Con permiso, dejemos al lado un momento todo el ruido político que ha generado en España la sorpresiva oferta de E.ON por Endesa. Lo que más llama la atención es que el asalto alemán confirma una nueva tendencia entre las grandes empresas europeas a buscar crecimiento transfronterizo mientras se posicionan estratégicamente para sacar provecho de un mercado futuro más unificado.
Cargadas de dinero y facilidades crediticias después de cinco años de austeridad -durante los cuales los inversionistas exigían mejor gestión y dividendos- han vuelto a lanzarse a la aventura, con tanta musculatura financiera y visión global como los días locos de los 90. Estas empresas ya han dejado de ser campeones nacionales y quieren ser campeones europeos, o incluso internacionales, preparados para beneficiarse del comercio liberalizado, sin barreras, de todo, desde la electricidad y servicios financieros a la construcción, gestión de infraestructuras y venta de ropa.
E.ON apenas había terminado de anunciar sus intenciones de desafiar el plan industrial de Gas Natural cuando Gaz de France y Suez admitieron que ellos también estaban estudiando una posible cooperación para crear un grupo con alcance global. Para no quedarse al margen de toda esta diversión, EDF, la eléctrica francesa, decía que ella también buscaba posibles fusiones o tomas de control. La italiana Enel olía sangre, ofreciendo echarle a Gas Natural un cable con la esperanza de llevarse unos activos suculentos en España o en su propio país. ¡Que jungla más salvaje! O, mejor dicho, ¡vaya culebrón! Todos están cortejando a todos con intenciones no siempre honradas.
Tampoco ha estado precisamente tranquilo el sector financiero.La compra audaz de Abbey por parte del Santander hace un año y medio desató una fiebre semejante a una supuesta consolidación europea. El BBVA trató de resquebrajar el mercado italiano para después quedarse mirando cómo se llevaba su presa el francés BNP Paribas. Los rumores sobre el interés en Lloyd's TSB en Reino Unido siguen dando vueltas, y pocos creen que el Santander haya cerrado su campaña europea. ¿Y que tal lo de la London Stock Exchange? Dos intentos de OPA en menos de un año me sugieren que esa historia no ha acabado.
Tal vez no sea sorprendente que los gobiernos nacionales en Europa hayan reaccionado, en algunos casos, con algo de horror a este monstruo que ellos mismos han creado.
Fíjense en la respuesta desde Francia y Luxemburgo a la OPA sobre Arcelor propuesta por Mittal. O uno de los momentos más cómicos cuando los franceses pretendieron defender a Danone con el argumento de que los productos lácteos pertenecían «a un sector estratégico».Y en Francia, también, cabe mencionar que el Senado aprobó recientemente unas leyes que podrían dejar a las empresas nacionales usar instrumentos especiales para desalentar opantes. Una fusión entre Gaz de France y Suez crearía un campeón nacional blindado contra un ataque desde el exterior, que es exactamente lo que pretende el Gobierno español con Gas Natural y Endesa. E.ON, también, es el fruto de una fusión de gas y electricidad hecha con la bendición del Gobierno.
Casi puedo comprender los sentimientos que respaldan esta nueva ola de nacionalismo y proteccionismo. Sin embargo, me entristece un poco ver a líderes políticos montar batallas contra una fuerza empresarial irresistible. Guste o no, el movimiento privatizador de las últimas décadas ha supuesto el fin, o por lo menos la declinación, del poder estatal en los negocios en favor de los accionistas y consumidores. Los primeros quieren ver valor agregado y los segundos, competencia justa.
Las empresas cotizadas no deberían tener que responder a los caprichos de burócratas e ideólogos que se sienten a la deriva en un mundo de consumidores e inversionistas cada vez más poderosos y globalizados. Según dicen muchos observadores ahora, se les ha ido de las manos y pretenden recuperarlo. Bien. Admito que mucha de la agresividad empresarial que se ve en estos días se debe más a baladronadas que al sentido común, pero al final del día son los accionistas quienes tienen que decidir eso.
