunos gays. El carnaval ya no es una fiesta de subversión, ni de desorden. Gallardón ha entregado las llaves de Madrid al pueblo en un gesto virtual. En otros tiempos, cuando los lirios con sus destellos de azul púrpura iluminaban el frío gris de las choperas, la gente se burlaba del poder político y desbarataba el orden.
Se lee en El Quijote que a Sancho lo levantaron al cielo en la manta los perailes, holgándose con él como con perro por carnestolendas.En el imperio, durante el carnaval, manteaban a los chusqueles, pero también fornicaban como locos en aquella Babilonia de carne fresca, de virgos como soles. Madrid siempre tuvo afición a los bailes porque como mucho después descubrieron los curas del gasógeno, en esos bailes siempre se colaba el diablo.
Este año, Gallardón ha sacado la tarasca, la vieja serpiente madrileña sobre ruedas, con el cuerpo lleno de escamas y fauces abiertas de donde salían tres lenguas que fascinaba a los aldeanos; el instante lo aprovechaban los pícaros para guindarles las carteras.(Se cuenta en El Buscón: les sacaban los tuétanos de las faldriqueras).Un moralista describe a las madrileñas como mujeres que «halconeaban con los ojos», revolvían las cervices, cuando bailaban la chacona; hasta las monjas en los conventos se marcaban la zarabanda.
Decía Antonio Machado, en la malherida España de carnaval vestida, que lo esencial era quitarse la cara, porque no hay nadie tan bien avenido con la suya que no aspire a estrenar otra alguna vez. Ahora, cuando las mojigangas y las luces de bohemia son subvencionadas, tener cara fija empieza a ser peligroso.
Gallardón, el anticastizo, ha moderado el carnaval, transformándolo en un baile de máscaras a puerta cerrada; le ha quitado el demonio a una tarasca sin amores clandestinos. El alcalde perpetuo de Madrid (nunca va a perder, la derecha no lo va llevar a La Moncloa) sabe que se acabó la sátira. Todo está atado a los partidos.Los políticos llevan máscara en esa carroza blindada que se llama poder. En el funeral de disfraces cuentan mal hasta sus muertos en las manifestaciones; lo fingido es lo verdadero; sobreactúan en una saturnal de cifras, donde recitan las encuestas como chirigotas.
Los que escribimos seguimos pensando que la cuartilla sigue llena de luz lunar y es noble como la plata, pero necesitamos disfrazarnos de metáforas. Han pasado 173 años desde que Larra se preguntaba en Todo año es Carnaval «cómo contentar a los necios y a los discretos, a los ignorantes y a los entendidos que le leían, cómo contentar a los que con tan distintos ojos suelen ver las mismas cosas».
Escribir ya no es llorar; pero ahora, si no llevas máscara te parten el careto.

Escribe un comentario