Serbia encara un año crucial desde que apeó del poder a Slobodan Milosevic en 2000 y lo entregó a La Haya en 2001. La Unión Europea le acaba de dar un mes de plazo para concluir con el escándalo de que criminales de guerra como Radovan Karadzic y Ratko Mladic lleven más de una década casi campando a sus anchas. Serbia y su república federada Montenegro se están jugando la conclusión este año del Pacto de Asociación y Estabilización con la Unión, que prevé una estrecha cooperación para ayudar al progreso socioeconómico y político del país como paso previo a la candidatura a la adhesión.
El próximo 14 de mayo la república de Montenegro decidirá en referéndum si continúa federada con Serbia o si sigue el camino del resto: Eslovenia, Croacia, Macedonia y Bosnia-Hercegovina. Mientras tanto, se negocia el futuro estatus final de Kosovo en Viena, y se espera anunciar a final de año el secreto a voces de su independencia.
Todo esto ocurre al mismo tiempo en que el largo juicio contra Milosevic por genocidio y crímenes contra la Humanidad ante el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia entra en su fase final. Y esta semana empieza también en La Haya, ante el Tribunal Internacional de Justicia, el histórico juicio en que Bosnia y Hercegovina demanda a Serbia-Montenegro por genocidio en 1992-95 y reclama reparaciones.
La diferencia entre ambos juicios es que el segundo decidirá sobre si la antigua Yugoslavia cometió genocidio como política de Estado, no como resultado de acciones individuales. Si se declara culpable al entonces Estado yugoslavo, Serbia-Montenegro deberá pagar reparaciones.
Desde tiempos de los romanos, tras una guerra perdida vienen los tratados de paz y la obligación de los vencidos de pagar reparaciones. Su propósito es restituir el daño causado, por sabido que sea que ningún país, y mucho menos uno derrotado militarmente, puede llegar a compensar por la muerte y destrucción de una guerra. Al exigir reparaciones se busca hacer justicia con las víctimas, aunque también abundan los ejemplos históricos de abusos para humillar y despojar al perdedor.
A Serbia-Montenegro no se le ha aplicado el derecho internacional sobre reparaciones porque en las guerras de los ´90 contra sus propias repúblicas Yugoslavia no invadió ningún país extranjero, ni fue declarada como agresora por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Croacia reclamó 20.000 millones de dólares como compensación a daños que estimaba en 150.000 millones, pero hasta el momento sólo ha conseguido que la pequeña Montenegro, con tan sólo 650.000 habitantes de los 11 millones totales, muestre su predisposición a pagar 100 millones de Euros como reparaciones.
Alemania y Japón volvieron a ser respetables gracias a las decenas de miles de millones de dólares pagados en reparaciones en las décadas posteriores a 1945, incluso hasta los años noventa. En el caso nipón, la tensión con sus vecinos persiste porque los que fueron invadidos no perciben que Japón haya reconocido sus horrores suficientemente.
Serbia-Montenegro es un Estado frágil que confronta grandes retos, y guarda todavía mucha capacidad para desestabilizar Europa. Con una renta per cápita de sólo 2.200 euros anuales acoge en sus fronteras el mayor número de refugiados de Europa, casi 150.000. Los desplazados de los territorios que perdió la antigua Yugoslavia tras sus fracasadas limpiezas étnicas cuestan mucho de reinsertar. Las noticias positivas son que la economía de la región de los Balcanes creció casi un 5% en 2005.
La Unión Europea quiere evitar a toda costa que Serbia-Montenegro vuelva al nacionalismo agresivo de la última década del S. XX. Si continuase tolerando un santuario para criminales contra la Humanidad en medio de Europa, la UE estaría contribuyendo a acercarnos otra vez al desastre.
Ya era hora de que les llegara la hora a Karadzic y Mladic. Su arresto va a mejorar las relaciones entre las antiguas repúblicas yugoslavas.
Si tras la demanda bosnia Serbia-Montenegro paga reparaciones, aunque sea forzada por el Tribunal Penal Internacional, suavizará los sentimientos de quienes sufrieron su opresión y ayudará a su propia sociedad a asumir su responsabilidad. Como Alemania y Japón en su día. No como Rusia, que ni se ha planteado pedir perdón –y mucho menos indemnizar- a los países bajo la bota soviética durante cuatro décadas.
Erika Casajoana. Consultora política.

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