Según los dirigentes de Bruselas, los gobiernos nacionales tienen bien definido su papel en todo esto: reducir sus participaciones en empresas cotizadas, regular los sectores sensibles y estratégicos, y cuidar los intereses públicos. Eso no significa impedir, cambiar las reglas en medio del partido o prometer «hacer todo lo posible» para bloquear operaciones bursátiles. Si lo que pretende E.ON en Europa es preocupante por su tamaño y posición de dominio, pues lo dirá Bruselas. Si es cuestionable la aprobación estatal que recibió para adquirir Ruhrgas, las autoridades europeas pueden considerarlo al dictaminar sobre la OPA a Endesa.
Pero insinuar que una OPA con tintes políticos, que resultará en la venta de los activos europeos de Endesa, y que consolida un duopolio energético en España es superior a una que deja la compañía intacta y abre un poco la competencia es pedir mucho.Y eso, sin mencionar las economías de escala en compras de planta y el acceso a nuevas fuentes primarias de energía que aportaría E.ON a Endesa. ¿Qué no es opable E.ON? ¿Acaso Gas Natural lo es?
Podría yo aceptar que una empresa esté controlada por otras dos -una no cotizada- por no comprender bien cómo funcionan los mercados globales de capitales. Sin embargo, los intentos de Gas Natural para destacar la naturaleza española de su OPA me parecen un poco ingenuos. A casi la mitad de los accionistas de Endesa -los extranjeros- les da igual que a Endesa se la mande desde Madrid, Düsseldorf o incluso Reikiavik. Es más, me atrevería a decir que un buen porcentaje de los accionistas españoles no se sentirían acomplejados por esto, siempre que siguieran cobrando dividendos y que la empresa cumpliera con sus deberes. ¿Creerán en Gas Natural que a los millones de pasajeros que vuelan desde y hacia Luton en Inglaterra les importa poco - o incluso ignoran- que el aeropuerto lo gestiona una compañía española llamada Abertis? ¿O es verdad acaso que cada vez que hay atrasos en algunas líneas del Metro de Londres se empieza a maldecir a Ferrovial? ¿Podrían imaginar a Tony Blair oponiéndose a la OPA del Santander sobre Abbey o a la de Telefónica con O2?
Si sigue adelante la oferta de Ferrovial por la British Airports Authority (BAA) el asunto fundamental será si el regulador confía en que el coste de la operación y el plan industrial ponen en peligro las inversiones futuras necesarias para los aeropuertos, instalaciones que sin duda son estratégicas. Sólo eso, no la nacionalidad del opante.
Ni Gas Natural ni el Gobierno español tienen que estar encantados con el reto planteado por la oferta de E.ON. Y tal vez puedan argumentar en Moncloa que hay «asimetrías» en las competencias de la CNE. Pero equilibrar esa asimetría justo ahora me suena como una maniobra dilatoria, como mínimo.
Tal como ha dicho Rafael Villaseca, consejero delegado de Gas Natural, acerca de su OPA, esto es una operación de mercado y le toca al mercado decidir. Esa actitud encaja perfectamente con la imagen que ha transmitido España en los últimos años, de un país abierto al mundo, lleno de empresarios intrépidos que se han beneficiado de unas normas de contabilidad favorables a la expansión internacional.
A riesgo de simplificar demasiado, me parece un poco hipócrita, sin mencionar que es económicamente arriesgado, desalentar con tanto entusiasmo la inversión extranjera en España. No olvidemos que éste es un país con uno de los déficit de cuenta corriente más amplios del mundo.
La tarea más importante para el Gobierno en el sector eléctrico ahora es llevar a cabo el proceso de liberalización, para que los consumidores tengan elección verdadera en un mercado cada vez más complicado y caro. Cuando Gas Natural lanzó su oferta por Endesa me negaba a escuchar todo el ruido mediático sobre una conspiración política. ¿No se trataba, pensaba yo, de la nueva España? ¿Una España que se distinguía de sus vecinos con un pensamiento moderno, de mercados libres, de transparencia y buen gobierno? ¿Una España cuyos empresarios estaban reconquistando el mundo? La reacción inicial del Gobierno a la oferta de E.ON me hace pensar que he sido un ingenuo.
Mark Mulligan es corresponsal en España de The Financial Times.

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